intensity

19- Chase

Chase

Caminar por los pasillos de la escuela hoy se siente como caminar hacia un pelotón de fusilamiento. Pero no bajo la cabeza. Llevo la mano de Faye entrelazada con la mía, con los dedos apretados con una firmeza que dice que aquí estamos, y no nos vamos a esconder.

El silencio nos sigue como una sombra. Las miradas de los chicos del equipo son una mezcla de juicio y desconcierto. He pasado de ser el capitán de oro a ser el traidor que sale con la "parásita". Pero cuando miro a Faye, que camina con la espalda recta y la mirada limpia por primera vez en años, me importa una mierda el rugby, el promedio y la opinión de este pueblo de hipócritas.

Vemos a Adam cerca de la cafetería. El impacto de mis puños ayer ha dejado huellas imposibles de ocultar, tiene la nariz vendada, un ojo completamente cerrado por un hematoma púrpura y el labio partido. Cuando nos ve, no grita. No hace una escena. Simplemente se queda quieto, mirándonos con una fijeza que me eriza la piel. No es rabia común, es algo roto, algo que ha terminado de desprenderse en su cabeza.

La tarde cae sobre el estacionamiento cuando nos disponemos a irnos. El aire está cargado, pesado, como si la tormenta que empezó ayer se negara a disiparse. Estamos llegando a mi moto cuando una sombra se desprende de entre los coches.

Es Adam. Y no viene solo con su odio.

—¿Creen que esto termina así? —Su voz suena distorsionada por la nariz rota, pero es su mano la que me hace congelarme. Sostiene una pistola de nueve milímetros, y el cañón apunta directamente a mi pecho—. ¿Creen que pueden caminar bajo el sol después de lo que me hiciste, Chase? Después de quitármela...

—Baja eso, Adam —digo, poniéndome delante de Faye—. Esto es entre tú y yo. Deja que ella se vaya.

—¡Ella no se va a ningún lado! —ruge él, y su mano tiembla violentamente. El seguro del arma está quitado. Está fuera de sí, sudando, con la mirada perdida en un delirio que solo él entiende—. Ella es mía. Siempre lo fue. ¿Crees que te quiere? Te está usando para hacerme daño porque sabe que es lo único que me importa. Faye... mírame.

Él no la mira con odio. Esa es la parte más aterradora. La mira con una devoción enferma, con la obsesión de un hombre que ha confundido el abuso con el amor durante toda su vida. Está convencido de que su hermanastra es su propiedad, su obsesión personal.

Siento a Faye moverse detrás de mí. Antes de que pueda detenerla, ella da un paso hacia adelante, saliendo de mi protección.

—Faye, no... —susurro.

—Está bien, Chase —dice ella. Su voz es increíblemente dulce, pero sus ojos están fijos en Adam.

Ella empieza a caminar hacia él. Adam retrocede un paso, sorprendido, pero mantiene el arma en alto.

—Tienes razón, Adam —dice Faye, con una calma que me deja sin aliento. Se acerca lentamente, con las manos abiertas—. Tienes razón. Él nunca me entenderá como tú. Nadie sabe lo que pasamos en esa casa, ¿verdad? Nadie sabe la conexión que tenemos.

—Exacto... —balbucea Adam, y veo cómo su dedo se relaja un poco en el gatillo. La ilusión lo está cegando—. Sabía que lo entenderías. Yo te cuido, Faye. Te puse esa droga para que no sufrieras, para que volvieras a mí...

—Lo sé. Y estoy cansada de pelear —ella está a solo un metro de él. Le dedica una sonrisa que parece real, una sonrisa que le promete el mundo—. Vámonos, Adam. Deja eso. Vámonos de aquí tú y yo, lejos de Chase, lejos de todos. Solo dame eso para que podamos irnos.

Adam está llorando ahora. La locura y la ilusión de tenerla finalmente de su lado lo desarman por completo. Baja el arma, entregándosela con una mano temblorosa, como si fuera una ofrenda de paz.

En cuanto los dedos de Faye cierran sobre el metal frío del arma, ella retrocede tres pasos de un salto, apuntándole a los pies. En ese mismo instante, las sirenas que yo había estado escuchando a lo lejos estallan a nuestro alrededor.

Cuatro patrullas bloquean las salidas. Los policías salen con sus armas reglamentarias, gritando órdenes.

—¡Al suelo! ¡Ahora! —gritan los oficiales.

Adam se queda paralizado. Mira a Faye, luego a la pistola en sus manos, y luego a la policía. La realización de que ha sido engañado, de que ella nunca volvería con él, le arranca un grito de agonía pura. No intenta huir. Se desploma de rodillas, sollozando el nombre de su hermanastra mientras los oficiales lo tiran al suelo y le ponen las esposas.

Faye deja caer el arma al asfalto como si quemara. Yo corro hacia ella y la envuelvo en mis brazos mientras se llevan a Adam, que sigue gritando promesas de amor y amenazas de muerte entremezcladas en un delirio total.



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En el texto hay: romance, autolesiones, drgoa

Editado: 16.03.2026

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