intensity

17- Chase

Chase

Despierto con el peso de Faye sobre mi pecho y el corazón martilleando contra mis costillas. La luz grisácea del amanecer se filtra por las cortinas, y por un segundo, olvido dónde estoy. Luego escucho el ronquido amortiguado de Adam a través de la pared y la realidad me golpea como un tacleada a ciegas.

Estoy en la cama de la hermanastra de mi mejor amigo. Estoy en territorio enemigo.

Faye se mueve entre mis brazos, soltando un pequeño gemido. Sus ojos se abren y, durante un instante, veo el pánico en ellos, hasta que recuerda quién soy. Se aferra a mi mano, apretándola con una fuerza desesperada.

—Tienes que irte —susurra, con la voz ronca—. Si mi madre entra, o si Adam...

—Tranquila —le digo, besando su frente—. Me iré por la ventana antes de que alguien baje a la cocina.

Me levanto con cuidado, sintiendo el frío de la mañana en mi piel. Me calzo las botas y me asomo por la ventana. La calle está en calma. Bajo por el tejado del porche con la agilidad que me ha dado el rugby, y en menos de un minuto estoy en la acera. Camino un par de calles hasta donde dejé la moto y regreso a mi casa, el tiempo justo para ducharme, cambiarme y borrar el rastro de la noche anterior.

Sin embargo, el destino tiene otros planes para hoy ya que recibo un mensaje de Adam.

"Ven a casa. Urgente. Mis viejos se fueron al campo por el fin de semana. Tenemos la casa para nosotros solo".

Mi estómago se retuerce. Conozco ese tono. No es una invitación para jugar videojuegos. Cuando llego a la casa Adam está en la cocina, bebiendo zumo directamente del envase. Marcus y Bruce están en el salón, con los pies sobre la mesa, riendo de algo que ven en sus teléfonos.

—Al fin llegas, Chase —dice Adam, dejando el envase sobre la encimera. Sus ojos están inyectados en sangre, no solo por el alcohol de anoche, sino por algo más oscuro—. Estábamos hablando de la sorpresa que encontramos hoy.

—¿De qué hablas? —pregunto, manteniendo la voz lo más plana posible.

Adam camina hacia la sala y yo lo sigo. Faye está ahí, sentada en un rincón del sofá grande, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo. Se ve pequeña, frágil, pero sus ojos me lanzan una advertencia silenciosa que me hiela la sangre.

—Ayer alguien entró en esta casa —dice Adam, paseándose frente a nosotros como un depredador—. Mi madre dice que escuchó ruidos, pero pensó que era yo. Pero hoy, cuando fui a buscar mi chaqueta al pasillo, encontré esto cerca de la habitación de Faye.

Adam saca algo del bolsillo de su sudadera y lo lanza sobre la mesa de centro. Es una pulsera de silicona blanca con el logo del club de anoche. La pulsera que yo llevaba puesta cuando me colé en su cuarto.

Siento que el mundo se detiene. Marcus levanta la vista del teléfono, con una sonrisa de tiburón.

—Qué raro, ¿no? —interviene Marcus—. Solo nosotros cuatro teníamos esas pulseras. Y Bruce y yo estuvimos en el club hasta las cinco. Adam dice que él llegó antes. Eso solo te deja a ti, Chase.

—¿Qué estabas haciendo en el pasillo de mi hermana, Chase? —la voz de Adam es un susurro peligroso. Se acerca a mí, invadiendo mi espacio personal—. ¿O es que Faye ahora también te vende droga a ti?

—Adam, déjalo —dice Faye, levantándose del sofá. Su voz tiembla, pero hay una chispa de valentía en ella—. Él no hizo nada.

—¡Tú te callas! —le ruge Adam, dándose la vuelta con tal violencia que ella retrocede—. ¡Llevo semanas viendo cómo te mira! ¡Llevo semanas viendo cómo este idiota te defiende! ¿Crees que soy estúpido? ¿Crees que no me doy cuenta de que mi mejor amigo se está acostando contigo?

El silencio que sigue a sus palabras es absoluto. El secreto ha estallado en mil pedazos sobre la alfombra. Ya no hay máscaras, no hay club, no hay nada.

—Sí, Adam —digo, dando un paso adelante, poniéndome entre él y Faye—. Estuve aquí anoche. Y no para drogarme, sino para asegurarme de que no se muriera por la basura que le dieron.

Adam suelta una risotada histérica y se vuelve hacia Marcus. —¿Lo escucharon? El caballero andante admite el crimen.

—No es un crimen querer a alguien, Adam —le digo, y mi voz suena más firme de lo que me siento.

—No claro. Es una traición —responde él, y en un segundo, su puño impacta contra mi mandíbula.

El golpe me manda hacia atrás, derribando una lámpara. Siento el sabor metálico de la sangre en mi boca. Faye grita, pero Bruce la agarra del brazo para que no se acerque.

—¡Eres un traidor, Chase! —Adam se lanza sobre mí, cegado por una rabia que ha estado acumulando durante años—. ¡Lo tenías todo! ¡El equipo, el respeto, mi amistad! ¡Y lo tiraste todo a la basura por ella!

Me levanto, limpiándome la sangre con el dorso de la mano. No devuelvo el golpe, no todavía. Miro a Faye, que forcejea con Bruce, y luego a Adam.

—Ella vale más que todos nosotros juntos, Adam. Y si tienes que golpearme para entender que ya no te tengo miedo, adelante. Pero no la vuelvas a tocar. Ni a ella, ni a su vida.

Estamos solos. Los padres no volverán en dos días. Los "hermanos" de equipo son ahora mis carceleros. Y mientras Adam se prepara para el siguiente golpe, me doy cuenta de que el final ha llegado, y que no todos vamos a salir enteros de esta casa.

El segundo golpe de Adam me da de lleno en el pómulo, pero ni siquiera siento el dolor físico. El zumbido en mis oídos es de pura adrenalina. Me levanto del suelo, con la respiración entrecortada y la sangre goteando sobre mi camisa.

—¡Es un parásito, Chase! ¡Solo sirve para arruinar todo lo que toca! —grita Adam, fuera de sí, mientras Marcus y Bruce observan con una frialdad que me revuelve el estómago—. ¡La protegí, le di un techo y ella me lo pagó siendo una carga!

—¿Protegerla? —le escupo—. ¡La humillas cada vez que puedes! ¡Le pusiste esa mierda en el casillero para que colapsara en la escuela!

Adam suelta una risa seca, una carcajada que suena a puro veneno. —Le di lo que se merece. Un pequeño empujón para que se termine de hundir. Pero tú... tú eres el que más me asquea. Meterte en su cama después de que yo... después de que yo la puse en su lugar.



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En el texto hay: romance, autolesiones, drgoa

Editado: 16.03.2026

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