Insomnio para Dos

Capítulo 47: La Última Objeción

Los cuatro días previos a la boda transcurrieron en una calma engañosa. Tamara se había sumergido en las listas finales, utilizando la precisión para reafirmar su control sobre el mundo exterior. Agustín la cuidaba con una atención silenciosa, asegurándose de que el fantasma de Daniel no arruinara el camino hacia el altar. Habían instalado un sistema de seguridad de última generación y confiaban en que la policía mantendría vigilado al hombre que había intentado desbaratar su futuro.

El día llegó, bañado en una luz de primavera suave, tal como Tamara lo había planeado.

Agustín estaba en su suite de hotel, vistiéndose. Lucas, ya en su smoking miniatura de Guardián del Anillo, saltaba en la cama.

El teléfono de Agustín vibró. Era un mensaje de su abogado.

Al leerlo, el aire abandonó los pulmones de Agustín. Las acusaciones por las amenazas con arma de fuego no pudieron sostener una detención prolongada. Daniel había sido liberado esa mañana, bajo fianza y con una orden de restricción que, en ese momento, parecía tan endeble como el papel mojado.

El pánico lo inundó. ¿Cancelar? Imposible. Eso era exactamente lo que Daniel quería.

Agustín guardó el teléfono en su bolsillo. Miró a Lucas, que reía felizmente. No le diría nada a Tamara. Ella tenía que caminar hacia él sin miedo. La seguridad estaba reforzada, y esta boda se llevaría a cabo como un acto de desafío a la oscuridad.

El jardín estaba impecable. Las flores blancas, un homenaje sutil y tierno a Elena, se mezclaban con el color verde vibrante de la primavera. Había amigos, familiares, y en la primera fila, los padres de Agustín, radiantes.

Tamara apareció, sujetada por Patricia. Su vestido de encaje y corte princesa flotaba a su alrededor, una negación visual de todas las estructuras que una vez la habían definido. El rubí brillaba en su mano, un faro de vida.

Agustín no podía respirar. Al verla caminar, hermosa y valiente, supo que valía cada segundo de la espera, cada dolorosa lista y cada confrontación.

Lucas caminó primero, portando las alianzas con la seriedad de un militar.

Llegaron al altar. El oficiante comenzó la ceremonia, y la felicidad, por un rato, logró ahogar el miedo de Agustín.

Cuando llegó el momento de los votos, la voz de Agustín se quebró, no por el dolor, sino por la emoción.

—Tamara, mi Administradora del caos. Me salvaste de la ruina y del silencio. Me obligaste a poner mi vida en orden, pero lo más importante es que me enseñaste que la vida no puede ser organizada en una hoja de cálculo. Yo te prometo que correré hacia ti cada vez, no huiré del amor, y me aseguraré de que cada día que Lucas y yo vivamos, sea un testamento de la valentía que tú nos diste. Eres mi futuro, mi estabilidad y mi caos perfecto.

Tamara tomó su mano, sus ojos ya llenos de lágrimas.

—Agustín, tú me enseñaste que a veces hay que quemar las listas para encontrar la felicidad. Me diste la familia que nunca creí merecer. Te elegí no solo por el hombre que eres hoy, sino por el padre que eres para Lucas. Yo prometo que ya no huiré. Prometo que cada día trabajaré para ser tu compañera. No soy un parachoques; soy un ancla. Y te amaré hasta que el último reloj de arena se haya vaciado.

Se deslizaron los anillos, la declaración de amor más pura que el jardín jamás había presenciado.

El oficiante sonrió, conmovido. Se acercó al punto culminante del rito.

—Si hay alguien presente que conozca algún motivo por el cual este hombre y esta mujer no deban unirse legalmente en matrimonio, que hable ahora, o calle para siempre.

Un silencio se apoderó del jardín. Un silencio de unos pocos segundos que, para Agustín, fue una eternidad.

Y entonces, el silencio se rompió. No fue una voz. Fue un sonido seco y gutural.

Desde los árboles, cerca del muro que rodeaba el jardín, emergió una figura. Desaliñada, con los ojos llenos de desesperación y furia. Era Daniel.

Llevaba la mano levantada, y bajo la luz del sol, el metal oscuro brilló con una intención mortífera.

Daniel tenía un arma.




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