Intermundo

LO QUE EL SILENCIO RECUERDA

El Hospital Wlyzhar nunca tenía un amanecer tranquilo. Pero ese martes de octubre, a las 5:47 de la mañana, la calma que existía —frágil, provisional, sostenida apenas por el turno de noche que contaba sus últimas horas— se rompió de golpe cuando la central de emergencias recibió la llamada desde la autopista norte.

Cuatro heridos críticos. Un camión articulado que había perdido el control en el carril central. Tres vehículos involucrados. La autopista norte de Nharveth, a esa hora, era una cinta de luz naranja y silencio; en minutos se convirtió en el caos que los paramédicos describían por radio con voz demasiado controlada para que fuera buena señal.

El Dr. Zyren Aelth ya estaba en urgencias cuando llegó la alerta. Llevaba despierto desde las cuatro —no por su turno, sino porque rara vez dormía bien cuando algo en su interior le decía que el día iba a pesar— y tenía un café frío sobre el mostrador y su cuaderno abierto en una página llena de anotaciones que nadie más podría descifrar. Cuando sonó el primer código, cerró el cuaderno sin terminar el párrafo.

—Cuatro críticos, autopista norte —anunció Lyrae Noxen desde el otro extremo del pasillo, con esa voz de mando que no necesitaba levantarse para atravesar el ruido—. Necesito tres equipos en boxes, dos en sala de trauma, anestesiología en camino.

—¿Dónde está Kryss? —preguntó Zyren, tomando su bata de la silla.

—Donde siempre está cuando hay problemas —respondió Lyrae sin mirarlo—. Causándolos o resolviéndolos. A veces las dos cosas a la vez.

Como si lo hubiera convocado, el Dr. Vaelor Kryss empujó las puertas de urgencias con el hombro —tenía las manos ya enguantadas, lo que significaba que llevaba más tiempo despierto del que reconocería— y entró con esa energía particular suya que no era exactamente caos pero que tampoco era orden: era algo intermedio, funcional y ligeramente aterrador para quien no lo conocía bien.

—Autopista norte, cuatro críticos, yo tomo el de trauma craneal —dijo sin preámbulo, dirigiéndose al box de trauma como si ya supiera exactamente qué iba a encontrar—. Zyren, tú tomas el torácico. Kaelis me acaba de mandar audio: el primero que llega viene con TBI severo y fractura de fémur bilateral. Bonito martes.

—Buenos días a ti también —murmuró Zyren.

—El día no tiene nada de bueno todavía. Pregúntame al mediodía.

Zyren no respondió. Conocía ese estado de Vaelor —la concentración disfrazada de humor negro, el sarcasmo como mecanismo de enfoque— y sabía que lo mejor que podía hacer era seguir el ritmo sin intentar moderarlo. Llevaban suficientes años trabajando juntos como para haber construido un lenguaje propio, hecho de medias frases y miradas y el conocimiento exacto de cuándo el otro necesitaba espacio y cuándo necesitaba que lo contradijeras.

El primero en llegar fue un hombre de cuarenta y dos años, Toven Mral, con traumatismo craneoencefálico severo y múltiples fracturas. La camilla entró disparada, Kaelis Vhorr empujando desde atrás con esa combinación de urgencia real y calma fabricada que solo los buenos paramédicos dominan.

—Cuarenta y dos, varón, inconsciente desde el lugar del accidente, Glasgow de seis —informó Kaelis mientras transfría al paciente—. Lo encontramos debajo del salpicadero. El volante no fue amable con él.

—Nadie es amable a las cinco de la mañana —dijo Vaelor, inclinándose sobre el paciente con la linterna en los ojos—. Pupilas asimétricas. Sangrado subdural probable. Vamos a necesitar TAC en cuanto esté estabilizado, pero primero necesito que este caballero decida cooperar.

Giró hacia el monitor que estaba tardando en encender y lo golpeó levemente con los nudillos.

—Vamos, hoy necesito que cooperes —le dijo al aparato, completamente serio—. No es el momento para caprichos.

El monitor encendió. Kaelis lo miró desde el otro lado de la camilla.

—¿Le hablas a los monitores? —preguntó.

—Solo cuando me importan —contestó Vaelor—. Silencio, por favor, estoy trabajando.

En el box contiguo, Zyren recibía al segundo paciente: una mujer de treinta y un años con neumotórax a tensión y fractura de clavícula. La situación era grave pero manejable si se actuaba rápido. Zyren actuó rápido. Tenía esa capacidad —que Vaelor siempre describía como «escandalosamente injusta»— de volverse absolutamente quieto por dentro en el momento en que el exterior se volvía más ruidoso. Sus manos no temblaban. Su voz se volvía más suave, no más alta. Era el tipo de médico que los pacientes conscientes describen después como «parecía que tenía todo bajo control» sin saber que ese control era una decisión tomada de nuevo, en silencio, en cada segundo.

—Voy a poner un tubo pleural —le explicó a la paciente, que estaba semiconsciente y aterrada—. Va a doler un momento, pero después va a poder respirar. Estoy aquí. No se va a ningún lado.

La mujer lo miró con unos ojos que no entendían del todo pero que se aferraron a su voz como a algo sólido. Zyren no apartó la mirada mientras trabajaba.

Fue durante la segunda cirugía —Vaelor ya en el quirófano con Toven Mral abierto sobre la mesa, trabajando en el hematoma subdural con la concentración total que solo él mismo podría describir como «silencio activo»— cuando ocurrió por primera vez.

No fue un desmayo. No fue un mareo. Fue algo más extraño y más breve: tres segundos, quizás cuatro, en que el quirófano desapareció.

No hubo oscuridad. Hubo luz —demasiada luz, blanca y sin origen preciso, sin sombras, sin bordes— y hubo silencio absoluto. No el silencio de una sala sin ruido, sino el silencio de un lugar donde el sonido simplemente no existe como concepto. Y en ese silencio, durante esos tres o cuatro segundos, Vaelor tuvo la sensación exacta de haber estado ahí antes. No en un sueño. En algún lugar real que su cuerpo reconocía aunque su mente no tuviera nombre para ello.

Luego volvió. El bisturí seguía en su mano. El paciente seguía sobre la mesa. El monitor seguía sonando —bip… bip… bip…— con la regularidad mecánica que era, en ese momento, lo más reconfortante que Vaelor había escuchado en su vida.




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