Mis sentidos, ya completamente encendidos, me guiaron hasta la siguiente esquina.
Sabía que la red no se había disuelto; solo se había tensado.
Y ahí estaba la tercera figura.
Este hombre fue diferente.
Él no necesitó coartadas absurdas ni preguntas triviales.
Solo nos cruzamos, y sin mediar palabra, sostuvimos la mirada.
Fue un instante. Un duelo silencioso en la penumbra. En ese segundo crítico, comprendí la distinción entre un encuentro casual y una vigilancia activa.
La mayoría de las personas MIRA sin ver. Pero mi instinto, activado por el patrón, me obligó a OBSERVAR.
Yo no solo vi a un hombre; yo registré su postura, su inmovilidad estratégica, la intensidad fría de sus ojos.
Él no estaba perdido, no buscaba un partido de fútbol.
Estaba apostado, era el punto de control.
Al transformar el simple acto de mirar en una observación intencionada, obtuve la prueba irrefutable: yo era el objetivo.
Este cruce de miradas no era una casualidad; era la confirmación final de que la emboscada estaba en su punto álgido.