Nharveth nunca duerme del todo.
Hay una hora —exactamente entre las tres y las cuatro de la madrugada— en que la ciudad finge aquietarse. Las autopistas se vacían hasta quedar en una sola línea de luces anaranjadas que parpadean lentas como respiraciones. Los bares cierran. Los últimos taxis recogen a los últimos rezagados. Los rascacielos del distrito comercial apagan sus pisos superiores uno a uno, como párpados que ceden. Pero el Hospital Wlyzhar no apaga nada. El Wlyzhar tiene sus propias leyes de tiempo, sus propias estaciones internas que nada tienen que ver con la luna ni con el calendario. Sus corredores están siempre iluminados. Sus monitores siempre suenan. En algún piso, siempre hay alguien corriendo.
Y en esa hora en que Nharveth finge dormir, también ocurre otra cosa: el plano que separa lo visible de lo invisible se vuelve más delgado. Como tela mojada. Como vidrio empañado al que alguien, del otro lado, acerca la mano.
Hay palabras para lo que ocurre en ese plano. Ninguna es completamente exacta. «Más allá» sugiere distancia, y no hay distancia: está aquí, superpuesto, paralelo, respirando sobre el mismo aire que los vivos respiran sin saberlo. «Purgatorio» arrastra connotaciones de castigo, y no hay castigo: hay espera, comprensión, memoria. «El otro lado» es quizás lo más honesto de todo, aunque lo más vago. En esta historia se le llama como lo llaman quienes lo han cruzado y regresado: el Intermundo.
El Intermundo no es un lugar a donde se llega. Es un lugar donde uno se encuentra cuando el cuerpo ya no sostiene el peso de la conciencia, pero la conciencia todavía tiene cosas que entender. Los espíritus que lo habitan —quienes están en coma, quienes murieron sin terminar de comprender que murieron, quienes ya saben pero no están listos para avanzar— se mueven por él con distintos grados de claridad. Algunos lo recorren desorientados durante días. Algunos lo atraviesan en minutos, en paz, como quien suspira después de un esfuerzo largo. Algunos se quedan más tiempo del necesario porque hay algo que no pudieron decir, o alguien a quien no pudieron abrazar por última vez.
No están solos. Los Lumyrae los acompañan: seres de luz sin alas y sin nombre de ángel, cada uno portador de una emoción humana tan antigua como el primer ser que sintió. No juzgan. No presionan. Solo están ahí —Nythera con su compasión, Ilys con su esperanza, Saevor con su memoria, Luneth con su arte de las despedidas, Kaelor con su valentía silenciosa— hasta que el alma decide qué sigue.
Y sobre todo eso, sobre el Wlyzhar y Nharveth y el Intermundo y cada decisión que cualquier persona viva o no-del-todo-viva toma en cualquier momento del día o de la noche, existe Vaeloris. Una entidad eterna. Andrógina. De ojos plateados sin pupilas que miran con la tranquilidad exacta de quien sabe que el tiempo, en su escala, no tiene urgencia. Vaeloris no es poderosa en el sentido en que lo son los dioses de las historias de poder. Vaeloris no impide la muerte, no revierte el dolor, no reescribe el destino de nadie. Solo ofrece elecciones. Solo hace preguntas. Solo está presente en los momentos en que alguien, al borde de algo irreversible, necesita —sin saberlo— que alguien lo mire y le diga: esto que estás sintiendo importa.
También está el niño.
Siempre está el niño.
Diez años en apariencia. Ojos que han visto más siglos de los que cualquier ciudad puede contar. Siempre dibujando estrellas —en el suelo de los hospitales, en el pasto de los parques, en papel doblado que deja en lugares donde alguien lo encontrará cuando lo necesite. Nadie sabe su nombre completo. Nymaris, lo llaman. Nunca envejece. Nunca explica. Sonríe cuando alguien está cerca de entender algo que todavía no puede nombrar.
Esto ocurre en Nharveth. Ocurre ahora. Ocurre en los corredores del Wlyzhar y en sus quirófanos, pero también en la autopista norte durante una tormenta, en el barrio Maerath a medianoche, en el piso catorce de un edificio en llamas, en el bar Sombra Azul un martes a las once de la mañana, en el mirador del edificio Soleth con la ciudad brillando abajo. Ocurre en los hogares de personas que acaban de perder a alguien y no saben todavía cómo seguir comiendo, durmiendo, eligiendo. Ocurre en la mente de quienes trabajan junto a la muerte todos los días y aun así se ríen en el pasillo y discuten por una serie de televisión y olvidan llamar a sus madres.
El Dr. Vaelor Kryss llega en bicicleta al hospital, como todos los días, y le dice algo sardónico al desfibrilador de urgencias antes de que suene la primera alarma. El Dr. Zyren Aelth está adentro, con su cuaderno abierto y un café que se enfrió hace media hora. Ninguno de los dos sabe todavía lo que ya llevan dentro.
Pero el Intermundo lo sabe.
Y Nymaris ya está dibujando.