Faye
El techo de esta habitación es demasiado blanco, demasiado limpio. No es el mío.
Me incorporo lentamente, sintiendo cómo mi cerebro choca contra las paredes de mi cráneo. Un gemido de dolor escapa de mis labios antes de que pueda contenerlo. Miro hacia abajo y noto que no llevo mi sudadera beige, en su lugar, una tela negra y suave me envuelve. Huele a jabón de hombre, a madera y a algo que reconozco como... él.
—Despertaste.
Giro la cabeza y veo a Chase apoyado en el marco de la puerta. No tiene puesta la camiseta del equipo, solo una remera blanca que deja ver la curva de sus hombros y la firmeza de sus brazos. Maldita sea, es incluso más atractivo bajo esta luz matutina, con el cabello revuelto y esa mirada que parece querer leer mis notas al pie de página. Siento una punzada de vergüenza que me quema las mejillas. Sé que debo de ser un desastre, el cabello enredado y mi piel pálida gritando por una dosis.
—¿Dónde estoy? —mi voz suena como si hubiera tragado vidrios.
—En mi casa. Mi madre está durmiendo, acaba de llegar del hospital, así que no te preocupes. Estamos solos —dice, acercándose con una bandeja—. Te preparé algo de comer. Café negro y tostadas.
—No tengo hambre —miento.
Lo que tengo es una sed química. Mis células están empezando a protestar, enviando pequeñas descargas eléctricas por mi columna. Necesito ese abrazo cálido que solo el polvo blanco o una pastilla de color pastel pueden darme. Necesito que el mundo deje de tener bordes tan afilados y que la realidad se vuelva a sentir como algodón. Hace demasiadas horas que mi sangre está "limpia", y esa es una sensación que no soporto.
Chase deja la bandeja en la mesita de noche y se sienta en el borde de la cama. La distancia entre nosotros es mínima y el calor que emana su cuerpo me pone nerviosa.
—Faye... —empieza él, y odio el tono suave de su voz—. ¿Por qué haces esto?
Me río, una risa seca y amarga.
—Me tengo que ir. —digo sin más y me pongo de pie para irme
—Faye...
—De nuevo, te repito. No sé por qué te importa tanto.
Chase suelta una risa corta, llena de una picardía que me descoloca.—Técnicamente, tienes mi ropa puesta. Y aunque te queda increíble, no creo que quieras que Adam te vea entrando a tu casa con una sudadera que tiene mi apellido en la espalda. Tu ropa está en la secadora, todavía está húmeda. Te toca quedarte aquí hasta que se seque.
—Tienes que estar de broma.
—Es sentido común —responde él, cruzándose de brazos. Se queda mirándome un segundo de más, y estoy segura de que lo hace por lástima. ¿Quién querría mirar a alguien como yo si no fuera por compasión? Soy un proyecto roto, y él es el tipo que cree que puede arreglarlo.
Busco mi teléfono entre las sábanas y veo que tengo mensajes de Lindsey.
"Perra, desperté con una peluca de color azul que no es mía. Adam llamó tres veces preguntando por ti. Le dije que te habías puesto mal por el alcohol y que estabas en mi casa durmiendo. No me hagas quedar como una mentirosa, quédate donde estés."
Suspiro aliviada. Al menos Adam no está derribando puertas. Bloqueo el teléfono y vuelvo a mirar a Chase. Él sigue ahí, observándome con una intensidad que no logro descifrar.
—¿Qué? —le espito, tratando de recuperar mi armadura de frialdad—. ¿Tengo algo en la cara?
—No —dice él, y esta vez no hay lástima en sus ojos, hay algo más profundo, algo que me hace querer esconderme bajo las mantas—. Solo estaba pensando en lo mucho que me gusta cómo te queda mi ropa.
Trago saliva, sintiendo que el aire en la habitación se vuelve más denso. La necesidad de drogarme sigue ahí, pero por un instante, el contacto de su mirada logra que el ruido en mi cabeza se apague un poco.
Me quedo helada ante su comentario. Es un cumplido, uno directo y sin adornos, de esos que no sé cómo procesar porque no vienen de un tipo borracho en un callejón, sino de él. Aparto la mirada, sintiendo que el corazón me da un vuelco estúpido.
—Eres un idiota —murmuro, aunque sin veneno.
Me obligo a tomar la taza de café. Está caliente y amargo, justo como lo necesito para intentar despertar mis sentidos. Chase no se mueve, se queda ahí, invadiendo mi espacio personal con esa calma que me desespera. Observo sus manos, grandes y con los nudillos ligeramente raspados por el entrenamiento, y luego vuelvo a mi propio cuerpo. La sudadera me llega a la mitad de los muslos. Me siento ridícula y, al mismo tiempo, extrañamente protegida.
—¿De verdad no vas a comer nada? —insiste, señalando las tostadas—. Mi madre dice que el café con el estómago vacío es veneno.
—Mi cuerpo ya está acostumbrado a cosas peores que la cafeína, Chase —le respondo, clavando mis ojos en los suyos.
Él suspira y se pasa una mano por la nuca. —Lo sé. Lo vi anoche. Faye, no te estoy juzgando, pero... ver cómo te hundías en esa piscina... —Se detiene, y noto que aprieta la mandíbula—. Me asusté. Y no soy alguien que se asuste fácilmente.
—¿Por qué? —dejo la taza en la bandeja y me inclino hacia él, desafiante—. ¿Por qué te importa si me hundo o no? Soy la hermana del tipo que te golpea en los entrenamientos y la chica que se droga en los baños. No encajamos en la misma oración, mucho menos en la misma habitación.
Chase se inclina también, acortando la distancia hasta que puedo oler la menta de su aliento. —Quizás porque eres la única persona en este lugar que no finge que todo es perfecto. Todos esos idiotas —dice refiriéndose a sus amigos— están actuando todo el tiempo. Tú no. Tú te muestras rota, y hay algo jodidamente valiente en eso.
Su confesión me deja sin aire. Nadie me había dicho algo así. Generalmente, la gente ve mis marcas y se aleja, o ve mi actitud y me etiqueta de "perdida". Pero él dice que soy valiente. Siento una presión en el pecho, una que no tiene nada que ver con la falta de oxígeno, sino con una emoción que he intentado enterrar bajo capas de sustancias químicas durante años.