Intemperie | Libro 1 | Saga Estaciones

Capítulo Dos

Preguntaré de nuevo

Preguntaré de nuevo. ¿Es su última palabra? —El ruido de los murmullos de las personas cubría toda la sala y el juez frente a mí dio repetidos golpes con su martillo de madera para que se callaran y le permitieran hablar. El silencio no duraba mucho. A mi derecha el hombre sentado junto a Mivla me miraba con una mezcla de miedo y valentía.

—Ella no entiende lo que está haciendo —dijo Mivla poniéndose de pie—. Es solo una niña...

—Le recordamos que ante la corte de La Orden todo testimonio es válido. El señor a mi izquierda la interrumpió.

—Y le recuerdo que es obligación de La Orden buscar más de un testimonio para acusar a alguien de traición al sistema. —Contraatacó la defensora.

—No en este caso —respondió simplemente el señor. Su voz hizo eco por encima de todos los murmullos y estos finalmente cesaron.

Estaba asustada, quería ir con papá y mamá, pero el guardia a mi lado no me lo permitiría.

—Laia Alexandria Myers Jenkins, en lo que me confiere las leyes del Honorario y el deber de mantener el orden social, le pregunto nuevamente. ¿Es su última palabra?

Abrí mis ojos.

Mi corazón martillaba en mi pecho y le llevó unos minutos volver a la normalidad. Llevé mis manos a mi frente sudorosa. En muy pocas ocasiones soñaba con ello, y las veces que pasaba, era porque atravesaba por alguna situación estresante. Y qué más estresante que te hayan propuesto matrimonio. ¡Matrimonio! Ni siquiera llegaba a la edad legal en la que podía hacerlo y ya me lo habían propuesto.

Siempre creí que cuando lo hicieran, porque sabía que lo harían, me burlaría y luego me negaría a aceptar; todo en ese orden. Pero no funcionó de esa forma. Me rehusé, claro, pero no me había burlado de la idea. Me daba cuenta de que eso lo hacía distinto, porque me estaba tomando la propuesta con demasiada seriedad; lo que era extraño puesto que hace algún tiempo tomé la resolución de no casarme. Empezó una tarde que Eliel estaba en el trabajo y mis demás amigos no estaban disponibles, ese día comencé a leer el libro que contenía las historias de los miembros de nuestro árbol genealógico. Leí cada una de ellas, pero la que más me llamó la atención fue la de mi bisabuela Celeste Myers. A ella no le gustaban los hombres, por lo que se rehusó a casarse con uno. En el Honorario no se permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo, por lo que ella luchó para conseguirlo. No lo logró, pero consiguió que no fuera necesario contraer matrimonio para tener hijos. Así fue cómo vivió en unión libre con Clarisa Ortiz y juntas criaron un hijo, Trevor Myers, mi abuelo.

Sus pensamientos estaban plasmados en un par de páginas escritas por ella misma. De su puño y letra leí algunas de sus ideas, eran bastante claras y hablaban sobre la posición de la mujer en el sistema. Criticaba el lugar que se le había dado en la sociedad. Creía que una mujer no tenía que casarse o tener hijos para sentirse completa, no si no quería. Creía que una mujer era mucho más que una silla al lado de su esposo y que su futuro no se reducía a ser madre y cuidar de sus hijos, porque podía hacer más, mucho más. En una parte había anotado una frase muy intrigante a mi parecer: "Me preguntaron que de qué lado estaba y les respondí que del lado que me ayudaba a dormir en las noches".

Lo leído me dejó pensando durante mucho tiempo. Inundaba a mamá con preguntas cada vez que podía, y aunque ella no siempre tenía buenas respuestas, su punto de vista siempre lograba que aclare el mío.

Cuando estuve lo suficientemente segura, le expuse la idea a mamá con gran elocuencia. Me escuchó, que es lo más importante, aunque su opinión seguía siendo que estaba muy pequeña para decidirlo. Ella intervendría solo si creía que estaba actuando precipitadamente. Y vaya que podría actuar de esa forma, no por nada era conocida como la incorregible dos.

Lo que había decidido ese día estuvo en mi mente cuando rechacé la propuesta de Nicolás, no una, sino dos veces. No tenía planes de hacer algo contrario a lo que quería. El problema llegó después, cuando mencionó lo que la posición como su esposa me daría. Estaba jugando sucio, porque apeló a mi sentido de justicia y compromiso, que no era tan grande, pero había crecido desde que cometí ese error.

No era tonta, hacer oír mi voz en medio de todos los miembros de La Orden sería difícil, aun si me convertía en uno de ellos.

—Despierta temprano, como siempre —interrumpió con mis pensamientos Eliel desde el umbral de mi puerta. Intenté contestar, pero solo logré sonreír de medio lado. Me elevé apoyando mis codos sobre el colchón. Mi amigo fue directo a abrir las cortinas de mis ventanas. La luz entró a darle vida a mi habitación usualmente ordenada. Esta mañana no lo estaba.

Los lápices de colores y hojas de papel estaban esparcidos por todo mi escritorio. En la noche había intentado distraerme dibujando algo sencillo, pero era pésima. Un niño de cinco años dibujaría mejor que yo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.