intensity

11- Chase

Chase

Entro al vestuario y el olor a sudor, desodorante barato y testosterona me golpea como un puñetazo. Es un ambiente que siempre me hizo sentir en casa, pero hoy se siente como una jaula. El silencio cae de golpe en cuanto cruzo la puerta. Los muchachos están sentados en los bancos de madera, vendándose los tobillos o ajustándose las hombreras, pero nadie levanta la vista.

Me acerco a mi casillero y empiezo a cambiarme. Siento los ojos de Marcus clavados en mi nuca. Marcus, el tipo que siempre se ríe de todo pero que tiene ojos de lince para los detalles que no le incumben.

—Vaya, vaya... el hijo pródigo regresa —suelta Adam desde el fondo. Está de pie, con el torso desnudo y los músculos tensos, terminando de ponerse el protector bucal. Se acerca a mí con una lentitud amenazante—. Pensé que estarías ocupado haciendo de trabajador social para los marginados.

—Vine a entrenar, Adam. ¿O acaso ya no sabes distinguir el campo de juego de tu patio trasero? —le devuelvo, cerrando la puerta de mi casillero con un golpe seco.

Adam se ríe, pero es una risa sin gracia, de esas que preceden a una pelea. Se detiene a escasos centímetros de mí.

—Sabes una cosa... No deberías volver a pisar este lugar hasta que digas la verdad.

Suspiro pesado y lo miro —Me llevé el auto porque estaba demasiado borracho para manejar mi moto y Elliot me hizo el favor. Dormí en un motel de la carretera para no aguantar tus sermones —miento, sosteniéndole la mirada. Es una mentira arriesgada, pero es la única que mantiene a Faye fuera de la ecuación.

—¿Un motel? —Marcus interviene, ladeando la cabeza con una sonrisa retorcida—. Qué raro. Yo juraría que vi a alguien con tu chaqueta de cuero subirse a un Jeep negro con una chica que tenía el pelo muy parecido al de tu hermanastra, Adam. Pero claro, estaba muy oscuro, ¿verdad?

El corazón me da un vuelco, pero no permito que mis músculos se tensen. —Estabas tan drogado que probablemente viste a tu propia sombra, Marcus. Deja de inventar historias para lamerle las botas a Adam.

—¡Basta! —grita el entrenador Williams entrando al vestuario—. ¡Al campo, ahora! ¡Si tienen energía para ladrar, tienen energía para correr diez kilómetros!

El entrenamiento es una carnicería. Adam me busca en cada jugada, tacleándome con una saña que va más allá de lo deportivo. En una de esas, me derriba y me presiona el antebrazo contra la garganta mientras estamos en el barro, lejos del alcance del entrenador.

—Si me entero de que me estás viendo la cara, Chase... si me entero de que tocaste a ese parásito, te juro que desearás no haber nacido —me susurra al oído antes de soltarme.

Me levanto escupiendo barro y sangre. El resto del entrenamiento lo paso en automático, pero mi mente vuelve una y otra vez al mirador. A Faye. A la forma en que se estremeció cuando intenté besarla. Me pregunto qué estará haciendo, si habrá tomado otra de esas pastillas azules para soportar el día, o si estará pensando en mí tanto como yo en ella.

Al terminar, me ducho rápido para evitar más interrogatorios. Cuando salgo al estacionamiento, veo a Elliot apoyado en mi moto. El tipo tiene una habilidad especial para aparecer donde no lo llaman.

Adam me hizo un par de preguntas hoy. Le dije que te presté el auto porque querías irte con una rubia de la otra escuela. De nada.

—¿Por qué me ayudas, Elliot? —le pregunto, guardando las llaves.

—No te ayudo a ti. Ayudo a la niña. Ella ya tiene suficientes problemas como para que su hermano le muela las costillas por tu culpa. Pero ten cuidado, Chase. Estás jugando a ser el protector de alguien que no quiere ser protegida. Y tipos como Marcus no olvidan lo que creen haber visto.

Asiento y arranco la moto. Necesito verla. Necesito saber que está bien. Manejo por los alrededores del instituto y la veo salir por la puerta lateral. Camina con los hombros caídos, la mochila pesada y esa mirada de estar en otro planeta. Me detengo a un par de calles de distancia, en un callejón donde nadie nos pueda ver. Le envío un mensaje rápido.

"Cisne negro, camina dos cuadras al norte. Te espero en el callejón del viejo cine".

A los cinco minutos, aparece. Se ve exhausta, pero sus ojos se iluminan un poco al verme. Se desliza en el callejón y yo la atraigo hacia mí, escondiéndonos detrás de un contenedor grande.

—Estás loco. Adam está buscándote —dice ella, pero no se aparta cuando rodeo su cintura con mis brazos.

—Adam puede irse al infierno. Solo quería saber cómo estás.

La pego más a mi pecho, dejando que apoye su cabeza en mi hombro. Por un momento, el callejón sucio se siente como un refugio sagrado.

—Escúchame —le digo, levantando su mentón—. Marcus sospecha. Dice que nos vio. Adam está vigilándome como un halcón. Tenemos que ser invisibles a partir de ahora. Nada de hablarnos en los pasillos, nada de miradas. Si te cruzo, voy a tratarte como si fueras invisible. ¿Puedes con eso?

Faye sonríe con amargura. —He sido invisible toda mi vida, Chase. Eso se me da de maravilla. El problema vas a ser tú. No sabes fingir que no te importo.

—Voy a aprender —prometo, y esta vez, mi voz suena más grave de lo que pretendía.

La tengo atrapada entre mi cuerpo y la pared fría del callejón. Mis manos están apoyadas a ambos lados de su cabeza, y la distancia entre nosotros es tan corta que puedo sentir el calor que emana de su piel. El deseo de besarla es casi insoportable, es una fuerza física que me empuja hacia ella, pero me detengo a escasos milímetros de sus labios.

No aquí. No así, con el olor a basura cerca y el miedo a que Adam doble la esquina en cualquier momento. Faye se merece algo que no tenga que esconderse entre las sombras de un callejón.

Sus ojos se clavan en los míos, oscuros y brillantes, y veo cómo su respiración se entrecorta. Baja la mirada a mi boca y luego vuelve a mis ojos, en una invitación silenciosa que me hace apretar los puños para no ceder. Le acaricio la mejilla con el pulgar, rozando apenas la comisura de sus labios, y ella deja escapar un suspiro tembloroso que me desarma por completo.



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En el texto hay: romance, autolesiones, drgoa

Editado: 16.03.2026

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