PARTE III. MORAL
Cuando el oficial se acercó, nos preguntó si habíamos visto algo. Sí, vimos todo. Y lo relatamos tal como había acontecido. Tocaron timbre en la casa del viejo. Salió doña Raquel, sorprendida al ver la imagen de la ley. —¿Qué necesitan? —Buenas noches, señora. Disculpe la molestia, pero tenemos la denuncia de que desde esta terraza se efectuaron disparos contra un grupo de jóvenes, hiriendo a dos de ellos. ¿Sabe algo al respecto? —No sabría decirle. Estaba en la cocina y no escuché nada. —Hubo disparos provenientes de su terraza y tenemos testigos del hecho. —Le voy a pedir que colabore. De lo contrario, podría quedar detenida por encubrimiento. —Pero en el techo está mi marido y él no tiene armas. La contradicción era evidente. —Su actitud de ocultar la verdad configura un delito con pena de prisión. Quiero que vea la situación. —Espero que lo llamo y hable usted con él. —Ángel… —Ángel… —¿Me escuchás? No respondía. Cada vez más sordo. —Bueno, voy a buscarlo.
Minutos después apareció el viejo Ángel. Los oficiales lo subieron al patrullero y fue trasladado al destacamento. Testigos presenciales lo habían visto disparar hacia los jóvenes en un intento de amedrentarlos, sin medir consecuencias. Hubo dos heridos de bala, leves, producto de la ira descontrolada.