Insomnio para Dos

Capítulo 53: El Fin de las Listas

El reloj de arena de cristal azul, el regalo que Agustín le había dado a Tamara cuando anunciaron el embarazo, reposaba sobre la chimenea. Ahora, nueve meses después, se había convertido en un objeto de reflexión irónica.

La Vicepresidenta Ejecutiva y madre de dos había descubierto que, si bien una lista puede anticipar el 90% de un proyecto, el 10% restante (un bebé llorando, un Lucas celoso, una tubería rota a medianoche) es lo que define la vida.

El bebé había llegado. Era una niña, a quien llamaron Elena Victoria, un nombre que honraba el pasado de Agustín sin someter el futuro de Tamara.

El caos era total. Las listas de Tamara ya no eran rígidas; ahora tenían secciones tituladas "Contingencia no planificada" y "Minutos de siesta a cero."

Una noche de sábado, el apartamento —ahora completamente fusionado— estaba inmerso en la hora del "caos controlado." Agustín estaba en la alfombra, intentando ayudar a Lucas con la tarea mientras la pequeña Elena Victoria decidía que el mundo necesitaba escuchar su opinión a volumen máximo.

Tamara, con el cabello recogido y una mancha de leche en el hombro de su blusa, se detuvo en el umbral de la sala. Observó la escena: Agustín, el director financiero metódico, totalmente desarmado por un bebé y un niño. Lucas reía de la frustración de su padre.

Ella no sentía pánico. Sentía la absoluta y rotunda satisfacción del triunfo.

Agustín levantó la mirada y sonrió, un hombre agotado pero eternamente feliz.

—Necesito a la Vicepresidenta Ejecutiva —dijo, gesticulando hacia la cuna—. El proyecto "Elena Victoria" no está cumpliendo con los objetivos de sueño establecidos.

Tamara se acercó, tomando a su hija en brazos.

—El problema es de gestión, Director —dijo, la niña calmándose instantáneamente en su regazo—. Su hija ha detectado una vulnerabilidad en el sistema.

Lucas se acercó y acarició el rubí que aún brillaba en el dedo de su madre, un anillo que había sobrevivido a balaceras, fugas y naufragios.

—¿Tami, de verdad ya no tienes que hacer más listas tristes? —preguntó Lucas, con la curiosidad directa de un niño.

Tamara miró a su esposo y luego a su hijo.

—No, mi amor —dijo con total sinceridad—. Mis listas tristes terminaron el día que tu papá y yo firmamos nuestro contrato final. Las listas que hago ahora son listas de futuro.

Agustín se levantó y se colocó detrás de Tamara, abrazándola mientras ella mecía a la bebé. Miró el rubí, el símbolo de la vida que había elegido.

—¿Recuerdas, Administradora, cuando dijiste que solo querías un contrato sin cláusulas de cancelación? —susurró Agustín al oído de Tamara.

—Lo recuerdo perfectamente. La cláusula de "abandono" era mi mayor miedo.

—Pues bien. Este es el contrato. Sin cláusulas, sin condiciones, sin fechas de vencimiento —dijo, besándola.

La escuela prosperaba, la sombra de Daniel se había desvanecido, y el luto de Agustín había sido reemplazado por la alegría caótica. Habían fusionado sus vidas, sus empresas y sus corazones. Habían aprendido que la verdadera gestión de la vida no radicaba en controlar el 100% de los riesgos, sino en amar incondicionalmente el 10% de caos que te sorprende en el momento más inoportuno.

El Director y la Administradora habían encontrado su final. Y era perfecto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.