Narra Agustín
Con la expansión completada y el legado de la Academia asegurado, Tamara y yo decidimos que era hora de pasar la antorcha. Habíamos entrenado a líderes competentes (incluyendo a Lucas, que se unió al equipo de expansión después de la universidad, aplicando su sentido de la simetría a la planificación de campus).
A los sesenta años, estábamos sentados en nuestra cabaña de playa, el lugar donde nuestra luna de miel había fallado gloriosamente. El mar era el único caos que ahora teníamos que gestionar.
Tamara me entregó un mapa arrugado y manchado de sal. El mapa roto de nuestra luna de miel.
—Lo encontré mientras revisaba los documentos de transferencia —dijo, nostálgica—. Nuestro primer contrato fallido.
—No falló, Tami. Nos enseñó que nuestro amor no necesita una estructura externa para sobrevivir —dije, sonriendo.
En esa tarde, lejos de los informes y las juntas, hablamos del verdadero legado que dejamos a nuestros hijos:
A Lucas: La lección de que el valor reside en la vulnerabilidad, y que es más importante ser el hombre que ama sinceramente que el líder más popular.
A Elena Victoria: La comprensión de que la estructura es una herramienta, no una prisión, y que su mente brillante puede usarse tanto para hacer el bien social como para generar ganancias.
La vida se había ralentizado hasta convertirse en la rutina que tanto había temido, pero ahora la amaba. Despertar sin una lista de crisis, solo con la certeza de que Tamara estaba a mi lado, era la verdadera riqueza.
—¿Estás contenta con el final, Administradora? —pregunté, tomando su mano.
—No es el final, Agustín. Es el modelo de negocio definitivo —dijo, recostándose en mi hombro—. Amor incondicional, expansión familiar y una estructura tan fuerte que puede soportar cualquier tormenta. Lo logramos.