intensity

3- Chase

Chase

El chirrido de los tenis contra el parqué del gimnasio me taladra los oídos, pero es un ruido que prefiero mil veces al silencio de mi propia cabeza. Han pasado meses desde la fiesta en casa de Adam, esa noche que recuerdo a fogonazos borrosos y con un sabor metálico en la boca. A veces, cuando cierro los ojos, todavía siento la mano de Bruce presionando aquel pañuelo contra mi cara, pero cada vez que intento confrontarlo, él solo se ríe y me dice que estaba tan mal que me inventé una película de espías.

Sacudo la cabeza para espabilarme y ajusto la correa de mi mochila. A lo lejos, cerca de los casilleros de las chicas, veo una silueta que reconozco al instante. Es Faye, la hermana de Adam.

Lleva una de esas sudaderas gigantes que parecen tragársela entera. Se ve... distante. Siempre parece estar en un código postal diferente al resto de nosotros. Es raro, porque Adam es puro ruido, músculos y testosterona, y ella es como una sombra que camina por los pasillos intentando no ser vista. Tiene esa mirada de "no me toques" que, honestamente, es lo más auténtico que hay en este instituto de plástico. Me quedo observándola un segundo de más, notando cómo se acomoda la mochila con un gesto mecánico, casi rígido. Hay algo en ella que me genera una punzada de inquietud, una especie de deja vu que no logro ubicar.

—¿Qué miras, galán? ¿Ya le echaste el ojo a la hermanita del jefe? —La voz de Marcus me devuelve a la realidad con un golpe en el brazo.

—No digas estupideces. Solo me preguntaba si Adam ya llegó —miento descaradamente, apartando la vista de Faye justo cuando ella desaparece por la puerta principal.

—Adam está en el campo quemando los pulmones. Vamos, que el entrenador nos va a colgar de las pelotas si llegamos tarde otra vez.

Caminamos hacia el campo de entrenamiento. El aire fresco de la tarde me ayuda a despejarme, pero la imagen de Faye, tan pequeña y encerrada en sí misma, se queda pegada en mi retina.

El entrenamiento de rugby es un infierno. El barro se nos mete por las uñas y el contacto físico es constante. Choco contra Marlon, siento el impacto en el hombro y el dolor me hace sentir vivo, real. Adam está hoy más agresivo de lo normal, tacleando a cualquiera que se le cruce como si quisiera atravesarles el pecho.

El entrenador Williams no tiene piedad, nos hace correr series de 400 metros con el equipo puesto hasta que el sabor a hierro inunda mi garganta. El campo está pesado por la lluvia de ayer, y cada zancada se siente como si el suelo intentara tragarse mis botas.

—¡Formación de melé, ahora! —grita Williams.

Me coloco en posición, sintiendo el sudor frío bajar por mi espalda. A mi lado, Bruce y Marlon se ríen de un chiste privado mientras empujan con una fuerza bruta que a veces me asusta. En la siguiente jugada, me toca recibir el balón. Siento el cuero rugoso en mis manos y arranco a correr, pero Adam me sale al cruce con un tacle tan violento que me saca el aire.

Caigo al barro y por un segundo todo se vuelve blanco.

—Levántate, Chase, no seas una nena —escupe Adam, ofreciéndome una mano que acepto a regañadientes. Su mirada está inyectada en sangre, vibrante, como si tuviera demasiada energía eléctrica recorriéndole las venas.

Seguimos durante otra hora. Choques de hombros, barro en los ojos y el sonido de los huesos impactando contra el suelo. Mis amigos disfrutan de la violencia del juego; yo, en cambio, solo disfruto del cansancio físico, porque es lo único que logra apagar mis pensamientos sobre lo que realmente está pasando en este grupo.

Cuando finalmente el entrenador pita el final, me desplomo sobre el césped, jadeando. Mis pulmones arden y el sudor me escuece en los ojos. Bruce se acerca y me lanza una botella de agua que apenas alcanzo a atrapar.

—Buen entreno, Chase. Estás recuperando el ritmo —dice con esa sonrisa de suficiencia que siempre me pone los pelos de punta.

—Sí, claro —respondo cortante, bebiendo el agua casi sin respirar.

Me voy a las duchas, dejando que el agua caliente relaje mis músculos. Mientras me visto, mi mente vuelve a Faye de forma inevitable. Intento recordarla en la fiesta, o al menos eso intento. Los detalles son difusos, pero la sensación de que algo no encajó esa noche sigue ahí, como una astilla que no puedo sacar. ¿Por qué ella siempre parece estar sufriendo en silencio? ¿Es por Adam? ¿Es por sus padres? ¿O es algo más?

Salgo del gimnasio con el cuerpo molido pero la mente un poco más clara. El sol ya se está poniendo, tiñendo el cielo de un naranja sucio.

Saco el teléfono del bolsillo para revisar la hora y noto que tengo una notificación nueva.

Es un mensaje de Adam.

"Ven a casa después de cenar. Mis viejos salieron y los chicos van a traer algo de beber. No me falles, que hoy hay que celebrar que seguimos vivos."

Miro el mensaje durante un largo rato. Podría quedarme aquí, cenar con mis padres y dormir diez horas. Pero la imagen de Faye volviendo a esa casa sola con Adam y los demás me genera una inquietud que no puedo ignorar. Necesito saber qué pasa en esa casa cuando las luces se apagan.

—Allí estaré —tecleo, mientras agarro las llaves de mi moto.



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En el texto hay: romance, autolesiones, drgoa

Editado: 16.03.2026

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