Intemperie | Libro 1 | Saga Estaciones

Capítulo Ocho

 

Nunca había sentido tantas ganas de comprobar qué pasaría si intentaba noquear a Venecia

Nunca había sentido tantas ganas de comprobar qué pasaría si intentaba noquear a Venecia. Seguramente Eliel se enojaría mucho, yo lo haría si alguien dejara inconsciente a mi hermana, pero creo que no se sorprendería; la tensión entre ambas había sido alimentada durante los últimos dos años y un par de golpes seguramente serían nuestro desahogo. Pero Venecia no podría responder al ataque, no si quería seguir estando dentro de Primavera.

En una ocasión, cuando fue mi cumpleaños número trece, me dio un regalo en una caja de madera. Recuerdo que me sorprendió tanto su gesto de amabilidad, que jamás me imaginé que era una caja llena de lombrices. Para su mala suerte mamá entró a mi habitación en el preciso momento en que soltaba la caja y me alejaba a trompicones de la alfombra plagada de viscosos anélidos. Por supuesto, traté de cubrirla y no fue una tarea fácil. Debí tenerlos durante un mes en una base de cristal sobre mi escritorio porque mi explicación fue que los quería como mascotas.

¿Quién en el mundo tenía lombrices como mascotas? A mí se me ocurrió esa locura.

Y esa solo fue una de las muchas bromas de mal gusto que me gastó. Pude fácilmente cubrirla en todas hasta ahora, de alguna forma ella sabía que no la delataría porque la seguía queriendo. Eliel y Venecia siempre serían mis hermanos mayores; aun si no compartíamos ni una gota de sangre y ella me odiara, los quería y los protegería con todo lo que tenía y lo que no.

Una nube de humo de cigarro llegó a mi cara. Habíamos salido al patio a recibir un poco de sol, podía hacerlo en los fines de semana porque Venecia no estaba tan ocupada con otras obligaciones. Generalmente disfrutaba de treinta minutos de los cálidos rayos, sin ninguna interferencia de por medio. No teníamos vecinos, esta casa era la más alejada del centro de la estación y estaba rodeada por el bosque que separaba a la civilización del muro. De ahí lo fácil que me resultaba escapar hacia él.

—¿Podrías dejar eso? —pregunté con evidente molestia—. El olor ya me está mareando. —En lugar de hacerlo, expulsó otro cúmulo de humo que con el soplar del viento fue directo a mi cara—. ¡Venecia!

Presionó el cigarrillo contra la reja y el fuego se apagó.

—Es hora de entrar —dijo. Comenzó a ir hacia la casa, pero yo no me moví de mi silla. Planeaba disfrutar de mi manzana bajo el sol—. ¿Qué estás esperando? —gritó desde la puerta de la cocina que daba al patio lateral.

Estaba seriamente considerando en comprobar la puntería de mi brazo izquierdo. Tal vez no la noquearía, pero era posible que logre llegar a alguna parte de su cuerpo. Mi brazo dislocado ya no dolía, si acaso una débil punzada por un movimiento muy brusco, por lo que, desde mi punto de vista el cabestrillo ya era innecesario; pero mamá le había contado al doctor de mi "hiperactividad" y él decidió que lo debía conservar como medida de prevención.

Gritó mi nombre y le devolví el grito sin molestarme en girar.

—Mi castigo no incluye estar recluida en mi habitación.

No escuché una respuesta, por lo que me volví a relajar en mi asiento disfrutando del calor de los armoniosos rayos de sol. Solo tenía el día de hoy para mí misma, porque mañana empezaba el formatorio y necesitaba prepararme mentalmente para soportar un aula llena de voluntarios elegidos para mi nivel. No tendría el apoyo de Claire ni de mis amigos, ya que irían a una de las aulas destinadas a su voluntariado. Aunque así pudieran hacerme compañía, no creo que lo hicieran.

Desde que fue la ceremonia de graduación no había salido de casa más que para las terapias. Mi castigo esta vez era riguroso. Quería escapar, intenciones no me faltaban, pero Venecia me pisaba los talones todo el tiempo que podía. En el único lugar donde podía tener relativa privacidad era mi habitación.

Al menos tuve una distracción muy buena.

En los primeros días que tuve el diario de Elsa en mi poder, intentaba leerlo en mi habitación. Pero el incesante control de la intemperie no me permitía leer en paz; cada vez que se abría la puerta, escondía el cuaderno entre mis almohadas o con lo que tuviera al alcance. En una ocasión no lo había hecho muy de prisa y mamá lo vio cuando iba a darme las buenas noches. Mientras ella hablaba de cómo había recibido a los voluntarios graduados para nuestro nivel, yo intentaba no parecer como si mi corazón quisiera explotar de los nervios.

De todas formas, me las arreglé para leer el diario.

En las primeras páginas enlistaba un inventario de todos los libros que tenía P09, así llamaba ella a la habitación que habíamos encontrado con Eliel, así que con el pasar de los días lo fuimos llamando con el mismo nombre. Durante un par de horas Eliel y yo leíamos el diario y tratábamos de comprenderlo en su mayoría; había palabras que no comprendíamos, por lo tanto, en ocasiones, hacía incomprensibles páginas enteras.

Al no encontrar el significado en el diccionario que tenía en mi habitación, decidimos que lo mejor sería investigar en uno de los del P09. Eliel iba todas las tardes a investigar cada palabra que necesitábamos entender. Como no podíamos utilizar papel para anotar su significado, ya que sería muy arriesgado, y mucho menos traer el diccionario, Eliel memorizaba tres palabras y traía su significado en la mente. Así cada vez.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.