Chase
Manejo de vuelta a mi casa con los nudillos blancos de tanto apretar el manubrio. Siento a Faye detrás de mí, agarrada a mi cintura como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmorona, pero su cuerpo está rígido, tenso. Sé que está asustada, y esa certeza me quema por dentro más que la rabia contra Adam.
En cuanto llegamos, ella baja en silencio y la sigo por detrás hasta entrar a la casa. Se queda de pie cerca de la puerta, todavía con la chaqueta puesta, mirándome con una mezcla de reproche y desesperación. Se ve tan fuera de lugar en la pulcritud de mi casa que me dan ganas de romper algo.
—No hacía falta que vinieras, Chase —dice, y su voz sale quebrada, cargada de una fatiga que me parte el alma—. Te envié ese mensaje para desahogarme, no para que jugaras al caballero andante.
—¿Qué no hacía falta? —estallo, tirando las llaves sobre la mesa—. ¿Qué se supone que deba hacer? ¿Sentarme a cenar y fingir que mi mejor amigo no es un abusador?
—¡Es que no lo entiendes! —grita ella, dando un paso hacia delante—. Si te quedas en mi vida, si sigues haciendo estas cosas, él nos va a matar. Adam no sabe perder, y no va a permitir que tú, su hermano —dice haciendo comillas invisibles con sus dedos—, te quedes con la única cosa que él disfruta pisotear. ¡Tienes que dejarme ir!
—Pues no lo voy a hacer —le devuelvo el grito, acortando la distancia entre nosotros hasta que puedo ver el brillo de las lágrimas contenidas en sus ojos—. No puedo. Lo he intentado, Faye. He intentado convencerme de que solo eres la hermana de Adam, de que solo te ayudo por lástima, pero es mentira. Me importas. Me importas tanto que me duele.
—Pues deja de quererme —susurra ella, y una lágrima rebelde resbala por su mejilla—. Por tu propio bien. Aléjate de mí.
Me río, una risa amarga y desesperada, mientras la tomo de los hombros de nuevo, obligándola a sostener mi mirada.
—¿Crees que es así de fácil? ¿Crees que puedes decirme que me aleje cuando me miras como si yo fuera el único aire puro que has respirado en años? —Ella intenta apartar la cara, pero no la dejo—. No me digas que me vaya cuando sé que sientes lo mismo. Lo supe en el mirador, lo supe cuando te pusiste mi sudadera y lo sé ahora por cómo tiemblas bajo mis manos.
—Chase, por favor... —jadea, pero ya no es una protesta, es una súplica.
—No me pidas que mienta, Faye. Tenemos que estar juntos porque ya no hay forma de volver atrás. Porque prefiero que Adam me rompa la cara a pasar un minuto más fingiendo que no me muero por tocarte.
No le doy tiempo a responder. No le doy tiempo a que su cabeza invente otra excusa para autodestruirse. Me inclino y capturo sus labios con una urgencia que me desborda.
Al principio, ella se tensa, pero solo dura un segundo. De repente, sus manos suben a mi cuello, enredándose en mi cabello con una desesperación que me deja sin aliento. Es un beso que sabe a todo lo que hemos estado guardando, sabe a miedo, a prohibición. Faye exhala un gemido contra mi boca y se pega a mí, fundiendo su cuerpo con el mío como si tuviera miedo de que, si me suelta, la oscuridad se la tragará de nuevo.
La beso con rabia, con ternura, con la promesa silenciosa de que nadie volverá a ponerle una mano encima mientras yo respire. El mundo exterior -Adam, el rugby, las pastillas, las mentiras- deja de existir. Solo queda el sabor de sus labios y la forma en que su corazón late desbocado contra mi pecho, al mismo ritmo que el mío.
Cuando finalmente nos separamos por falta de aire, ella apoya su frente contra mi mentón, temblando visiblemente. Sus dedos siguen aferrados a mi camiseta, como si tuviera miedo de caerse.
—Nos van a destruir, Chase —murmura contra mi piel, pero esta vez su voz no tiene esa frialdad de antes.
—Que lo intenten —respondo, besando la coronilla de su cabeza.