Faye
Mis oídos pitan. El sonido de mi propio corazón es tan fuerte que me asusta, pero nada me asusta tanto como la mirada de Chase. Está encendido, desbordando una rabia protectora que nunca nadie ha dirigido hacia mí. Escucho sus palabras -que me quiere, que le importa una mierda Adam- y mi primer instinto es huir. Soy una experta en huidas.
Pero Chase no es como los demás. No se asusta de mi oscuridad, se adentra en ella. Cuando me toma de los hombros, sus manos se sienten como el único lugar seguro en un mundo lleno de espinas.
—No me pidas que mienta, Faye. Tenemos que estar juntos porque ya no hay forma de volver atrás. Porque prefiero que Adam me rompa la cara a pasar un minuto más fingiendo que no me muero por tocarte.
Chase se inclina y me besa. Mi primer pensamiento es que el mundo se está acabando. El segundo es que no quiero que se acabe nunca. Sus labios son urgentes, cálidos, y saben a una promesa que no sé si puedo cumplir. Me tenso por inercia, esperando el rechazo, esperando que la náusea de las pastillas vuelva, pero no hay nada de eso. Solo hay una chispa eléctrica que recorre mi columna y me obliga a enredar mis manos en su cuello, tirando de él como si fuera mi balsa en medio de un naufragio.
Nos separamos apenas unos centímetros, jadeando. El aire entre nosotros está cargado de una tensión que casi se puede tocar.
—Nos van a destruir, Chase —murmuro contra su piel, aferrándome a su camiseta.
—Que lo intenten —responde él, y vuelve a besarme, pero esta vez no es una pregunta. Es una afirmación.
Intento recuperar la cordura por última vez. Lo empujo débilmente, tratando de poner espacio entre nosotros.—No podemos... Chase, esto es una locura. Mañana despertaremos y todo será un desastre. Adam, tu vida, mi... mi mierda. No puedo darte lo que esperas.
Él me atrapa las manos, besando mis palmas antes de volver a mis ojos. —No espero nada que no quieras darme, Faye. Solo te quiero a ti. Así como eres. Con las grietas y con el ruido.
Me besa de nuevo, y esta vez el beso baja por mi cuello, despertando sensaciones que nunca me permití sentir. Su cercanía es más embriagadora que cualquier sustancia que haya ingerido jamás. Por primera vez, no necesito una pastilla para que el ruido se detenga, el ruido se apaga con el roce de sus manos sobre mi cintura, bajando la cremallera de mi chaqueta con una lentitud que me quita el aliento.
Nos movemos hacia su habitación en una danza de torpeza y deseo. Todo es nuevo, todo es real. Cuando su piel entra en contacto con la mía, no hay asco, no hay lástima. Solo hay un calor abrasador que me hace sentir, por primera vez en años, que mi cuerpo no es una cárcel, sino un templo que él está descubriendo con una reverencia que me hace querer llorar.
En la penumbra de su cuarto, bajo las sábanas que huelen a él, el tiempo se detiene por completo. Ya no soy la hermanastra de Adam, ni la chica de las pastillas, ni el parásito de nadie. Soy Faye. Y bajo el peso de su cuerpo y la ternura de sus caricias, me entrego a él de una forma que nada tiene que ver con lo físico.
Despertar al lado de Chase es la experiencia más pacífica y, a la vez, más aterradora que he tenido. El sol de la mañana se cuela por las rendijas de las persianas, dibujando líneas doradas sobre su espalda desnuda. Por un momento, me permito mirarlo. Se ve tan tranquilo, tan ajeno a la tormenta que nos espera afuera. Estiro la mano y rozo con las yemas de los dedos el tatuaje de su hombro. Él se mueve, murmura algo entre sueños y me rodea la cintura con el brazo, pegándome a él.
—Buenos días —susurra contra mi cuello, con la voz ronca por el sueño.
—Buenos días —respondo, aunque mi mente ya está calculando los riesgos—. Tenemos que irnos, Chase.
La burbuja se rompe. El ambiente cálido de la habitación se vuelve frío cuando me levanto para cambiarme. Él insiste en llevarme, pero acordamos que me dejará a tres calles de la escuela. No podemos arriesgarnos, no hoy.
El camino en la moto es un borrón. Al bajarme, Chase me toma de la nuca y me besa con una intensidad que me deja sin aliento.—Te veo en los pasillos.
Asiento, pero en cuanto su moto desaparece, el peso del mundo vuelve a caer sobre mis hombros. La ansiedad me muerde las entrañas. La falta de sueño y la descarga de adrenalina de la noche anterior me han dejado los nervios en carne viva.
Entro a la escuela como una autómata. Camino hacia mi casillero, evitando las miradas de los grupos que ya empiezan a llenar el pasillo. Al abrir la puerta de metal, algo cae al suelo. Un sobre pequeño, transparente, con un polvo blanco-amarillento en su interior. La notita que lleva encima dice que luego le pago, y aunque no lleve remitente sé quien la dejó.
También se lo que es, el PCP es una de las pocas cosas a las que todavía le tengo respeto porque sé que te saca del cuerpo y no siempre te devuelve al mismo sitio.
Miro el sobre. Pienso en la mirada de Chase esta mañana. Pienso en su promesa de protegerme. Pero el ruido en mi cabeza... el ruido es ensordecedor hoy. Es un grito constante que me dice que lo que pasó anoche fue un error, que Chase se aburrirá de mí pronto.
Por pura inercia, cierro el casillero, escondo el sobre en mi manga y me dirijo al baño del segundo piso, el que siempre está vacío a esta hora. Mis manos tiemblan mientras preparo la dosis. No lo pienso. No me permito sentir culpa. Solo inhalo.
El efecto no es lento como el de las pastillas. Es un hachazo.
Espero unos minutos y camino hacia el salón de clases notando el suelo empieza a sentirse como si estuviera hecho de malvavisco. Las paredes se curvan. Cuando llego, me siento en mi asiento junto a Lindsey, que está hablando de algo sobre la fiesta del viernes, pero su voz suena como si viniera desde el fondo de una piscina.
—¿Faye? ¿Me estás escuchando? —Lindsey me toca el brazo y mi piel se siente como si perteneciera a otra persona. Siento una anestesia total, un desapego de la realidad que me hace querer reír y llorar al mismo tiempo.