Intemperie | Libro 1 | Saga Estaciones

Capítulo Veintitrés

 

Gutiérrez desenredaba la cuerda con gran habilidad, incluso más que Eliel

Gutiérrez desenredaba la cuerda con gran habilidad, incluso más que Eliel. Debería haberme sorprendido, pero apenas le di importancia. Todavía me encontraba digiriendo el que mi mejor amigo, el que creía que era un intemperie a toda regla, fuera hijo de un uno. No lograba comprender cómo había pasado. Es decir, sabía qué había pasado; lo que pasa cuando una mujer y un hombre tienen sexo sin un control de natalidad de por medio. Pero no sabía cómo Marcos había logrado ocultar algo así. Porque era un asunto de dimensiones astronómicas que debió ser un dolor de cabeza en ese entonces, e incluso ahora.

¡Por los dioses de todo el mundo¡ Eliel era un uno que había tenido que vivir como intemperie durante toda su vida. Ahora que lo pensaba, sí se parecía a Marcos, no al cien por ciento, pero algo había. Ciertos rasgos que podría asociarlos si se los ponía uno al lado del otro. ¿Los había visto cerca alguna vez? No, al menos que yo lo sepa.

Otra idea había comenzado a pasearse por mi cabeza. ¿Venecia también sería su hija? Es decir, ambos eran hijos de Jéssica, y si ella había estado con Marcos, bien podría serlo. Pero la sola idea de que sean dos hijos ocultos se salía de todo pensamiento racional. Uno era un accidente, Dios sabía que puede llegar a pasar. ¿Pero dos? Eso ya bordeaba el límite de la lucidez. Porque habría que estar loco para pensar que se podía ocultar algo así.

Bueno, evidentemente lo habían logrado. La pregunta era: ¿hasta cuándo?

—Creo que no podré lograrlo —susurró Melanie. Desde hace un tiempo se había alejado de su hermano y pegado a mí, ella también estaba confundida por lo que había escuchado. Y no era para menos. Cuando le pedí a Gutiérrez que me contara lo que sabía, no esperaba semejante cosa.

—¿Lograr qué? —pregunté. Necesitaba distraerme con algo, aun si era una conversación de diez segundos.

—Bajar en eso. —Señaló la cuerda que ya estaba casi lista para comenzar a descender—. ¿Y si se rompe con mi peso? Anteayer mamá hizo puré de papa y me zampé más de la mitad de la olla. ¿Me entiendes? De la olla, no de un plato. Siento que peso más desde ese día.

—Entiendo tu punto, pero no creo que eso te haya hecho engordar cien kilos —puntualicé. Tomé su mano para tratar de tranquilizarla—. No te pasará nada, por lo general es muy seguro.

Por su mueca supe que lo dudaba.

—¿Te has lastimado alguna vez? —preguntó.

—No desde que supe de cuerda y arnés —respondí sinceramente.

—Eres pésima tranquilizando a personas. —Se quejó.

—Lo sé —coincidí con ella. Nunca se me había dado bien ningún tipo de interacción social y no por tímida, sino porque me costaba mantener mi boca cerrada cuando no estaba de acuerdo con algo, o cuando era mejor no decir lo que pensaba. Ninguna cantidad de aprendizajes me habían enseñado a cerrar la boca.

—Odio interrumpir su conversación, pero deberíamos ponernos en marcha —intervino Gutiérrez poniéndose frente a nosotras. Parecía un poco cansado y una fina capa de sudor brillaba en su frente—. Melanie, vas primero.

—¡Qué! ¿Por qué yo? —La cara de la pobre se puso pálida con la noticia. Dio un par de pasos hacia atrás, dispuesta a salir corriendo si no lográbamos convencerla.

—Tendrás a dos personas cuidando tu descenso. Lo que es muy bueno para ti —explicó el hombre—. Sabes que no te dejaré caer, mamá me mataría. Sin mencionar lo que papá me haría. —Finalizó. El rostro de la cuatro no se veía tan convencido todavía; sin embargo, cuando Gutiérrez se acercó, ella no se alejó.

Melanie se dejó llevar por su hermano después de protestar y perder toda posibilidad de que sea la última en descender. Yo le aseguré que todo iría bien, pero ninguna palabra la tranquilizaría. Cuando nos acercamos al agujero y vi lo oscuro que estaba, el miedo comenzó a nacer en mi estómago. Nunca había entrado al paraíso en la noche, por razones obvias. Eliel no podía estar cerca, el toque de queda nos metería en problemas y no me gustaba lo oscuro que se ponía. Por lo tanto, nunca había estado tan oscuro para mí.

—¿Tenemos linterna? —preguntó inmediatamente Melanie.

—Solo una, pero...

—Perfecto, me la pido —interrumpió a su hermano—. Y no me mires así, que, si soy la primera, al menos quiero ver lo que me va a comer en cuanto entre.

—No te va a comer nada —comenté con un suspiro de cansancio.

—Eso está por verse —corrigió. Comenzó a sacudirse como si le estuviera poseyendo algo. Escuché cómo tronaba los dedos de sus manos y lanzaba respiraciones muy audibles. Su forma de prepararse era un tanto extraña—. Está bien, háganlo.

Y así lo hicimos.

No fue tan complicado como pensé, solo insultó un poco cuando tuvo que sacarse el arnés para que descendiera yo. Debería decir que me comenzaba a tranquilizar, pero estaba cada vez más nerviosa. Nunca había entrado con nadie que no sea Eliel. El suelo estaba blando por la lluvia que había caído y el olor a tierra mojada era más intenso de lo usual.




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