Narra Agustín
Dos semanas después de que Daniel intentara arruinar nuestra boda, nos encontramos en una playa remota en el Caribe, con la arena blanca bajo nuestros pies y el rubí de Tamara brillando bajo el sol. Ella había insistido en planificar la luna de miel con la misma minuciosidad que un informe anual, pero yo tenía otros planes.
En el aeropuerto, en un acto de rebelión romántica, había cambiado nuestros boletos. En lugar del resort de cinco estrellas con itinerario fijo, elegí un pequeño archipiélago donde la planificación era imposible y la electricidad era opcional.
Al llegar a nuestra cabaña, el rostro de Tamara era una mezcla de terror y fascinación.
—Agustín, no hay una lista de actividades, y la conexión Wi-Fi es intermitente. ¡Esto no estaba en el diagrama de Gantt! —exclamó, señalando un mapa turístico descolorido.
—Ese es el punto, mi amor —dije, abrazándola por detrás—. Ya no tenemos que seguir el mapa. Somos esposos. Podemos elegir el caos.
Nuestra primera semana fue una batalla silenciosa entre su necesidad de orden y mi necesidad de aventura. Ella intentaba cronometrar nuestras inmersiones en el arrecife; yo la obligaba a perderse en el mercado local. Pero el rubí en su dedo era un recordatorio constante: ella había elegido el caos, y yo era el ancla en su centro.
La prueba de fuego llegó al final de la primera semana. Habíamos alquilado un pequeño bote para ir a una isla deshabitada. Llevábamos un kit de supervivencia meticulosamente preparado por Tamara: agua embotellada, protector solar de factor alto y un GPS de respaldo.
Pero la naturaleza no lee hojas de cálculo.
Una tormenta tropical, anunciada media hora antes de que impactara, nos sorprendió en el mar. El pequeño bote se agitaba violentamente, y las olas eran como paredes grises.
El miedo golpeó a Tamara. Pero no era el miedo de la huida; era un miedo físico y práctico.
—¡El motor está fallando, Agustín! —gritó sobre el rugido del viento—. ¡Necesitas equilibrar el peso! ¡Yo revisaré el kit de emergencia!
Yo luchaba con el timón, sintiendo la adrenalina y la calma que solo su presencia me daba.
—¡El kit no importa ahora! ¡Solo importa que estemos juntos! —grité, atando una cuerda a su cintura y luego a la mía. —No hay plan. Confía en mi instinto.
Cerramos los ojos por un instante. Cuando la ola más grande nos golpeó, el motor murió por completo. El bote, a la deriva, fue arrastrado hacia la orilla de una isla que no estaba en ningún mapa.
Cuando finalmente llegamos a la playa, empapados, exhaustos y con el bote medio hundido, nos miramos. La única pieza de su meticulosa planificación que había sobrevivido era una linterna de mano.
—Bueno, Director —dijo ella, con una risa histérica y agotada—. Felicidades. Lo perdiste todo.
—Gané todo —repliqué, atrayéndola para un beso salado y profundo—. Sobrevivimos. Y lo hicimos sin listas.
Esa noche, bajo un cielo estrellado sin contaminación lumínica, nos dimos cuenta de que la verdadera magia de la luna de miel no era el destino, sino la prueba de que podíamos construir un refugio seguro con nada más que nuestra confianza mutua. El mapa estaba roto, pero nuestro futuro, al fin, estaba claro.