Invierno

10. YA NO

Días antes:

Mal, todo iba mal, cada día peor. Necesitaba huir, escapar de esa rutina de gritos y violencia.

No soportaba sus reclamos estúpidos sin fundamentos, sus escenas de celos y sus amenazas constantes.

No aguantaba más.

Sin importar nada se iría, y si algo le pasaba a su familia por su culpa, se vengaría.

Pero necesitaba pensar con tranquilidad.

Sus denuncias nunca sirvieron de nada, las pruebas que logró recabar con la ayuda de un amigo, tampoco. Tenía compradas a todas las autoridades.

Ahora su carrera estaba acabada también por su culpa.

Al casarse, se encargó de cerrarle todas las puertas hasta el punto de dudar de su capacidad.

Luego, llegó a creer que era víctima de alguna maldición. Y no era que creyera mucho en eso, pero entonces no tenía idea de con que clase de persona estaba.

Y la culpó. Pensó por un momento que, de alguna manera, Karen tenía que haber hecho algo para arruinar así su vida.

Después de todo, estaba herida. Y las mujeres despechadas son peligrosas, cómo escuchó en alguna ocasión.

Sin embargo, cuando su pareja se empezó a comportar de ese modo tan vil, posesivo y violento, se dió cuenta que ella nunca tuvo nada que ver con lo que le pasaba.

Entonces hizo sus maletas y se fue. Al lugar más remoto, al menos obvio. Pero claro, antes borró toda evidencia que pudiera usar para encontrarlo.

Ahora estaba ahí, pensando en si entrar o no. Tenía miedo. Pero ya no de que ella pudiera hacer algo en su contra.

Tenía miedo...de él mismo.

Se equivocó tanto.

Y ya no quería lastimarla más y menos que ese infeliz lo hiciera, ya que seguramente lo estaba buscando. Aunque no porque le importara, sino para darle «una lección» por no hacer lo que le estaba exigiendo.

No lo haría. Jamás lo haría, pues en esos días, había estado descubriendo algo que no vio antes.

Posiblemente porque anteriormente nunca tuvo la posibilidad de mirarla a los ojos, de tratarla.

—Karen... ¿estás bien? —preguntó.

—Sí, vete.

—Todo va a estar bien.

—Ya sé.

Al diablo, pensó y entró sin permiso.

Estaba metida en la cama con una pequeña mesa sobre las piernas en dónde tenía la computadora.

Estaba escribiendo.

—¿Puedo ver? —preguntó Miguel con cautela.

Sin mirarlo le respondió.

—No es nada sobre tí.

—No importa.

—No. Sal por favor.

—No sé por qué te pusiste así. De verdad, no quiero nada, no tengo hambre.

—Es tu problema.

—Pero no es por tí. Tengo muchos problemas. No sé que hacer y no pienso en comer cuando me siento así. Por eso vine aquí, necesitaba unos días solo y ya ves...

—Ya no te voy a molestar, haz de cuenta que no estoy. Pero espero lo mismo de tí. No me hables. Ahora vete.

—Te agradezco. Pero tampoco tiene que ser así. Es decir, vine para estar solo y supongo que tú también. Pero si estamos juntos, debe ser por algo ¿No crees?

—¿Tú crees? —dijo con un tono que pretendió fuera desinteresado, pero su pecho dolía.

—Pasaron muchas cosas desde la última vez que me escribiste. Me-me casé. Y estoy seguro que te diste cuenta. Creo que tú te dabas cuenta de todo siempre.

Y yo solo, por no se que razón, quería lastimarte. Me gustaba imaginar que llorabas por mí.

—Qué imbécil.

—Estoy totalmente de acuerdo. Fui un imbécil, pero me dijeron muchas cosas acerca de tí. Y me enseñaban las tarugadas que escribías. Y me hacían enojar mucho.

—¡Ya, Miguel, ya fue! ¡Ya no me importa!

—¡Déjame decirte qué pasó! ¡Tengo derecho!

—¡¿Para qué?! ¡Nada va a cambiar ya! Fuimos dos extraños, lo seguimos siendo y cuando cada quien jale por su lado, no nos volveremos a ver nunca más.

—De eso puedes estar segura —balbuceó con cierta angustia en la mirada que ella no percibió.

Karen hace las cobijas a un lado, se levanta y abre la puerta y le dice:

—Te juro que no volverás a saber nada de mí lo que te quede de vida. Ahora, si eres tan amable —le señala la salida—, ábrete de aquí.

Miguel se dispuso a salir pero, se detuvo y dió la vuelta.

—¡No! ¡Dijiste que me querías!

—Eso fue antes. Tuve que matar todo eso o iba a terminar mal de la cabeza...Bueno, pero todavía. Porque verás, todos quieren que los quiera, pero no hay nada para mí nunca, solo migajas. Siempre ha sido así. Todos y cada uno, tú incluido. Pero se acabó. Ya no voy a querer a nadie. Y mira, si te ofrezco algo, es porque así soy, me siento obligada a ayudar al prójimo porque eso me enseñaron en mi casa, no por otra cosa.

—Lo sé.

Miguel asintió en silencio y salió.

Sí, lo sabía, cómo que estuvo siguiéndola en sus redes por mucho tiempo con un perfil falso.

Y se dió cuenta de todas las mentiras que le contaron.

Dónde otras pusieron envidia, el vio generosidad. La misma generosidad que le mostró siempre.

Dónde le dijeron que había maldad, descubrió bondad y ternura.

Pero aún entonces dudó. Asumió que era una máscara que ofrecía al público, después de todo, había conocido a tanta gente así en su ambiente.

Porque en las redes somos unos y en la vida real otros.

Sin embargo, aún no mostraba ninguna diferencia.

La misma que conoció entonces era la que tenía enfrente y la que era en las redes, estaba tras esa puerta con el corazón herido por dar tanto y jamás recibir en la misma medida.

A veces infantil, otras graciosa, muchas impetuosa, igual que la tormenta que azotaba copos de nieve y viento contra los vidrios.

Un crujido y luego un ruido como de algo rompiéndose, precedió a una retahíla de insultos con un fuerte acento norteño se escuchó tras de la gruesa puerta rústica de madera.

Después, el silencio.




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