La primera interrupción.
Dos jóvenes.
Simpáticas, sí, pero con una decisión calculada en su abordaje que no encajaba con la inocencia de quien solo busca un club nocturno.
—Hola, disculpa la molestia,
¿sos de por acá?
La pregunta fue el primer anzuelo.
La respuesta era irrelevante; solo necesitaban detenerme, romper mi ritmo, y calibrar mi reacción.
Les di la información. Pero fue su seguimiento lo que rompió la armonía de la noche.
Querían saber a qué hora abrían, la hora de ingreso gratuito... Detalles menores, insignificantes, si realmente solo buscaban bailar.
La esencia del engaño no estaba en las palabras, sino en la energía.
Una persona con una necesidad genuina muestra frustración o prisa.
Ellas mostraban método. La cortesía era un disfraz; la pregunta, una coartada.
Mientras me daban las gracias, mi intuición ya estaba procesando la primera anomalía: Si solo quieren bailar,
¿por qué no buscaron la discoteca en el mapa?
¿Por qué la ubicación estratégica de su pregunta, justo antes de que yo me internara en la oscuridad de la calle?
Ellas no estaban buscando una discoteca. Estaban buscando un objetivo.
Y esa sutil sospecha, ese primer hilo que tiré sin darme cuenta, fue lo que evitó que me durmiera en la tranquilidad de mi calle.
Fue la primera pieza de un patrón que estaba a punto de repetirse.