intensity

5- Chase

Chase

Bajo las escaleras con las piernas convertidas en gelatina. Mis manos aún tiemblan un poco y el olor a hospital -ese olor a medicina y metal que impregna la habitación de Faye- parece haberse quedado pegado a mi piel. Al llegar a la última grada, el ruido de la sala me golpea como un muro de sonido.

Adam está soltando una carcajada, con una cerveza en la mano, contándole a Bruce alguna estupidez sobre un tacle que hizo en el entrenamiento. Lo miro y, por primera vez, siento una náusea que no tiene nada que ver con el alcohol. Su hermana casi se queda sin aire a pocos metros de él, sola, rodeada de químicos que podrían apagarle el corazón en cualquier momento, y él está aquí, celebrando su propia existencia.

—¿Te perdiste en el baño, Chase? —pregunta Marcus, lanzándome una mirada burlona—. Tardaste una eternidad.

—Me perdí buscando el interruptor de la luz, este lugar es un laberinto —miento. Mi voz suena extrañamente estable para lo que acabo de vivir.

Me siento en el borde del sofá, lo más lejos posible de Adam. No puedo dejar de pensar en la forma en que Faye me miró. No había gratitud de cuento de hadas; había miedo, un orgullo herido y una soledad tan profunda que me hizo querer sacarla de esa casa a rastras. Pero ella pidió silencio. Y yo, por alguna razón que no termino de entender, estoy dispuesto a dárselo.

—Oye, ¿estás bien? —Adam se inclina hacia mí, frunciendo el ceño—. Pareces un jodido fantasma.

—Solo estoy cansado, el entrenamiento me dejó molido —respondo, forzando una sonrisa que no llega a mis ojos—. Creo que me voy a ir pronto.

—Ni hablar, la noche recién empieza —insiste Adam, pasándome un brazo por el hombro con esa fuerza bruta que siempre usa para marcar territorio—. No me vas a abandonar ahora que Bruce trajo el tequila.

Fuerzo una sonrisa, pero mi cabeza está arriba, en esa habitación. Siento el peso del secreto quemándome el pecho. Marlon está intentando encender un cigarro con manos torpes y Alexandre está absorto en su teléfono. Son mis amigos, pero en este momento los veo como extraños.

—Me siento fatal, en serio —digo, frotándome la frente como si tuviera una migraña de muerte—. Creo que el golpe de Adam en el entreno me dejó una contusión o algo así. Necesito dormir un poco antes de manejar.

Adam me mira con desconfianza, pero el alcohol ya está nublando su juicio. —Está bien, nena. Ve a la habitación de huéspedes del fondo, pero no te acostumbres al lujo.

Asiento y me alejo de la luz y el ruido de la sala. Camino por el pasillo, pero en lugar de ir a la habitación de huéspedes, espero en las sombras de la escalera hasta que los escucho gritar por un gol en la televisión. Subo los escalones de dos en dos, con el corazón martilleando contra mis costillas. No sé qué estoy haciendo, pero la imagen de Faye perdiendo el conocimiento no me deja en paz.

Toco su puerta tan suavemente que apenas es un roce. No hay respuesta. Empujo la madera con cuidado y veo a Faye tumbada en la cama, todavía con la misma ropa, mirando al techo con los ojos vidriosos. Al verme, no se asusta, solo ladea la cabeza con una lentitud de otro mundo.

—¿Viniste a ver si el cadáver seguía frío? —su voz es un hilo apenas audible.

—Vine a asegurarme de que no te mueras mientras ellos celebran ahí abajo —respondo, cerrando la puerta detrás de mí y echando el seguro.

Me siento en el suelo, apoyado contra la pared frente a su cama. Ella me observa con una mezcla de curiosidad y desprecio. —Vete, Chase. Adam se va a volver loco si te encuentra aquí.

—Adam está demasiado ocupado intentando no ahogarse en su propia cerveza. No me iré hasta que vea que puedes mantener los ojos abiertos por ti misma.

Pasa el tiempo. El ruido de la fiesta abajo se convierte en un zumbido lejano. Faye se queda dormida de a ratos, y en uno de esos momentos, me atrevo a sentarme en el borde de su cama. Se ve tan frágil que parece que se romperá si el aire sopla muy fuerte. Estiro la mano y, casi sin pensarlo, aparto un mechón de pelo negro de su frente. Su piel está fría.

De pronto, sus dedos atrapan mi muñeca. No se ha despertado del todo, pero me aprieta con una fuerza desesperada. —No me dejes... —murmura entre sueños.

Me quedo allí, sentado a su lado, dejando que me sostenga. Me prometo que solo será un momento, pero el cansancio del entrenamiento y el silencio de la habitación me vencen. Apoyo la cabeza en la almohada, justo al lado de la suya, y el sueño me arrastra.

El sol entra por la ventana con una violencia innecesaria. Despierto de golpe, desorientado. El aroma a tabaco y flores primaverales me golpea los sentidos: estoy en la cama de Faye. Ella está sentada a mi lado, ya despierta, observándome con una frialdad que me hiela la sangre.

—Son las seis de la mañana —dice ella. No hay rastro de la vulnerabilidad de anoche—. Si Adam te ve salir de aquí, te mata a ti y me termina de destruir a mí.

Me incorporo rápido, pasando una mano por mi cabello revuelto. Mi pecho se siente apretado.

—Faye, lo de anoche...

—Lo de anoche no pasó —me corta, poniéndose de pie. Camina hacia la puerta y la abre apenas un centímetro para espiar el pasillo—. Están todos desparramados en la sala. Bruce está roncando en el sofá y Adam tiene la cara sobre la mesa de la cocina. Es tu oportunidad.

Se gira hacia mí. Sus ojos están inyectados en sangre, pero su mirada es firme. Se acerca y me pone una mano en el pecho, empujándome suavemente hacia la salida. Por un segundo, nuestras caras están tan cerca que puedo sentir su respiración errática.

—Vete de una vez, Chase. No vuelvas a hacer esto. No somos amigos, y yo no necesito que me cuiden.

Me deslizo fuera de la habitación. Bajo las escaleras como un ninja, esquivando botellas vacías y cuerpos inertes. Adam está, efectivamente, noqueado en la cocina. Salgo por la puerta principal y el aire fresco de la mañana me golpea.



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En el texto hay: romance, autolesiones, drgoa

Editado: 16.03.2026

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