La rosa de los vientos es junto a la eficaz y milenaria brújula, la forma en que uno se orienta. No hay caminos asignados pero sí elementos que ayudan a encontrarlos.
Y así queda demostrado que, no hay rumbos marcados, ni preestablecidos en la tierra.
Si, hay caminos hacia dónde ir o a quién acudir.
La rosa, nos guía hacia quien acudir, hacia ese corazón herido, a la espera de ser sanado.
Ella fija su rumbo.
El viento acompaña con un acorde emotivo. Y frente a nosotros aparece la razón, el motivo.
El dolor, escondido y abrumado, percibe su derrota.
Se pone en fuga.
Huye despavorido ante la intensidad de la luz sanadora.
Un corazón afligido comienza a recuperarse, a cobrar vida nuevamente.
Se anima a sentir. Se anima a latir con ímpetu y fervor.
La rosa.
El acorde.
La fuga.
La luz.
Y volver.
Volver a sentir.
Volver a latir.
Esto ya no es solo poesía: es un ciclo de sanación narrado.
No explica.
No ordena.
Acompaña.
Y eso es exactamente lo que hace falta cuando el alma, busca rumbo.