Chase
El rugido de mi motocicleta es lo único que llena el aire frío de la mañana mientras Faye se aferra a mi cintura. Su ropa ya está seca, pero aún lleva puesta mi sudadera debajo de su chaqueta, como si necesitara esa capa extra de protección. Siento sus dedos apretando mi torso a través del cuero de mi chaqueta y, por un momento, desearía que el camino hacia su casa fuera eterno. No hablamos. No hace falta. El pacto de silencio que sellamos durante el desayuno en mi cocina sigue vigente.
Cuando doblo en su calle, ella me indica que me detenga una casa antes. Se baja de la moto con movimientos rápidos, casi urgentes, como si estuviera despertando de un sueño y recordara que el mundo real es un lugar hostil.
—Faye —la llamo antes de que se aleje.
Ella se gira. El viento le desordena el cabello y sus ojos vuelven a tener esa barrera de frialdad, pero hay algo en la comisura de sus labios que ha cambiado.
—Gracias, Chase. Por lo de la ropa. Y por... no ser un completo imbécil.
—Sabes dónde vivo —le digo con una media sonrisa—. Si alguna vez el agua vuelve a estar demasiado fría, ya sabes a quién buscar.
Ella no responde, solo asiente y camina hacia su casa. Me quedo ahí hasta que veo que entra y cierra la puerta. Solo entonces arranco de nuevo hacia la preparatoria. Mi mente está en cualquier parte menos en las clases de hoy.
Llego a la escuela con el tiempo justo. En el estacionamiento, el grupo ya está reunido alrededor del auto de Adam. Risas, empujones y ese aire de superioridad que solía hacerme sentir poderoso, pero que hoy me revuelve el estómago.
Adam me ve llegar y su rostro se ensombrece al instante. No me saluda con el choque de puños habitual. Se cruza de brazos y camina hacia mí antes de que termine de bajarme de la moto.
—¿Dónde diablos estuviste anoche, Chase? —pregunta. Los demás, Bruce, Marcus y Marlon, guardan silencio, observando la escena como buitres.
—Te lo dije, Adam. Me sentía mal, me fui a casa a dormir —miento con naturalidad, aunque mi pulso se acelera.
—No me jodas. Te vi llevándote a Faye. ¿Y sabes qué? Lindsey me dijo que ella durmió en su casa. Pero la muy zorrita no sabe mentir.
Siento la presión del grupo cerrándose a mi alrededor. La mirada de Adam está cargada de una furia personal, casi posesiva.
—Estaba drogada y empapada, Adam. Se cayó a la piscina porque tú la empujaste —le devuelvo el golpe verbal, manteniendo la voz firme—. Y estás reprochándome algo que no hice.
—Dime la verdad. —se inmuta frente a mi.
—Si su amiga te dijo que está con ella, es porque lo está.
—¡Es mi maldita familia, no la tuya! —grita él, dando un paso hacia mi espacio personal—. Es una drogadicta, una carga. Lo que pase con ella no es tu problema. No quiero que te acerques a ella, ¿me oyes? Me dejas en ridículo frente a todos ayudando a ese parásito.
Me quedo helado. El término "parásito" saliendo de su boca para referirse a su propia hermana me hace ver rojo. Pienso en Faye sentada en mi cama, en su vulnerabilidad, en la forma en que el mundo parece haberla dejado sola incluso teniendo un hermano a pocos metros.
—No entiendo por qué la tratas así —digo, y mi voz suena más profunda, más peligrosa—. Es tu hermana, Adam. Está sufriendo y lo único que haces es empujarla más al fondo. ¿Qué clase de hombre hace eso?
—La clase de hombre que sabe lo que es la lealtad —responde él con desprecio.
Miro a Bruce. Miro a Marcus. Todos asienten, apoyando la lógica retorcida de Adam. En ese momento, lo veo todo claro. No son mis amigos; son solo cómplices de una crueldad que ya no puedo tolerar. Si ser "uno de ellos" implica darle la espalda a alguien que se está ahogando, entonces no quiero el uniforme.
Me cuelgo la mochila al hombro y, sin mirar atrás, empiezo a caminar hacia la entrada de la escuela.
Al salir de la segunda clase, veo a Lindsey cerca de la cafetería. Está sola, mirando su teléfono con cara de pocos amigos. Me acerco a ella, esquivando a un par de compañeros de equipo que me giran la cara al pasar.
—Lindsey —la llamo.
Ella levanta la vista y se ajusta las gafas de sol, probablemente ocultando las ojeras de la fiesta. —Vaya, el héroe del año. Adam está que echa chispas, Chase. ¿Estás loco? Te van a hacer la vida imposible.
—No me importa Adam —respondo seco—. Dame el número de Faye.
Lindsey arquea una ceja, sorprendida. —Ella me mataría si sabe que te lo di. No es de las que reparte su contacto por ahí.
—Anoche casi se muere, Lindsey. Y hoy Adam me ha dejado claro que, por lo que a él respecta, ella no existe. Alguien tiene que estar pendiente.
Ella suspira, duda un segundo y finalmente teclea algo en su teléfono. Segundos después, mi celular vibra. —Ahí lo tienes. Pero si te manda al infierno, no digas que fue mi culpa.
Paso el resto del día con el teléfono en la mano. Escribo y borro el mensaje diez veces. ¿Qué se le dice a alguien que acaba de ver cómo le salvabas la vida mientras ella intentaba destruirse? Finalmente, cuando salgo de la última clase, me decido.
"Soy Chase. Solo quería saber si habías sobrevivido a la mañana sin que te metas en problemas."
La respuesta tarda casi veinte minutos en llegar. Me imagino a Faye mirando la pantalla con esa mezcla de sospecha y fastidio que tanto la caracteriza.
"¿Cómo conseguiste mi número? Estás loco por escribirme. Si Adam o alguno de sus clones ven esto en mi pantalla, o si se enteran de que hablas conmigo, te van a hundir más de lo que ya lo han hecho. No necesito una niñera, Chase."
Sonrío frente a la pantalla. Su hostilidad es su forma de decir que le importa, aunque no quiera admitirlo.
"Que lo haga, ya sabe que estuve contigo anoche."
Veo el "Escribiendo..." aparecer y desaparecer varias veces.
"Perdiste todo por una noche en la piscina. Eres un idiota."