Intemperie | Libro 1 | Saga Estaciones

Capítulo Siete

 

Para cuando los alumnos junto con sus familias comenzaron a llegar alrededor de las ocho de la mañana al teatro central, no dejaban de vernos a mamá y a mí

Para cuando los alumnos junto con sus familias comenzaron a llegar alrededor de las ocho de la mañana al teatro central, no dejaban de vernos a mamá y a mí. Podía sentir cientos de miradas sobre mi cabeza. Y el cabestrillo que llevaba en el brazo no ayudaba para nada.

Había puesto todo mi esfuerzo en elegir un atuendo mucho más modesto de lo que acostumbraría, todo para no llamar mucho la atención. Pero en ese momento no contaba con que casi me rompiera el brazo ni con que el vestido que llevaba mamá, cortesía de Claire, fuera una bola de discoteca, y era una
suposición ya que nunca había entrado a una. La cosa brillaba más que el parque botánico en la noche blanca.

El anuncio de que la ceremonia estaba por empezar me obligó a salir de mi escondite. Estiré la tela de mi vestido para bajarlo al menos un poco. Como le había dicho a Eliel, era muy corto. Estaba tan preocupada de mantenerlo lo suficientemente bajo, que no noté que alguien se me había acercado.

—Cómo ha crecido esta señorita, ¿no lo crees Orlando? —escuché la pregunta y supe que era demasiado tarde para fingir que no lo había hecho. Forcé una sonrisa en mi rostro y me di la vuelta. Dos hombres de cabello blanco y bien vestidos me miraban sonrientes. Uno de ellos asintió con amabilidad, su mirada parecía sincera a diferencia del viejo cuya mirada pretendía gentileza.

—Tienes razón, Paúl —dijo el hombre amable, mejor conocido como Orlando Monte, último miembro del consejo—. Los niños crecen muy rápido, he visto eso de primera mano. Mira a mi Alba, era pequeña y de repente ya tengo un nieto. —Sonrió orgulloso—. ¿Y cómo ha estado? ¿Su madre está por aquí ya?

—He estado bien, señor Monte. Mi madre está atendiendo alguna cosa por allá —respondí. Di una última sonrisa de despedida, desesperada por alejarme de los hombres—. Si me disculpan...

—¿Y qué pasó con ese brazo? —preguntó el viejo Clayton antes de poder dar un paso lejos. Me tensé por completo. Había tratado de ignorar su mirada y planeaba escapar en cuanto pudiera, pero, por supuesto, él no iba a dejar que ocurra.

—Estaba... —comencé a decir. Aunque quería mejorar mi mentira, sabía que no podía. Ya había dicho algo en el centro médico y no podía cambiarlo—. Estaba en el bosque y tuve un pequeño accidente.

El viejo Clayton sonrió. Su mirada se iluminó como si le hubieran dado un premio.

—Bueno Orlando, ahí tienes un ejemplo de lo que pasa por visitar esos lugares —dijo con una media sonrisa—. Supongo que habrá que contárselo a los demás que acuden...

—El bosque no causó mi accidente, lo hice yo misma —interrumpí sin pensarlo siquiera. Tampoco pude evitar mi tono irrespetuoso. Paúl Clayton sonrió de medio lado, sin siquiera inmutarse por mis palabras. Sin embargo, sus ojos decían otra cosa. Contenían una advertencia, gritaban fuerte y claro que debería ser cuidadosa con mis acciones. Fue el señor Monte quien decidió romper el silencio.

—Siempre he querido visitar el bosque. Dicen que el aire es diferente ahí —comentó sonriente—. A ver si un día me da una visita guiada. Debe conocer mucho de él.

Mi mano temblaba ligeramente, la mirada del viejo Clayton siempre lograba que el miedo vaya menguando mi valentía.

—Me encantaría —respondí con mi voz controlada—. Ahora, si me disculpan...

Me incliné levemente antes de darme la vuelta y dejarlos en el escenario. Bajé las escaleras y no me detuve hasta quitarme de encima la sensación de ser vigilada. Varios alumnos que reconocía se me quedaron viendo con curiosidad reflejada en sus ojos, pero ninguno se acercó. Puse una sonrisa falsamente amable en mi rostro cuando visualicé a Ian. Llevaba su cabello meticulosamente despeinado y su traje no parecía tan pulcro como el de la mayoría de los chicos en la ceremonia. No llevaba corbata y tenía un botón de su camisa sin abotonar. Mientras daba los escasos pasos que nos separaban, me pregunté si había perdido la capacidad de redirigir su mirada hacia el frente porque de no ser así, el idiota miraba descaradamente mis piernas.

—El vestido es realmente hermoso, algo digno de una dos. —Su mirada se dirigió lentamente hacia la mía—. Pero un poco corto para las miradas asustadas de las madres protectoras que asisten a esta ceremonia. ¿No lo crees? —Un vistazo me bastó para comprobar que lo que decía era cierto. Las madres me miraban como si fuera la peor influencia de todas. No es que fuera mentira. Resistí el impulso de bajarme la falda por millonésima vez.

—Supongo que no has conseguido una chica a la que comerle la cara el día de hoy, ya que me estás molestando en su lugar —comenté. Sus ojos oscuros, muy diferentes a los de su hermano, lejos de mostrarse molestos, brillaron con diversión.

—Bueno, para tu información, no me gustan las niñas —dijo señalando hacia un grupo de estudiantes que comentaban sobre el vestuario de la otra. Todas eran de formación inicial. Luego me señaló a mí también, lo cual me ofendió—. No soy tan malo como creen, solo...




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