Narrado por Agustín)
El éxito de la Academia Beltrán me había catapultado al ojo público. Había empezado a dar conferencias sobre liderazgo en la educación, y las preguntas, inevitablemente, se centraban en mi pasado.
En una entrevista, el periodista me preguntó directamente: "¿Cómo maneja la presión de liderar, sabiendo que su esposa, Tamara, esencialmente salvó la empresa que usted heredó? ¿No siente que su liderazgo es constantemente comparado con el de su difunta esposa, Elena, quien era el corazón de la escuela?"
El golpe fue bajo. Sentí la vieja espina de la inseguridad.
Al regresar a casa, le conté a Tamara sobre mi molestia.
—Siento que me ven como el director de la fachada, y tú eres la mente maestra. Y que Elena es el estándar de oro emocional que nunca alcanzo.
Tamara me escuchó sin interrumpir, su mente siempre procesando la información antes de la respuesta.
—Tu error es pensar que el liderazgo es una competencia de perfección —dijo, cerrando de golpe un laptop con un informe financiero—. Yo no salvé la escuela sola. Yo gestioné el desastre financiero; tú gestionaste el desastre emocional de la comunidad. Tú mantuviste la fe cuando todos se rindieron. Eso es liderazgo.
Ella se levantó y se puso frente a mí. —Y en cuanto a Elena, no eres su competidor. Eres su sucesor. Elena era el corazón porque podía ser vulnerable. Tú, por mucho tiempo, quisiste ser invulnerable. Yo te obligué a ser vulnerable. Eso es un liderazgo más profundo.
Tamara me obligó a cambiar mi perspectiva. Dejé de hablar en las conferencias sobre planes de rescate (su tema) y empecé a hablar sobre la vulnerabilidad en el liderazgo: el valor de pedir ayuda, de aceptar que no tienes todas las respuestas y de confiar en la gente que te rodea.
Mi siguiente conferencia fue un éxito rotundo. Revelé mi propia historia de hundimiento y cómo Tamara me había enseñado a levantarme. Me presenté no como el director perfecto, sino como un líder que se atrevió a ser honesto.
Al final, la gente no quería al líder invulnerable. Querían al hombre que, a pesar de sus cicatrices, se atrevió a amar y a construir. Y ese, finalmente, fue mi legado.