Interludio

Capítulo 2 - Repetición

Tres semanas después del primer sueño, ya perdí la cuenta de cuántas veces me he despertado así: sudando, temblando, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escapar.

Al principio pensé que se detendría. Que había sido una anomalía. Pero los sueños regresaron. Y regresaron. Y regresaron.

Dos veces por semana. Luego tres. Ahora casi cada noche.

Y cada vez son más reales.

No son siempre iguales. A veces veo accidentes automovilísticos donde las sombras empujan a los conductores hacia el tráfico, sus formas enroscándose alrededor del volante, guiando manos que creen estar en control. Otras veces, discusiones que escalan a violencia mientras esas formas oscuras susurran directamente en los oídos de las personas, palabras que no puedo entender pero que hacen que la rabia brille en sus ojos. Peleas en callejones donde las sombras se arremolinan como cuervos alrededor de los cuerpos caídos, alimentándose de algo invisible que se escapa de ellos en hilos plateados.

Cada sueño es diferente, pero todos comparten el mismo patrón: las sombras siempre están ahí. Moviéndose con intención. Hambrientas.

Y cada vez que despierto, siento como si algo de ellas se hubiera adherido a mi piel. Un residuo frío que no se va con la ducha ni con la luz del día.

Me froto los ojos y miro la pantalla de mi computadora. He estado trabajando en el mismo proyecto durante tres horas y apenas he avanzado. Las líneas en mi tableta gráfica se ven temblorosas, imprecisas.

Y hay algo más.

Sigo dibujando sombras donde no deberían estar.

En los bordes de un logo corporativo que se supone debe ser brillante y profesional. En el fondo de una ilustración infantil de un parque soleado. En cada proyecto, sin importar cuán alegre o simple se supone que sea, las sombras se cuelan. Formas oscuras que parecen moverse cuando no las estoy mirando directamente.

Esta mañana, un cliente me devolvió un diseño preguntando por qué había incluido "esas figuras perturbadoras en el fondo."

Yo no recordaba haberlas dibujado.

Borro todo y empiezo otra vez, pero mis manos tiemblan tanto que apenas puedo sostener el lápiz.

Mi teléfono vibra. Un mensaje de mi amiga Carla: "¿Almuerzo mañana? No te he visto en semanas."

Miro el mensaje durante un largo rato antes de responder: "Está bien, tú dime lugar y hora."

Dejo el teléfono y me dirijo al baño. Necesito ducharme, despejarme, intentar sentirme humana otra vez.

Cuando me miro al espejo, lo primero que veo son mis ojeras. Se han vuelto tan oscuras que parecen moretones. Por un segundo, solo un segundo veo una sombra de pie detrás de mí en el reflejo.

Me giro.

No hay nada.

Cuando salgo de la ducha envuelta en la toalla, me doy cuenta de que he perdido peso. La ropa me cuelga. El café es lo único que puedo tolerar porque cada vez que intento comer sólido, recuerdo los sueños: la sangre, los gritos, las sombras alimentándose. Y se me revuelve el estómago.

Pero lo peor no son las ojeras ni el cansancio.

Lo peor es que estoy empezando a verlas también cuando estoy despierta.

Sombras que se deslizan por las esquinas de mi departamento cuando anochece. Formas que se desvanecen cuando giro la cabeza pero que dejan un rastro de frío en el aire. A veces, cuando estoy muy cansada, las escucho. Susurros que no forman palabras pero que vibran en mis huesos, que se sienten como si algo estuviera tratando de comunicarse desde un lugar muy lejano. O muy cercano.

Salgo del baño, saco unos pantalones sueltos y una polera grande y cómoda, y me pongo mis pantuflas. Mientras seco mi pelo con la toalla, mi celular vibra otra vez.

Otro mensaje de Carla: "¡Wena! Mañana por la mañana te mando la dirección, es cerca de tu depa así que como a las 16:00. Nos vemos mañana, Len."

Dejo el celular al lado de mi computadora y miro lo que estaba trabajando antes. Estaba corrigiendo la portada de un proyecto y, nuevamente, había dibujado esas sombras en los bordes. Suspiro, intentando relajarme.

Entonces siento algo rozar mi hombro.

Me giro tan rápido que la silla casi se cae.

No hay nada detrás de mí. Solo las sombras normales de mi habitación iluminada por la pantalla.

Me levanto para prender la luz del techo. Cuando lo hago, siento algo viscoso bajo mi pie. Miro hacia abajo lentamente.

Una mancha negra se extiende por el piso. No es estática. Se mueve. Más bien se arrastra hacia el borde de mi habitación, absorbiendo la luz a su paso, creciendo, alcanzando mis muebles, mi cama, mi escritorio.

Estoy por gritar cuando...

Desaparece.

En un parpadeo. Como si nunca hubiera estado ahí.

Mi habitación vuelve a la normalidad.

Miro a todos lados. No veo rastro de la sombra. Reviso mi pie. No hay nada viscoso.

Me estoy volviendo loca.

El estrés. La falta de sueño. El aislamiento. Todo se está acumulando y mi cerebro está creando cosas que no existen. Paso una mano por mi rostro mientras cierro la computadora.

—Debería descansar mejor —susurro mientras miro la hora en el reloj.

Ordeno todas mis cosas. Cuando voy por un vaso de agua, escucho el timbre.

Me acerco dudosa y miro por el ojo de la puerta. Es mi vecino.

Le abro y él me sonríe con esa sonrisa amable de siempre. Lleva una bata de colores llamativos que, extrañamente, le queda bien. Pulseras en ambas muñecas. Un anillo en el pulgar. Un tatuaje con líneas extrañas y ojos en el dorso de ambas manos.

—Lenore —dice, y su voz ronca me pone la piel de gallina—. Perdón que te moleste a esta hora, pero de casualidad, ¿tienes café que puedas darme?

¿Café?

—¿Café? —pregunto, y él asiente.

Le hago una seña para que pase.

Abro el estante y saco el frasco de café instantáneo. Recién entonces noto que ya trae su propia taza en la mano. Como si supiera que diría que sí.




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