La escena en el jardín era de un silencio atónito. Mientras los guardias se llevaban a Daniel, esposado y vociferante, el aroma de la pólvora se mezclaba con el de las flores pisoteadas. El traje de novio de Agustín estaba rasgado, y la falda del vestido de Tamara estaba manchada de tierra y ceniza, pero ambos estaban enteros, unidos por una fuerza que el miedo no podía romper.
El oficiante, un hombre mayor y firme, se acercó al altar con admirable calma. Miró a los novios, que aún se aferraban el uno al otro.
—¿Están bien? —preguntó suavemente.
Agustín asintió, secando las lágrimas silenciosas de Tamara.
—Estamos perfectamente.
El oficiante miró a los invitados, cuya conmoción se estaba convirtiendo en admiración. Había que terminar esto.
—Bien. El señor que ha interrumpido el rito ha sido neutralizado, y su objeción ha sido refutada por la valentía y el amor. —Hizo una pausa, sonriendo—. Retomamos en el punto crucial. Agustín y Tamara...
El sacerdote miró a los novios.
—Agustín, ¿tomas a Tamara como tu legítima esposa, para amarla, honrarla y protegerla de todos los dragones y cobardes de la vida, hasta que la muerte los separe?
Agustín miró a Tamara, sus ojos grises llenos de la intensidad de lo que acababan de sobrevivir.
—Sí —dijo, con una voz profunda y segura—. Sí, sin listas y sin condiciones.
—Y Tamara, ¿tomas a Agustín como tu legítimo esposo, para amarlo, honrarlo y acompañarlo en el caos que juntos han elegido, hasta que la muerte los separe?
Tamara sonrió, una sonrisa luminosa que prometía futuro.
—Sí. Lo elijo a él y el caos. Para siempre.
El oficiante levantó las manos en triunfo.
—Entonces, por el poder que me ha sido conferido, y por la fuerza de este compromiso inquebrantable, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Agustín la besó. No fue un beso contenido, ni desesperado; fue un beso triunfal, el beso de la victoria. Los invitados estallaron en aplausos, risas y sollozos de alivio. Lucas, abrazado a la pierna de su abuela, gritó de felicidad.
La recepción fue el reflejo perfecto de su relación: un caos controlado. La mancha en el vestido de Tamara se convirtió en la leyenda de la noche. El brindis de Patricia no fue por la felicidad, sino por la "solidez del contrato y la inmunidad al terrorismo emocional".
La pista de baile se llenó. Agustín, con su esmoquin roto, bailaba con Tamara. Estaban exultantes, liberados del último y más grande miedo.
En un momento de la noche, Agustín se acercó a Tamara, trayéndole un trozo del pastel de bodas.
—Aquí tienes, Administradora. Nuestro pastel. Sin fugas, sin interrupciones.
Tamara tomó el tenedor, mirando el rubí en su dedo.
—Nuestro proyecto final fue un éxito, Director —dijo, usando los viejos apodos con una ternura infinita—. El costo emocional fue alto, pero el retorno de inversión es incalculable.
Miraron a Lucas, que bailaba frenéticamente con sus nuevos primos.
—¿Y ahora? —preguntó Tamara, la ansiedad siempre lista para asomar la cabeza, aunque fuera solo por costumbre. —¿Cuál es la lista para la luna de miel?
Agustín la abrazó por la cintura, sintiendo el calor del rubí contra su piel.
—No hay lista, señora Beltrán. A partir de ahora, solo hay vida. La vida que planeamos y la vida que nos sorprende. Estamos juntos. Eso es todo el plan que necesitamos.
Y así, unidos por la promesa, el amor y la superación del miedo, celebraron su victoria. Los fantasmas de la soledad y la traición habían sido vencidos. Su historia de listas, sueños y dragones había llegado a su final feliz.