Instructivo para (des)enamorarme de ti

Extra: Un aniversario pintoresco

—¡Feliz aniversario, Sweetie!

Abrí los ojos perezosamente cuando sentí un cuerpo pesado aplastándome.

—Shane, si quieres que sobreviva al próximo año... ¡Déjame respirar! —elevé la voz, tallándome el rostro con las manos.

Sí, sabía que era una fecha súper especial, maravillosa, un día para desbordar amor, pero las horas de sueño son sagradas. ¡Por Dios!

—¡Ya cállense! Intento dormir —intervino Bridget, quien ya no era tan pequeña ni tan tranquila.

Se dio media vuelta en la cama, cubriéndose la cabeza con una almohada.

—Definitivamente las mujeres Bowers no saben apreciar las muestras de afecto —dramatizó mi chico, levantándose con indignación.

—Mi tomatito, no te pongas así —contesté, formando un infalible puchero.

Tomatito fue un apodo que le atribuí en los primeros meses de la relación, cuando comencé a ver su faceta empalagosa y tímida. No podía decirle nada cariñoso frente a mi padre porque Shane se ponía tan rojo como un tomate.

—¡Bien! Entonces prepárate porque el día apenas comienza —comentó con entusiasmo, olvidando su aparente enojo.

Me apretó las mejillas, dándome un beso en los labios y saliendo con rapidez de la habitación.

Sonreí de manera instintiva, recordando lo mucho que amaba a ese jovencito.

Me bañé, me cepillé, me arreglé, hice de todo y mi hermana seguía sumida en un sueño profundo. Su año escolar ya había terminado y su excusa diaria era que ahora podía dormir todo el día si lo quisiera, porque necesitaba recuperar las energías que le absorbía la escuela.

Por favor, ¿Quién se puede quejar tanto de la primaria cuando existe la preparatoria? ¡Ese sí es el verdadero infierno!

A nosotros aun nos quedaban unos días más de clases para ser libres, y no solo ser libres por una temporada, sino definitivamente. El último año de instituto, el último año soportando al profesor Bolton, a Lexter, a los rumores de pasillo y a la crueldad que te exponía hacerte viral en internet.

Habíamos aprendido grandes lecciones este 2025, y nos enfrentamos a retos que jamás se me cruzaron por la mente. Y, mientras yo tenía claro a dónde quería llegar, Shane seguía dividido entre dos pasiones que no se enlazaban para nada: el soccer y el mundo culinario.

—¿Qué haces ahí parada? Estorbas, mujer —se quejó Amir, quien me hizo regresar a la realidad, en donde me hallaba de pie, en medio del pasillo, absorta en mis pensamientos.

—Qué grosero —respondí, dándole un empujón—. ¿Esa es la forma de tratar a tu querida cuñada?

Él arqueó las cejas y se cruzó de brazos.

—Sí.

Entorné los ojos y nos dirigimos hacia la cocina entre empujones y manotazos.

—¡Miren quién nos ha bendecido con su presencia! ¡La mujer de mi vida! ¡La futura madre de mis...

—¡Ni lo digas! —advirtió mi padre, poniendo un cucharón de madera contra el cuello de Wayland y cortando con su discurso amoroso.

—Por favor, amorcito, déjalos disfrutar de las mieles del romance —intercedió Tess, aproximándose a mi señor padre y tomándolo del brazo para que se sentaran en el comedor.

Tess y papá finalmente sucumbieron a las redes del amor unos meses atrás, después de insinuaciones torpes y la dedicación absoluta de mi aferrado padre. Ahora, todos los días nuestra vecina se la pasaba en casa, porque todavía les parecía pronto para dar el paso de vivir juntos.

Según Tess, la convivencia era una decisión tan fundamental en una relación, que debía tomarse con calma y no apresuradamente. Tess ya nos había demostrado de sobra su gran capacidad como terapeuta de pareja, por ende, no ponía en tela de juicio sus consejos.

—Las mieles del romance son para mayores de veinte años —contrarió mi padre, tomando asiento.

—El año pasado dijiste que eran para mayores de dieciocho y cuando Keiry cumplió esa edad, dijiste que para mayores de diecinueve —señaló el tío Oliver, el principal fan de la relación de su hijo conmigo.

—Exactamente, nunca se es lo suficientemente adulto para afrontar la responsabilidad que implica una relación. —Benji asintió con la cabeza, apretando sus labios como si estuviera haciendo el comentario más sabio del mundo.

—¡Papá! —lancé un chillido, tomando a Shane de la mano y guiándolo a tomar su lugar en la mesa junto a mí—. ¡Cuando conociste a mamá no tenías ni siquiera veinte!

—Y ya viste cómo terminaron las cosas: Divorciado y encargándome solo de dos pequeñas niñas.

Amir rio al escucharlo, y yo entrecerré los ojos.

—Tío suegro, no te pongas en ese plan. Que ustedes no hayan tenido suerte con nuestras madres no significa que Keiry y yo vayamos a repetir la historia —argumentó Shane, encogiéndose de hombros—. Nosotros fuimos mejores amigos durante muchos años, nos conocemos a la perfección.

—¡Claro! —secundé, mirando con ternura a mi novio.

—En fin —refunfuñó mi progenitor—. ¿Bridget no piensa bajar a desayunar? —terminó por preguntar, observando a su alrededor.

—Está hibernando —bromeé, tomando una tostada de la canastilla ubicada en el centro de la mesa.

Papá se limitó a asentir y le di un beso a Shane en los labios, antes de seguir degustando mi exquisito y nutritivo desayuno.

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—¿Ya? —consulté, caminando con lentitud por lo que parecía ser un camino de tierra y césped.

—Ya casi —avisó Shane, quien me cubría los ojos con sus manos.

—¿A dónde vamos? Si no fueras mi novio pensaría que me estás llevando directo a una trampa para asesinarme —comenté con diversión, aunque comenzaba a desesperarme no saber en dónde estábamos.

—¿Y quién dice que no lo soy? —su voz se ensombreció y me detuve abruptamente al escucharlo. Shane comenzó a reír con fuerza.

—Eres un tonto —dije, lanzando un manotazo que terminó en el aire porque no le atiné a su cuerpo.

—Si yo soy tonto, ¿Qué eres tú por aceptar estar con un tonto?




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