Dejo mis manos alrededor de la taza caliente con café y observo cómo el vapor sube en espirales perezosas hasta rozar mi rostro. El calor se siente bien contra mi piel. Reconfortante. Real.
Miro alrededor de la cafetería. Es la misma de siempre, la que visito cada mañana desde hace meses. Las mismas mesas de madera desgastadas, el mismo murmullo de conversaciones ajenas, la misma luz filtrada por ventanas que necesitan una limpieza. Todo predecible. Todo bajo control.
Sin darme cuenta, ya estoy caminando hacia la salida.
No recuerdo haber decidido levantarme. No recuerdo haber dejado la taza sobre la mesa. Pero mis piernas se mueven solas, llevándome hacia la puerta de vidrio que da a la calle.
Afuera, el sol de la mañana es demasiado brillante.
Entrecierro los ojos y miro hacia un costado. Una familia camina por la acera: madre, padre, dos niños pequeños. Ríen de algo que no puedo escuchar. Laa niña más pequeña salta sobre las grietas del pavimento, ese juego de la niñez. Todo es normal. Todo es cotidiano.
Entonces el mundo comienza a verse más lento.
Los sonidos se vuelven densos, como si estuviera bajo el agua. El aire se espesa y soy capaz de ver cada partícula de polvo que hay en el aire.
Y veo la sombra.
No es una sombra normal, no es la ausencia de luz proyectada por el cuerpo sólido. Es algo más. Algo que se mueve con intención propia, que se desliza por el pavimento como aceite negro, que se levanta, que toma forma.
Que extiende algo parecido a brazos.
La sombra los atraviesa, se hunde en ellos por un segundo, medio segundo, y liego se retira. Pero es suficiente. La sombra empuja a la familia con eso haciendo que se tambalean hacia adelante, hacia la calle, justo cuando un auto se desvía bruscamente de su carril.
Quiero gritar. Quiero correr.
Pero mi cuerpo no responde.
El impacto es silencioso en mi cabeza, aunque sé que debería ser ensordecedor. Veo cómo los cuerpos son lanzados, cómo giran en el aire de forma que los cuerpos humanos no deberían, girar, cómo caen sobre el asfalto con golpes sordos.
Y entonces el tiempo vuelve a la normalidad de golpe.
Los gritos explotan a mi alrededor. Alguien corre hacia la escena. Otro ya tiene el teléfono en la mano, marcando emergencias. La calle se llena de voces, de pánico, de se tipo de caos que solo las tragedias generan.
Y de sangre.
Hay tanta sangre.
Me obligo a moverme. Mis piernas tiemblan, pero obedecen. Camino hacia ellos, hacia lo cuerpos retorcidos en el asfalto. El conductor del auto está saliendo de su vehículo, gritando algo sobre los frenos, sobre que no pudo detenerlos.
Pero yo vi lo que realmente pasó.
Cuando llego donde esta la familia, veo las sombras otra vez.
No son proyecciones. Son presencias.
Se arrastran sobre los cuerpos como si los estuvieran examinando, probando. Una de ellas pasa una extremidad sobre el rostro del padre. Otra rodea a la niña pequeña, esa que hace un momento saltaba sobre las grietas. Una tercera se desliza alrededor de la madre, siguiendo el contorno de su cuerpo inmóvil.
Y entonces me miran.
Las sombran se mueven. Demasiado rápido.
Me rodean como una manada que ha encontrado nueva presa. Siento como el aire a mi alrededor se enfría de golpe, como mi respiración se vuelve visible en pequeñas nubes de vapor, aunque estemos en pleno día. Las personas alrededor parecer no notarlas, solo yo. Nadie grita. Nadue corre. Solo yo las veo.
Intento retroceder, pero algo me aferra los tobillos. Bajo la mirada y veo manos. Docenas de manos emergiendo del pavimento como si fuera agua, dedos largos y oscuros que se enrollan alrededor de mis piernas, que trepan por mis pantorrillas, que jalan hacia abajo.
—No, no—susurro, intentando liberarme.
Pero por cada mano que aparto, dos más toman su lugar. Siento cómo empiezan a desgarrar mi ropa, no con violencia sino con curiosidad, como si quisieran ver qué hay debajo. Uñas que raspan mi pie. No duele exactamente, pero se siente mal. S e siente antinatural.
Empiezo a gritar cuando me jalan con más fuerza.
El pavimento bajo a mis pies ya no es sólido. Se ha vuelto blando y oscuro, como un pozo de brea que me absorbe centímetro a centímetro. Mis rodillas se hunden. Luegos los muslos. El frío es absoluto, un frío que no pertenece al mundo de los vivos.
Entonces lo veo.
Desde la oscuridad debajo de mí, emergen dos mas diferente. Mas grandes. Más definidas. Se alzan hacia mi rostro y lo tomo con una delicadeza casi amorosa. Los dedos son largos, articulados de forma extraña, y tan negros que parecen absorber la luz.
Me acerca más a la oscuridad.
Quiero soltarme. Quiero luchar. Pero mi cuerpo está congelado, cada músculo tenso e inútil. Solo puedo mirar cómo esa negrura absoluta se acerca a mi rostro y siento su aliento rozar mi piel.
Y entonces habla.
La voz no viene de ningún lugar específico. Está en todas partes y en ninguna. Resuena dentro de mi cabeza, vibra en mis huesos, se enrosca alrededor de mi columna vertebral como una serpiente fría.
—Lenore.
Se me eriza cada centímetro de piel al escuchar mi nombre en esa voz. No es humana. No puede serlo. Es demasiado grave, demasiado múltiple, como si mil voces hablaran al uníson con medio segundo de desfase entre cada una.
—Eres como nosotros.
—No—logro articular, aunque mi garganta está tan cerrada que apenas sale un susurro—No soy...
—Ya eres nuestra.
Las manos en mi rostro aprietan levemente, casi con ternura, y empiezan a jalarme hacia abajo con más fuerza. La oscuridad me cubre la barbilla, la boca, la nariz. No puedo respirar. No puedo gritar.
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Editado: 06.02.2026