Insomnio para Dos

Capítulo 48: El Sacrificio del Novio

El grito de la madre de Agustín se ahogó en el aire primaveral. El jardín, que un momento antes había sido un santuario de amor, se convirtió en una escena de terror. El metal brillaba en la mano de Daniel, apuntando directamente al centro de la felicidad que él creía merecer.

Daniel estaba en el altar.

—¡No! —gritó, su voz desgarrada, superando el murmullo de pánico que se extendió entre los invitados—. ¡No pueden casarse! ¡Ella no puede robar mi vida! ¡Ella me debe todo!

El caos estalló. Los invitados gritaron y buscaron refugio entre las sillas.

Agustín actuó por puro instinto, su cuerpo reaccionando antes que su mente. Su promesa, hecha en la oscuridad de su apartamento, resonó en sus oídos: Correré hacia ti cada vez.

En lugar de protegerse, Agustín se giró, empujó a Tamara detrás del altar de flores y, con un movimiento relámpago, cubrió a Lucas con su propio cuerpo.

—¡Lucas, quédate abajo! —rugió.

—¡Agustín, no! —gritó Tamara, viéndole interponerse en la línea de fuego, reviviendo el pánico del garaje.

Daniel, consumido por la desesperación, enfocó su rabia en el novio.

—¡Tú! ¡Director de pacotilla! ¡Crees que puedes tomar mi empresa, tomar mi mujer! ¡Tú no mereces el final feliz!

—¡No es tu mujer, Daniel! —respondió Agustín, manteniendo la voz firme y controlada, intentando negociar la tensión. —Ella es la mía. Y esta es la vida que elegimos. No tienes nada que hacer aquí.

Agustín dio un paso lento hacia Daniel, el traje de novio desafiando la amenaza. Estaba ejecutando la misma maniobra que había utilizado en el garaje, intentando acercarse lo suficiente para desarmarlo.

—¡Baja eso! —gritó Agustín, intentando distraerlo.

—¡Me has arruinado! —Daniel gritó, y el temblor de su mano se hizo incontrolable.

En ese instante de máxima tensión, el azar, o quizás el destino, intervino. Lucas, sin comprender completamente el peligro, se deslizó del agarre de Agustín.

—¡No le grites a mi papá! —chilló Lucas con una inocencia feroz, arrojando el pequeño ramo de novia que llevaba en dirección a Daniel.

El gesto infantil, el pequeño ramo de flores blancas, hizo que Daniel se tambaleara. La distracción fue mínima, pero suficiente.

Agustín no esperó. Se lanzó contra Daniel con la ferocidad de un león defendiendo a su cría. Hubo un ruido sordo, un forcejeo violento entre los dos hombres. El arma resbaló de la mano de Daniel, golpeando el suelo y disparándose.

El sonido del tiro fue ensordecedor.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el gemido de un invitado y el llanto de un niño.

Daniel yacía inmovilizado en el suelo, con el rostro cubierto de tierra. Agustín se levantó, temblando, pero ileso.

El disparo no había impactado en nadie; se había perdido en la tierra y las flores, destruyendo parte del arreglo de rosas blancas.

Segundos después, el personal de seguridad, alertado por el ruido, se abalanzó sobre Daniel. La amenaza había terminado. El pasado, el verdadero, había sido reducido y llevado lejos del altar.

Tamara salió de detrás de las flores, su cuerpo temblaba incontrolablemente. Vio el ramo de Lucas destruido y a Agustín, sucio y con el esmoquin rasgado, pero vivo. Corrió hacia él.

—¡Agustín! —Ella se lanzó a sus brazos, enterrando el rostro en su pecho. —Casi...

—Estoy aquí, mi amor —susurró él, abrazándola con una fuerza que prometía que nunca más la dejaría ir—. Corrí hacia ti. Te lo prometí.

La boda se había detenido. El jardín estaba en desorden, pero en el altar, el novio y la novia se abrazaban, su amor sellado por la bala perdida que había fallado en destruirlos. La victoria sobre el caos era total.




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