Faye
Miro el mensaje de Chase en la pantalla y mi corazón da un vuelco que no sé si es por el pánico o por la anticipación. "Soy un idiota con una motocicleta", dice. Sí, definitivamente lo es. Pero es el único idiota que ha tenido las agallas de mirarme a los ojos sin juzgarme en los últimos cinco años.
Oigo los gritos de mi madre desde la cocina discutiendo con Blad por alguna estupidez del presupuesto. El ruido me taladra los nervios. Siento esa picazón familiar bajo la piel, el zumbido en los oídos que me dice que la realidad está pesando demasiado. Chase vendrá y no quiero que me vea así, temblando, siendo una sombra de mí misma.
Cierro la puerta de mi cuarto con seguro. Me acerco al armario y saco la pequeña caja metálica. Mis manos se mueven solas, con la precisión de un cirujano. Elijo una pastilla azul, una dosis pequeña, solo lo suficiente para que el mundo deje de gritarme. La trago en seco, sintiendo el sabor amargo bajar por mi garganta. Cierro los ojos y espero. Un minuto, dos... y ahí está. El calor cálido que se extiende desde mi pecho hasta mis dedos. La ansiedad se disuelve, el dolor de cabeza se convierte en un eco lejano. Ahora puedo respirar. Ahora puedo ser la Faye que él quiere ver.
Bajo las escaleras justo cuando escucho el rugido del motor fuera. Salgo sin decir nada, ignorando el llamado de mi madre. Chase está ahí, apoyado en su moto, con esa remera blanca que le queda condenadamente bien. No parece el chico popular de la escuela; parece alguien que acaba de soltar una carga pesada.
—Pensé que no vendrías —dice, entregándome el casco.
—Tenía que ver si de verdad eras tan idiota como para aparecerte en la puerta de mi casa —le respondo, subiéndome detrás de él y escucho su risa.
Maneja hasta un mirador alejado del centro, un lugar donde el bosque se abre para mostrar el río. El sol está empezando a caer, tiñendo el agua de un dorado profundo. Nos sentamos sobre una manta que él traía en la mochila. Por una vez, no hay alcohol, no hay música estridente, solo el sonido del viento en los árboles.
—¿Siempre vienes aquí? —le pregunto, rompiendo el silencio.
—Cuando necesito pensar sin que el entrenador o Adam me digan qué hacer —responde Chase, lanzando una pequeña piedra lejos—. A veces siento que mi vida es un guion que alguien más escribió. Despertar, entrenar, ser el tipo popular, dormir. Si me salgo una línea, todos entran en pánico.
Lo miro de reojo. Él tiene el perfil perfecto del chico que lo tiene todo, pero sus ojos dicen otra cosa.
—Al menos tu guion es bonito, Chase. El mío parece escrito por alguien que odia los finales felices.
—No creo en eso —dice él, girándose hacia mí—. Creo que tú misma te saboteas el final porque te da miedo que, si algo sale bien, el golpe al caer sea más fuerte.
Me quedo en silencio, picoteando una brizna de hierba de la manta. Su honestidad me desarma.
—No es por el miedo a la caída —murmuro—. Es por el ruido. Mi cabeza nunca se calla. Adam, mi madre, Blad... el silencio de mi padre cuando murió. Todo eso grita. Las pastillas son los únicos auriculares que funcionan.
Chase estira la mano y, por un segundo, parece que va a tocarme, pero la retrae. —¿Cómo era él? Tu padre.
—Era... tranquilo. No necesitaba gritar para que lo respetaras. Me enseñó a observar el bosque, me decía que las flores muertas tienen más historia que las que acaban de nacer. —Siento un nudo en la garganta y me obligo a tragar—. Cuando se fue, la casa se llenó de extraños. Adam y su padre entraron como si fueran dueños de todo, y mi madre... ella solo quería no estar sola, aunque eso significara olvidarse de que yo existía.
—Yo no podría olvidarme de que existes, Faye —su voz baja un octavo, volviéndose más íntima—. Ni aunque lo intentara.
—Lo dices ahora porque estamos aquí —me río sin ganas—. Pero mañana estarás en el vestuario con Adam, riendo de algún chiste estúpido, y yo seré otra vez la chica que se droga en los pasillos.
—Mañana voy a estar en el vestuario pensando en por qué no me dejas acercarme —me corrige él, acortando la distancia—. Adam me preguntó hoy qué hacía ayudándote. Le dije que era mi problema, no el suyo. No dejé el equipo porque no voy a darle el gusto de que me quite lo único que me apasiona, pero ya no somos los mismos. No después de lo que pasó en tu habitación.
—Él sospecha, ¿verdad?
—Sospecha que te tengo lástima. No tiene idea de que lo que siento es envidia.
—¿Envidia? ¿De qué? —pregunto, genuinamente confundida.
—De que tú eres capaz de mandarlo todo al carajo y ser tú misma. Yo sigo usando este uniforme porque no sé quién soy sin él.
Nos quedamos mirando, el sol ya se ha escondido y el aire empieza a refrescar. Chase se acerca más, y esta vez no hay dudas. Puedo sentir el calor de su aliento y el aroma a menta y jabón que ahora asocio con la seguridad.
—Faye...
Sus dedos rozan mi mejilla, subiendo con una delicadeza que me hace temblar. El mundo se reduce a este espacio entre nosotros. Él se inclina, buscando mi boca. Cierro los ojos, deseando que ese beso borre el sabor amargo de mi vida. Pero justo cuando sus labios rozan los míos, una oleada de náusea y vértigo me golpea. La pastilla azul, que antes me daba calma, ahora me traiciona con un mareo violento al mezclarse con la adrenalina.
Me aparto bruscamente, llevándome una mano a la boca, luchando por no perder el equilibrio sobre la manta.
—Faye, ¿estás bien? —la voz de Chase está cargada de alarma. Intenta sostenerme por los hombros, pero retrocedo.
—Lo siento... —logro decir, con la voz quebrada y la vista nublada—. Yo... necesito aire. Necesito... —me quedo sin palabras, sintiendo la humillación quemarme por dentro.
El momento se rompe. El beso que casi fue se disuelve en el aire frío de la tarde, dejando un vacío incómodo. Me siento miserable. Chase se queda ahí, con la mano extendida, viéndome luchar contra los efectos de lo que él tanto detesta.