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SANAR
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El aire ahora es más frío. El sonido empieza a aparecer. Las olas. Estoy cerca. Un paso más. Y el terreno se termina. El médano está cortado. Un verano quebrado. Una caída abrupta, unos dos metros, con una pendiente de casi 38 grados. No puedo rodear. No puedo volver. Respiro. Me siento. Me dejo ir. La arena me arrastra. La velocidad aumenta. Abro brazos. Abro piernas. Freno. Llego al fondo. Ahora no veo. Me guío por el viento en la cara. Por el ruido del mar. Por el cuerpo. Camino entre dos médanos.
Un pasaje angosto. Unos veinte metros. Y aparece. La espuma dibuja una línea blanca en la oscuridad. Ahí está el límite. De un lado, la arena suelta, áspera, inestable. Del otro, el agua firme en su movimiento. Lo endeble y lo verdadero. Lo seco y lo vivo. Me saco la ropa. Sin apuro. Sin pensar. Entro. El agua está tibia. Me lanzo. El mar recibe el cuerpo que venía cargado de arena, de esfuerzo, de tensión. La sal limpia. El movimiento afloja. El peso se suelta. Floto. La mirada se pierde en las estrellas. El ruido desaparece. El cuerpo se entrega. Y ahí lo entiendo. No era una caminata. No era llegar al mar.
Era atravesar la oscuridad. Era el golpe. La incertidumbre. El miedo a no saber por dónde. Era la caída. Porque el alivio solo aparece cuando no hay otra opción que seguir. Floto. Y en el silencio, sin palabras, algo adentro se acomoda. No vine a nadar. Vine a volver a empezar.