Narra Tamara
El regreso a la vida real no fue menos caótico que la luna de miel en la isla perdida. La oficina se sintió extraña después de dos semanas de sol y naufragios. Había un nuevo letrero en la puerta del despacho de Agustín: Director y Propietario. Y en mi escritorio, un elegante tarjetero que decía: Tamara Mendeley, Administradora.
La nueva dinámica en la oficina se convirtió en el desafío que siguió al matrimonio. Si bien en casa éramos esposos y padres, en la escuela éramos, de nuevo, el Director y la Administradora. Y eso no podía funcionar a largo plazo.
—Tenemos un problema logístico, Agustín —le dije una mañana, sentada en su oficina.
—¿El nuevo presupuesto para el ala de ciencia? —preguntó él, concentrado en una pila de documentos.
—No. Nuestro problema. Eres mi esposo. Ya no puedo solo ser tu empleada, Agustín. La gente nos mira. Necesitamos una nueva estructura.
La escuela, salvada del desastre, ahora estaba lista para crecer. Y el crecimiento requería que yo dejara mi puesto puramente administrativo para tomar un rol más grande, uno que reflejara mi verdadera inversión.
Durante semanas, analizamos la estructura. No era solo un título; era la confirmación de que yo era su socia en todo.
Agustín, con su habitual apertura, me presentó la solución: una nueva fusión.
—La escuela necesita un Director Adjunto de Operaciones. Alguien que no solo administre, sino que dirija la expansión, la estrategia a largo plazo y, sí, a mí. Alguien con la visión de un águila y la precisión de un bisturí.
Me miró fijamente.
—¿Aceptas el puesto, Señora Beltrán? Significa salir de las sombras de las listas y tomar la responsabilidad total de esta empresa. No como mi Administradora, sino como mi Vicepresidenta Ejecutiva.
Sentí el nudo en la garganta. Era el título, el reconocimiento total de mi valor que el pasado siempre me había negado. Era el final de la huida.
—Acepto el puesto, Director —dije, sintiéndome más fuerte que nunca—. Pero mi primer acto como Vicepresidenta será reorganizar tu agenda de citas.
—Totalmente necesario —sonrió.
La fusión de nuestros puestos profesionales fue tan exitosa como nuestro matrimonio. Sin embargo, en medio del papeleo y las nuevas responsabilidades, me di cuenta de una cosa. Por primera vez en mi vida, me sentía tan anclada, tan completa, que las listas de control se habían vuelto obsoletas.
Y fue precisamente en esa calma, en la oficina que ya no era solo un lugar de trabajo, sino el centro de nuestra vida familiar, que la calma se rompió con un nuevo e inesperado caos.