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EL LENGUAJE DEL CUERPO.
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Llegué a mi puerta.
El refugio estaba a centímetros, pero mi intuición me detuvo.
Sabía que faltaba un último movimiento en el tablero.
Esperé.
Entonces, la pareja.
Atentos, respetuosos, pero con una formalidad excesiva.
El último eslabón de la cadena.
—Buenas noches, señor.
—Buenas noches.
—Usted, ¿es de por acá?
Yo decidí cambiar el guion, inyectando una pregunta inesperada.
—Sí. ¿Y ustedes de dónde son?
Nunca los he visto por acá.
La fisura fue instantánea.
Pude ver el quiebre.
El hombre titubeó.
Su cuerpo se tensó; sus ojos buscaron una respuesta que no tenían preparada.
En lugar de dar una dirección o un origen simple, su respuesta se desarmó, se evadió, llenando el silencio con palabras inútiles que solo servían para ganar tiempo y cubrir la mentira.
El lenguaje corporal gritó la verdad.
Su reacción al ser cuestionado sobre algo que no esperaban, la falta de una respuesta automática para disimular.
Era la señal definitiva: no eran curiosos, eran interceptores.
—Disculpe, pero me tengo que ir.
—Buenas noches.
Había evitado entrar en casa.
Había desenmascarado el último punto de control.
La secuencia de interrupciones
—las jóvenes, el "hincha de fútbol", el vigilante silencioso, y ahora la pareja—
era el mapa de una emboscada.
Era momento de actuar.