Faye
Extiendo mi mano hasta alcanzar la cortina de la ventana, abriéndose de un tirón y dejando entrar la luz natural de la mañana, entrecierro los ojos al encontrarme con la puntada que atormenta mi cabeza todos los días, así que me acerco a la mesita de noche a un costado de mi cama para sacar una caja de pastillas, elijo un par y las ubico en medio de mi lengua. Cierro el cajón y entro al cuarto de baño para beber agua, logrando que ambas pastillas se pierdan en mi garganta.
Cepillo mis dientes mientras camino por mi cuarto eligiendo qué ropa usar hoy, cómo lo es siempre, una sudadera holgada junto a unos jeans que combinan. Dejo mi ropa sobre la cama y escupo la espuma que se forma en mi boca dentro del lavamanos, lavo mi boca para que no quede ningún rastro y me deshago de mi ropa hasta quedarme completamente desnuda, enciendo la ducha y espero a que el agua temple mientras reviso y huelo el nuevo shampoo que mi madre me compró, mi entrecejo se arruga al sentir un leve aroma a flores primaverales así que cierro el envase para dejarlo a un lado, captando mi reflejo en el espejo.
Me detengo a admirar cada parte de mi cuerpo, buscando algo de lo que deba encargarme, giro mi cuerpo dejándome ver de costado, notando mi delgadez y mis flácidos brazos, vuelvo a enderezarme y ponerme de frente bajando más la vista hasta mis brazos marcados, pensando en que debo conseguir más sudaderas para no repetir ninguna durante la semana en la escuela y tapar por completo las marcas en mi piel para que nadie ande preguntando.
Una vez que el agua se calienta lo suficiente, me introduzco dejando que se me achicharre la piel, lavo mi cabello con la única opción que tengo así que utilizo el shampoo de mi madre y enjabono mi cuerpo quitando la grasitud y cualquier tipo de ácaro o pelusa. Aprieto los labios cuando el jabón toca las nuevas marcas en mis brazos, las presiono conteniendo el ardor y me mojo más logrando calmar el ardor a cambio de su enrojecimiento.
Al salir de la ducha envuelvo mi cuerpo en mi toalla y salgo del baño buscando ropa interior, dejo caer la toalla acomodando mi sostén, siguiendo con lo demás hasta ponerme unas medias y finalmente unos convers. Peino un poco mi cabello con mis dedos y lo dejo libre, nunca me importo si se enreda o no, al final me importa un carajo la mirada que los demás puedan darme por mi apariencia.
Levanto mi mochila del suelo y abro la puerta dándole un último vistazo a mi cuarto antes de salir, esperando encontrarlo de igual manera cuando vuelva. Cierro la puerta y me dirijo escaleras abajo encontrándome con mamá en la cocina, me siento frente a ella en la alacena dejando caer mi mochila y levanto la cafetera junto a un vaso, dándole sorbitos cortos. Espero que se dé la vuelta para mirarme, o decirme algo desde su posición, pero parece que no existo para ella.
—Hola —le digo tomando una tostada del plato que tengo enfrente y le doy un mordisco, ella apenas me ve y sonríe un poco, algo que paso por alto y miro hacia la puerta—, ¿dónde está Adam?
—Salió hace cómo media hora, se encontrará con sus amigos para ir a la escuela y volverá tarde. —Si tan solo fuera eso lo que te pregunté, pienso y dejo todo lo que estoy haciendo para levantar mi mochila y empezar a caminar hasta la salida.
—Yo también, creo que no volveré esta noche. —Digo y espero unos segundos a que siquiera me mire, pero no lo hace así que paso la vista hasta la puerta abierta del estudio de Blad, pero al no ver señales de vida de su parte, decido salir de una vez y cerrar la puerta antes de que alguna me detuviera.
Bajo los escalones y acomodo mi pantalón bajando mi sudadera para tapar lo más que pueda, camino en silencio por la calle sin detenerme o mirar en un punto exacto, pienso en la relación que tiene Blad con mi madre, y lo idiotas que son. La historia es así, cuando yo nací, mis padres comenzaron a pelear todo el tiempo por la aparición de un supuesto hijo de mi madre con otro tipo, lo que molestó por completo a mi padre hasta que se separaron, dividiéndome entre ambos hasta que cumplí once años y mi padre enfermó.
Estuvo mucho tiempo en el hospital, un lugar al que mi madre nunca me dejó ir para, según ella, no contraer enfermedades, cuando en realidad lo único que hacía era dejarme con el padre de su otro hijo, quién, además, es un alcohólico imbécil que no tiene valor por su propia vida. Y cuando mi padre murió, mi madre no perdió el tiempo en casarse con el idiota que ahora vive con nosotras, al igual que su hijo, mi hermano.
Oigo la campanada y levanto la vista notando que estoy a sólo unos metros de la cuadra de la preparatoria. Bajo la cabeza pasando desapercibida hasta que veo a lo lejos a Lindsey, lo que es el estereotipo de amiga, o lo que pueda llegar a ser. Ella al verme sonríe y me saluda, así que le hago una media sonrisa y sigo caminando hasta la entrada. Subo las escaleras adentrándome al lugar y camino entre la gente por el pasillo hasta que Lindsey me alcanza.
—¿Cómo estás? —levanto los hombros y ella sonríe caminando a paso acelerado—, anoche me costó dormir, estuve demasiado tiempo pensando y...
—Te dije que no —la miro seria y ella igual—, no aquí.
—Pues, Tori no siempre estará aquí. —Dice ladeando la cabeza hacia la esquina donde Tori se encuentra, rodeada de otras personas con las que habla, ella no es nuestra amiga, pero si puede ser una cuando la necesitas, más cuando lo que necesitas son opioides.
—Me duele la cabeza. —Respondo abriendo mi casillero.
—¿No tomaste nada?
—Sólo unos gramos de vicodin.
—¿Hidrocodona? ¿Quieres morirte, Feya? —pregunta y la miro sin interés alguno a sus reproches.
—Y todavía me sigue doliendo la puta cabeza.
—Cómo sea, dime que trajiste algo porque estuve hablando con unos amigos cerca de donde vivo y...
—Lindsey, no puedes venderles a tus vecinos, estás loca.
—Necesito el dinero, lo sabes, pero no puedo hacer que Tori siga vendiéndonos porque se irá pronto.