Chase
El pasillo de la escuela parece un campo de minas. Camino con Adam a mi derecha y Marcus a mi izquierda, actuando como si el mundo fuera nuestro. Me duele la mandíbula de tanto fingir una sonrisa que no siento. Solo han pasado un par de horas desde que desperté con Faye entre mis brazos, y ya siento que estoy viviendo una doble vida que me va a terminar asfixiando.
—Este fin de semana vamos a ir al club del centro —dice Bruce, dándome un golpe en el hombro—. Nada de fiestas de fraternidad aburridas. He oído que vienen las chicas de la academia de danza.
—Ya era hora —secunda Marcus, soltando una carcajada obscena—. Necesito algo que no sea una porrista local. Esas bailarinas están en otro nivel, ¿verdad, Adam?
Adam asiente, con esa mirada depredadora que siempre me ha molestado, pero que hoy me resulta repugnante. —Si son la mitad de buenas de lo que dicen, no vamos a volver a casa solos. Chase, tú vas primero. Elige a la que quieras, como en los viejos tiempos.
—Claro —respondo, y mi propia voz me suena falsa, como un eco—. Suena bien. Ya me hace falta un cambio de aires.
Me odio mientras lo digo. Cada palabra es una traición a la calidez que sentí anoche. Pero tengo que mantener la cobertura. Si empiezo a actuar como el chico enamorado y puritano, Adam unirá los puntos en un segundo.
Faye viene caminando en dirección contraria junto a Lindsey. Al principio, trato de ignorarla, de cumplir el pacto de ser invisibles, pero hay algo que me detiene en seco. Su forma de caminar no es la de siempre. No es su paso rápido y defensivo, es un vaivén errático, como si el suelo estuviera hecho de agua.
Cuando nos cruzamos, ella levanta la vista. Sus ojos, sus ojos no están ahí. Sus pupilas están tan dilatadas que casi no se ve el color, y tiene la mirada perdida, fija en un punto que no existe. Me pasa por al lado y no me reconoce. No hay ese destello de complicidad, ni siquiera el odio habitual hacia Adam. Nada. Es una cáscara vacía flotando en medio del pasillo.
—Me olvidé de que tengo que entregar un trabajo en la biblioteca antes de que cierre la primera hora —suelto de repente, cortando la risa de Bruce sobre las bailarinas—. Adelántense a la cafetería. Los alcanzo allá.
—No seas aburrido, Chase, eso puede esperar —dice Adam, pero yo ya me estoy dando la vuelta.
—El profesor Miller no espera, y mi promedio tampoco —miento, empezando a caminar rápido en dirección opuesta.
Siento la mirada de Marcus quemándome la espalda, pero no me detengo. En cuanto doblo la esquina y me aseguro de que no me ven, mis pasos se convierten en una carrera. No voy a la biblioteca. Voy a la parte trasera del gimnasio, al lugar donde las sombras son más largas y donde Elliot suele instalar su oficina improvisada entre clases.
Lo encuentro allí, apoyado contra una pared de ladrillos, contando unos billetes con una calma que me saca de quicio.
—Vaya, el capitán suplente —dice Elliot sin levantar la vista—. ¿Buscas algo para aguantar el entrenamiento o vienes a pedir prestado el Jeep otra vez?
No le doy tiempo a reaccionar. Lo agarro por la solapa de su chaqueta y lo estampo contra la pared. El golpe suena seco y varios billetes caen al suelo, pero no me importa.
—¿Qué demonios le diste a Faye? —le rujo, pegando mi rostro al suyo.
Elliot parpadea, sorprendido por mi violencia, pero no se amedrenta. Tiene esa mirada cínica de quien ha visto demasiadas peleas.
—No sé de qué hablas, Chase. Suéltame.
—¡No me mientas! —le grito, apretando más el agarre—. Acabo de cruzarme con ella en el pasillo. No sabe ni quién es. Está drogada Elliot.
—Te equivocas —responde él, y esta vez su voz es fría y cortante—. Yo no le di nada.
—¡Mentira! —le doy un sacudón—. La vi anoche. Estaba limpia, estaba bien.
—Escúchame bien, sangre azul —Elliot me pone una mano en el pecho para intentar apartarme—. Tengo mis reglas. Yo le doy pastillas, cosas que la mantengan flotando, pero si dices que la viste así, habrá jugado con otra cosa.
—Entonces, ¿Quién fue? —le exijo, aunque mi agarre flaquea un poco ante la seguridad de su tono.
—No lo sé. Pero si alguien le dejó eso en el casillero, no fue para ayudarla a divertirse.
Lo suelto bruscamente. Elliot se sacude la chaqueta y recoge sus billetes del suelo, lanzándome una mirada de advertencia antes de marcharse.
Me quedo solo en el callejón, con los pulmones ardiendo. Si no fue Elliot, ¿Quién?
El impulso de correr a buscarla es una presión física en mi pecho, pero el mundo real -el mundo que todavía me exige ser Chase, el capitán- vuelve a reclamarme. El silbato del entrenamiento de mediodía suena a lo lejos, un recordatorio de que si falto ahora, Adam tendrá la confirmación definitiva que necesita para colgarme el cartel de traidor.
Regreso al campo y el entrenador Williams está fuera de sí, los regionales empiezan en una semana y eso solo significa que cada pase, cada tacleada, es analizada como si fuera una cuestión de vida o muerte.
—¡Chase! ¡Si vuelves a dudar en esa ofensiva, te sientas en el banco hasta el año que viene! —grita el entrenador, su rostro rojo de furia—. ¡Adam, muéstrale cómo se hace!
Adam me dedica una mirada de suficiencia mientras me pasa por al lado. Se mueve con una energía renovada, casi eléctrica. Durante las dos horas de práctica, no me deja respirar. En cada choque, parece estar probando mi resistencia, midiendo cuánto aguanto antes de romperme.
Al terminar, en el vestuario, el ambiente es de euforia agresiva.
—Ese partido contra los Warriors es nuestro —dice Bruce, secándose el sudor con una toalla—. Con Chase y Adam coordinados así, no tienen oportunidad.
—Por eso mismo hay que celebrar hoy —interviene Marcus, sentándose a mi lado y pasándome un brazo por los hombros de forma pesada—. El club del centro nos espera. Ya reservé la mesa VIP. Nada de excusas de trabajos para la biblioteca, Chase. Hoy salimos todos.