Me quedé inmóvil, procesando la magnitud de lo ocurrido. No fue suerte; fue convicción.
Pude poner en práctica, sin saberlo, las herramientas más antiguas del ser humano para la
supervivencia:
• La Observación: Me permitió ver más allá de la excusa. No solo miré a los
rostros, sino que analicé patrones, detectando que las mochilas vacías o las
preguntas fuera de lugar eran detalles clave del acontecimiento, permitiendo
una descripción táctica y precisa.
• La Intuición: Fue el hilo conductor. Me permitió sospechar de la situación
anómala antes de tener una prueba. Fue esa voz silenciosa que me dijo, a
pesar de la tranquilidad de estar cerca de casa, que el día aún no había
terminado.
• El Lenguaje Corporal: Me dio la certeza final. Leer el tic de ansiedad, la
postura de acecho y la incapacidad de tres personas para sostener una
mentira bajo presión, me ayudó a cerciorarme de la amenaza inminente.
Y sobre todo, puse en práctica la valentía cívica para actuar sobre esa certeza.
Al día siguiente, en la rueda de reconocimiento, los vi a todos. Las jóvenes de la discoteca,
el del fútbol, el hombre de la mirada brutal, la pareja nerviosa.
Los recordaba a todos
porque mi mente había trabajado como una cámara de seguridad, enfocada solo en los
detalles que no encajaban.
La vida está llena de preguntas sin respuesta inmediata: ¿Para qué? ¿Por qué?
¿Dónde? Pero mi experiencia me enseñó que lo importante no es esperar una respuesta,
sino ir en busca de ella. Es en esa búsqueda y en esa práctica constante donde podemos
identificar, desarrollar y perfeccionar esas virtudes latentes: la capacidad de ver lo que otros
ignoran, de sentir lo que otros no perciben, y de actuar cuando el instinto lo exige.