Faye
Me aferro a la cintura de Chase tan fuerte que mis nudillos duelen, enterrando mi rostro en la espalda de su chaqueta. El motor de la moto ruge debajo de nosotros, alejándonos de esa casa que dejó de ser un hogar hace dos años para convertirse en una tumba.
Cuando Chase frena frente a su casa, mis piernas fallan. El entumecimiento del PCP ha desaparecido por completo, dejando paso a una vulnerabilidad tan cruda que me hace sentir desnuda bajo la luz de las farolas.
Entramos en su sala y el sonido del cerrojo al girar es el primer alivio real que siento en mi vida. Tres vueltas. Estamos a salvo. Pero el silencio que sigue es pesado, asfixiante. Me quedo de pie en medio de la habitación, abrazándome a mí misma, con la mirada fija en una mancha de la alfombra. Todavía puedo sentir el eco de la voz de Adam, la forma en que escupió la verdad como si fuera un trofeo.
Chase no dice nada. Se queda de pie frente a mí, con la respiración pesada y los hombros caídos. Tiene sangre en los nudillos y un corte en el labio, pero es su mirada lo que me rompe. Me mira como si fuera algo precioso que acaba de ver romperse en mil pedazos por su culpa.
De repente, sus rodillas ceden.
Se desploma frente a mí, cayendo al suelo con un peso sordo. Apoya su frente contra mis muslos y sus hombros empiezan a sacudirse violentamente. Escucho un sollozo ahogado, un sonido desgarrador que nunca pensé que saldría de alguien como él.
—Perdóname... —su voz es un hilo quebrado, apenas un susurro entre sollozos—. Perdóname, Faye. Dios mío, perdóname.
—Chase, levántate... —intento decir, pero mi propia voz me traiciona.
—Fui un ciego —continúa él, apretando los puños contra el suelo—. Compartí cada día con él. Me reí de sus chistes, le cubrí la espalda en el campo... mientras él te hacía eso.
Me dejo caer al suelo con él. Mis rodillas golpean la madera y lo obligo a levantar la cabeza. Sus ojos azules están inundados de lágrimas, rojos por la rabia y la culpa. El "chico perfecto" ha desaparecido, en su lugar hay un hombre destrozado por el dolor de una verdad que no puede borrar.
Le tomo el rostro entre mis manos. Mis dedos tiemblan, pero por primera vez en años, no es por la droga. Es por la conexión humana, real y dolorosa, que nos une.
—Mírame, Chase —le pido, obligándolo a sostener mi mirada—. Tú no lo hiciste. Él fue el monstruo, no tú.
—Pero él te rompió, Faye —solloza él, cerrando los ojos con fuerza—. Y yo estaba allí, bebiendo cervezas con él.
—Él intentó romperme —le corrijo, y una extraña fuerza nace en mi pecho—. Pero aquí estoy. Estoy viva. Y estoy contigo. No tienes que pedirme perdón por su maldad. Solo... solo prométeme que no me vas a soltar ahora que todo el mundo sabe que estoy rota.
Chase abre los ojos y me mira con una devoción que me asusta. Me rodea la cintura con los brazos y me pega a su pecho, escondiendo su cara en el hueco de mi cuello. Me aprieta contra él como si temiera que, de soltarme, me desvanecería en el aire. Siento su respiración cálida y húmeda contra mi cuello, y poco a poco, sus sollozos se calman, transformándose en una intensidad diferente. El aire en la sala cambia, la pesadez de la culpa se convierte en un deseo eléctrico y urgente de borrar el rastro de todo lo que nos hizo daño.
Él se separa apenas unos centímetros para mirarme. Sus ojos azules todavía tienen el brillo de las lágrimas, pero ahora hay un fuego contenido en ellos. Me toma de los muslos y, con una facilidad que me deja sin aliento, me levanta del suelo. Me instintivamente rodeo su cintura con mis piernas mientras él me lleva hacia el sofá, sentándose y manteniéndome encima suyo.
Mis piernas se abren a los lados de su cadera, y la cercanía es tan íntima que puedo sentir cada latido de su corazón contra el mío. Chase me sostiene por la cintura, sus dedos hundiéndose en mi piel con una mezcla de firmeza y adoración.
—Te prometo —susurra, su voz ahora grave y cargada de una determinación feroz— que nunca, mientras respire, te voy a soltar.
Me inclino hacia él, buscando sus labios. Este beso no es como el primero; no hay dudas, no hay miedo a que Adam nos vea. Es un beso que sabe a libertad, sus manos suben por mi espalda, por debajo de la fina tela, y el contacto de su piel fría contra la mía me hace soltar un suspiro tembloroso.
Chase me mira con una reverencia que me hace sentir poderosa. Me despoja de la ropa con una lentitud casi agónica, como si estuviera descubriendo un tesoro prohibido. Cuando sus manos recorren mis caderas y me atrae más hacia él, obligándome a sentir la urgencia de su propio deseo, me doy cuenta de que esto es lo que necesitaba. Necesitaba que alguien me tocara no para usarme, sino para adorarme.
Nos movemos juntos en un ritmo que solo nosotros conocemos. Sus manos enmarcan mi rostro, obligándome a no cerrar los ojos, a estar presente, a ver que es él quien está conmigo. Cada roce, cada caricia, es una forma de reclamar mi cuerpo, de limpiar las cicatrices invisibles que Adam dejó. Chase me trata como si fuera de cristal, pero me desea con la fuerza de un incendio.
—Mírame, Faye. —Me pide en un susurro entrecortado.
Me entrego a él por completo, dejando que cada sensación borre un recuerdo amargo. Por primera vez, el sexo no es una moneda de cambio ni un acto de poder; es una entrega absoluta. Es mi forma de decirle que, a pesar de todo lo que intentaron quitarme, sigo siendo mía... y ahora, también suya.
Cuando el clímax nos alcanza, me aferro a sus hombros, hundiendo mi rostro en su cuello y gritando su nombre en silencio. Chase me abraza con una fuerza que me hace sentir que nada en el mundo podrá volver a romperme. Nos quedamos así, entrelazados, mientras nuestras respiraciones se acompasan.
Él me besa la sien, manteniéndome sentada sobre él, sin querer romper el contacto.
—Te amo, Faye —murmura contra mi piel.