Con un ataque de risa, a Karen se le olvidó a lo que había ido.
—No manches.
—¿Te estás burlando de mí?
—¡Atrás, perro! —le advirtió señalándolo con el índice al suponer, por su movimiento, que la atacaría de nuevo.
—¡¿Cómo qué perro?! —bramó indignado.
—Tienes razón, los perros son lindos, tú no.
—No te voy a hacer nada.
—Más te vale. Soy escritora, mato gente todo el tiempo y lo único que me separa de hacer realidad mis fantasias, son las leyes. Pero si me veo amenazada, las puedo olvidar fácilmente.
—Entiendo que estés enojada conmigo.
—No, ya no me importas. No había pensado en tí hasta ahora.
Él rió.
—Sí, cómo no. Yo soy el «Davino», ¿no? Aún me ves, todavía me buscas para verme... —se acercó.
—Solo una vez y te la rayé cada vez que aparecías en la pantalla ¿No te zumbaron los oídos? —replicó sin verlo y se apartó.
—Te creo, pero estoy seguro de que no me has olvidado. Todavía me quieres, puedo sentirlo.
—Nel, mijo —respondió y le dió la espalda, lo que Miguel aprovechó para abrazarla por detrás.
—Ahora dímelo mirándome a los ojos.
—No tengo ojos en la nuca.
Le dió la vuelta para tenerla de frente y muy cerca.
—Mírame a los ojos y di que ya no me quieres...
Altanera y con la barbilla alzada hizo lo que le dijo.
—No, ya no te quiero.
Miguel la soltó con poca delicadeza.
—¡¿Y a quien quieres ahora? ¡¿Al rey de Escocia, ridícula?!
—¡No metas al rey de Escocia en esto! —soltó con innecesario dramatismo y luego rió— Él me salvó. No lo sabe, pero me salvó.
—¿Y qué le ves? Flaco mugroso y sin chiste.
—Me gustan flacos, no todos inflados, todos boludos a la fuerza. Eso es para los gays.
—Ya vas...
—No, no voy nada. Nunca me han gustado los vatos inflados y entre Thor y Loki, prefiero a Loki. Tom Hiddleston en este caso.
—Pues yo entre tú y yá sabes quién, prefiero a ya sabes quién.
—Me importa tres hectáreas de agropecuaria riata. ¡Por mí, trágatela!
Miguel sonrió triunfante, pero no dejó que lo viera y caminó hacia el lado opuesto de dónde estaba.
—El rey de Escocia no sabe quién eres y si lo sabe, ni le va a importar.
—Ya sé y no me importa.
—¿No te importa? ¿Segura? ¿O solo lo dices para parecer desinteresada? Seguramente ya le mandaste unas mil cartas y te ignoró.
—Creo que tenemos problemas más importantes que resolver en este momento.
—No va a pasar nada.
—Qué raro, antier estabas histérico, gritando que te ibas a morir.
—Las cosas cambian. Cambian siempre. Ahora eres tú la histérica.
—Nos vamos a quedar sin comida, wey. Creí que había traído mucha pero me equivoqué.
—Te la pasas comiendo todo el día. Eso debió durar como tres meses.
—Estás menso. Además, mi cerebro necesita alimento.
—No va a pasar nada, cálmate. No puede nevar para siempre. Haremos un túnel o algo.
Dijo conciliador, intentando tranquilizarla.
—Es verdad, en algún punto tiene que dejar de nevar. Espero que sea antes de la cena.
—Mejor vete a escribir.
Karen asiente sin hablar. Por un instante sus miradas se cruzan, pero ambos se apartan rápido.
Apenas si había cambiado. Tal vez un poco más de arrugas, pero se veía casi igual a como lo recordaba la primera vez que lo vio.
Un nudo en la garganta se le formó y se fue al cuarto antes de que él lo notara.
¿Cómo se puede amar así a un desconocido? No es posible, no es normal ni cuerdo. Pero no lo podía evitar.
A esas alturas ya no sabía si era el trauma del eterno rechazo, apego o si de verdad, contra toda razón y lógica, amaba a ese tipo que no conocía de nada, además de verlo una y otra vez en la pantalla.
Se paró frente a la ventana.
Le hizo gracia que le afectara tanto lo de «Davina», pero nunca le dijo nada sobre «Edward Green».
Le dedicó toda una saga, lo mejor que había escrito en su opinión. Sí, «Davina Gascón» estaba inspirada en él, inspirada en el dolor que le causó; pero Edward en el amor mas grande e increíble que había sentido jamás por nadie y nunca lo tomó en cuenta ni le interesó.
No quería volver a caer en la trampa de su imaginación, pero a veces pareciera estar celoso. ¿Pero de qué? ¿De una fantasía de las miles que tenía al día? ¿O en verdad le dolió ya no ser cuando fue tanto? Vamos, como si le hubiera importado alguna vez, pensó.
❄️❄️❄️❄️❄️
Las horas pasaban y la tormenta invernal no tenía trazas de acabar, mientras la nieve continuaba acumulándose cada vez más.
Era raro que Miguel no la hubiera molestado durante tantas horas. Dejó la laptop a un lado y abrió la puerta para asomarse. Recorrió la cabaña con la mirada pero no lo veía por ningún lado.
¿Acaso lograría salir? ¿Con ese clima?
Abrió un poco más y asomó la cabeza.
Nada, las puertas estaban cerradas y todo permanecía en silencio. Un silencio inquietante y sospechoso.
Sin poder aguantar la intriga, decidió salir y buscarlo. No por algo en especial, solo necesitaba ubicarlo.
Su bata verde con interior de borreguito y una mancha de café en el pecho, bailaba con cada paso de la parte inferior cuál campana.
Si su madre la viera, ya la estaría regañando por esa mancha, pero no podía evitar beber algo sin derramarse algo encima.
Silbó cómo si llamara a un perro volteando a la derecha. Pero cuando volteó a la izquierda se lo topó mirándola con disgusto, con los brazos cruzados. Maldito, que guapo se veía el infeliz, pensó.
—¿Acaso crees que soy uno de esos locos que se creen perros o qué?
—No, cómo crees.
—¿Qué quieres?
—Nada, saber dónde andabas.
—Aqui, dónde más. No podemos salir.
—Podríamos hacer un túnel.
—No sabemos cuánta nieve hay encima, podríamos morir sepultados.
—En fin. Solo necesitaba ubicarte.
—¿Te da miedo quedarte sola?
—Nunca estoy sola.
—«Dios te acompaña», se burló. Bueno, en tu caso más bien sería satanás.