Chase
Hay un momento exacto en el que una fiesta deja de ser divertida y se convierte en un descarrilamiento ferroviario a cámara lenta. Para mí, ese momento es ahora.
Estoy de pie junto a la piscina, con el sabor amargo de una cerveza tibia en la boca, viendo cómo Adam se infla como un animal herido frente a su hermanastra. La tensión entre ellos es eléctrica, tóxica. Escucho a los chicos de la fraternidad reírse por lo bajo, haciendo apuestas sobre cuánto tardará Faye en colapsar, y por primera vez en años, siento que pertenezco al bando equivocado.
Cuando Faye le grita a Adam que se pudra, veo la vena de su cuello saltar. Sé lo que viene. Conozco esa mirada de Adam. Por eso, cuando él la empuja, me muevo por puro instinto. La rodeo con los brazos, intentando ser el colchón entre su furia y la de él, pero Faye es como un gato salvaje herido; se retuerce, me golpea y me mira con un odio que me quema la piel.
—¡Ya, tranquila, está bien! —le susurro, tratando de que mi voz sea el único ancla en medio de los gritos.
Pero ella me empuja. Y entonces sucede.
El sonido del cuerpo de Faye golpeando el agua de la piscina silencia la música por un segundo que parece eterno. Mi corazón se detiene. Sé lo que hay en su sistema. Sé lo de la droga. Sé que su corazón es una bomba de tiempo y el choque térmico del agua fría podría ser el detonante.
Me acerco al borde, listo para saltar, pero ella emerge. Está empapada, temblando, pero levanta esa maldita botella como si fuera un trofeo de guerra.
—¡Al menos no se echó a perder! —grita.
La multitud estalla en vítores. Para ellos es solo una chica excéntrica siendo la reina del caos. Para mí, es un suicidio televisado. Veo a Elliot, el nuevo tipo que Tori dejó a cargo, observándola con una mueca de preocupación que no encaja con su papel de dealer. Pero mi atención vuelve a Faye cuando la botella se le resbala de las manos y sus ojos se ponen blancos.
—¡Faye! —el grito de Lindsey se pierde en el bajo de la música que acaba de volver a sonar.
No espero a que nadie más reaccione. Me lanzo al agua con ropa y todo. El frío me corta la respiración, pero nado los pocos metros que nos separan y la sujeto por la cintura antes de que se hunda por completo. Está pesada, sin vida.
—¡Ayúdenme! —le grito a Bruce y a Marcus, que están en el borde mirando como si fuera un espectáculo de medio tiempo.
Adam ni siquiera se mueve. Se da la vuelta y camina hacia el interior de la casa, escoltado por su orgullo herido. Maldito imbécil.
Saco a Faye del agua con la ayuda de Elliot, que finalmente se digna a echar una mano. La recuesto en el cemento frío y le doy palmaditas en la mejilla. Su rostro está azulado bajo las luces fluorescentes de la fiesta.
—Faye, mírame. ¡Faye! —presiono mis dedos en su cuello. El pulso está ahí, pero es errático, saltarín.
—Tiene una sobredosis, hay que llamar a una ambulancia —dice alguien entre la multitud.
—¡No! —dice Elliot—. Nada de médicos.
Miro a Lindsey, que está llorando y arruinando su maquillaje de purpurina, totalmente inútil en este estado. Así que me devuelvo a Elliot, que es el único que parece mantener la calma.
—Dame las llaves de tu auto. Ahora —le exijo, extendiendo la mano con autoridad.
Elliot me mira un segundo, mide la urgencia en mis ojos y me lanza un llavero con el logo de un Jeep.
—Lévatela —me dice Elliot en voz baja, acercándose para que nadie más escuche—. Yo me encargo de Adam y los demás. Les diré que Lindsey se la llevó a su casa a cambiarse porque ya está mejor.
Cargo a Faye en brazos, ignorando las preguntas borrachas de la gente que nos rodea. Elliot se interpone entre nosotros y Adam, distrayéndolo con alguna historia sobre la botella rota. Meto a Faye en el asiento del pasajero del Jeep y arranco a toda prisa.
No puedo llevarla a su casa, su padrastro es un imbécil y Adam llegará en cualquier momento. Mi casa es la única opción ya que mi madre está en el hospital cubriendo un turno doble.
Llegamos minutos más tarde, la cargo por las escaleras empapando la alfombra del pasillo, y la deposito en mi cama. Está temblando violentamente, víctima de la hipotermia y del cóctel de sustancias que lleva encima.
—Faye, tienes que quitarte esa ropa húmeda —le digo, tratando de no sonar desesperado. Ella apenas me mira, sus dientes castañetean tanto que parece que se van a romper.
Sin esperar respuesta, busco en mi armario una de mis sudaderas más gruesas y un pantalón de algodón. Con toda la delicadeza del mundo y evitando mirar más de lo necesario para no invadir su espacio, la ayudo a deshacerse de la chaqueta empapada. Ella se deja hacer, sumida en una semiinconsciencia que me aterra.
—Toma esto. Póntelo.
Me doy la vuelta para darle privacidad mientras ella, con movimientos torpes y lentos, logra cambiarse. Escucho cómo se desploma de nuevo en la cama. Cuando me giro, la veo perdida entre mis sábanas, usando mi ropa que le queda tres tallas más grande.
Me siento en el suelo, apoyado contra la cama, igual que aquella noche en su casa. El silencio es total, solo roto por su respiración que, poco a poco, comienza a estabilizarse.
—¿Chase? —su voz suena pequeña, ronca.
—Aquí estoy, Faye. Estás a salvo. Estás en mi casa.
Ella estira una mano fuera de las mantas y busca la mía. Sus dedos están gélidos, pero me aprietan con fuerza.
—¿Por qué lo haces? —pregunta, y esta vez no hay veneno en su voz, solo una duda genuina que me parte el alma.
—Porque alguien tiene que hacerlo —respondo, entrelazando mis dedos con los suyos.