Invierno

11. TAL VEZ NUNCA

Miguel no esperó a que otra cosa pasara y entró al cuarto de Karen ante el estruendo.

El ventanal, cuyo vidrio había sido vencido por los elementos combinados de viento y nieve, yacía en parte en el suelo y en parte en la cama y sobre Karen quien estaba en el piso, a un lado de la cama, con un pedazo peligrosamente cerca de la cara.

Respiraba agitada por la impresión.

—No te muevas... —Aconsejó Miguel.

—Si lo hago me carga el payaso.

—¿Qué pasó?

—Una ráfaga, creo. Tal vez voló una rama y lo rompió.

—¿Estás bien? ¿No estás herida?

—No todavía. Cuidado, puede haber más vidrios cerca

Miguel examinó la escena unos minutos y fué por algo para retirar con seguridad loque amenazaba con herir a su compañera involuntaria de cabaña.

—¿A dónde vas?

—Espera, necesito algo para retirar el vidrio.

Conforme la nieve se deslizaba, el vidrio se acercó más a su garganta, pero no se podía mover de dónde estaba pues había quedado atrapada entre una cómoda y el cristal que se acercaba cada vez más a su cuello.

Por el terror a terminar decapitada, no se percató de que podía tener otras heridas graves.

Luego de varios minutos que le parecieron una eternidad, Miguel volvió con lo único que pudo encontrar lo suficientemente grueso y resistente: El tapete de la entrada, mismo que pasó entre el enorme pedazo de ventana y su cara.

—Ahora sí, acuéstate despacio y te voy a jalar hacia la puerta, ¿Ok?

—Ten cuidado...

—Lo tendré, no te preocupes...

Despacio hizo lo que le dijo, sin dejar de ver si otro pedazo no se había incrustados en su cuerpo.

—¡Se está moviendo!

—¿Qué?

—No se, algo...

La angustia al recordar una escena de una vieja película que la dejó traumada en la adolescencia la hizo temer lo peor.

Pero cuando vió que la sacó completa y de una pieza con todo en su lugar, se relajó, hasta que vió como la ventana que resbaló cuando la sacó, le pasó rozando a la pierna de él, rasgando el pantalón muy cerca de la rodilla.

Cuando estuvieron a salvo, cerraron la puerta de ese cuarto, clausurándola con un pesado librero de madera que empujaron ambos hasta ahí.

Ahora lejos del peligro, se dejaron caer de espaldas a la pared, soltando el aliento que contuvieron todo ese tiempo.

—¿Estás bien?

Sé preguntaron uno a la otra al mismo tiempo.

—Sí —respondió Miguel y sonrió.

—Parece que sí, no se me ha desprendido nada hasta el momento —dijo Karen.

—¿Tú la rompiste?

—¿Qué? ¡No! Yo estaba escribiendo, tratando de comunicarme con la recepción, pero no contestan.

—Ya lo intenté también.

—Qué raro. Deberían dar una vuelta de perdida.

🛎️🛎️🛎️🛎️🛎️

Pero la recepción estaba vacía desde hacía tres días. Vacía de gente viva al menos, ya que detrás del mostrador, se encontraban tres personas del personal acribilladas y el perro pastor alemán del dueño.

Y no eran los únicos cadáveres cerca de ahí.

En las cabañas vecinas donde vacacionaban una familia de cuatro y otra pareja de adultos mayores, también habían sido ultimados.

Sin embargo, con el viento, los truenos y la nieve cayendo sin parar, no escucharon nada.

Al estar sepultados casi totalmente por la nieve, tampoco pudieron ser encontrados por los maleantes.

Ahora las opciones se reducían a morir de hambre o congelados y ser encontrados como paletas cuando el verano volviera.

—Gracias.

Habló Karen.

—No hay de qué.

—Al menos no moriré decapitada. O en piezas, como pollo de cubeta.

—Pollo de... —rió— No hables de comida.

—¿Tienes hambre?

—Sí, y mucho frío.

—Mis cobijas y mi tablet se quedaron adentro.

Yo tengo, pero no sé si sean suficientes.

—Tenemos que decidir ya, quién se va a comer a quién primero.

—No seas exagerada. El que caiga primero es el elegido.

—Tenía que escoger una maldita cabaña sin chimenea. Pero salió más barata. Por eso me pasa por coda.

—¿Y sabes que es lo más triste?...¡Que la seis sí tenía!

Karen se empezó a reír.

—Bueno, no tenías forma de saber que una tormenta así nos dejaría incomunicados y sin posibilidad de salir —dijo él.

—Decían que iba a nevar, pero no tanto.

—Tiene que parar, saldrá el sol, la nieve se va a derretir y podremos salir.

—Admiro tu optimismo.

Karen se pone de pie y camina para intentar calentarse, pero al hacerlo ve una herida en la pierna de Miguel.

—Oye... —se acerca y se agacha para examinar— ¿No sientes?

—No es nada.

—Eso es mucha sangre, ¿no crees?

—Ya debe estar seca. Es de hace rato.

—Ay no... ¡Sigue saliendo, mira! ¿No tendrás hemo... hem...? ¡Eso que tenía el hijo del zar Nicolás!

—No. Eso déjaselo al rey de Escocia. Yo ni soy de la realeza, ni me meto con mis primas.

—Menso —ríe, aunque no quita su cara de preocupación. Se levanta y saca una bolsa de la alacena—. Nos conviene más que me muera yo, tengo más carne.

—No, ¿qué vas a hacer?

—Curarte. Es lo menos que puedo hacer por haberme salvado de morir decapitada. Y no me digas que no o tendré que noquearte para que te dejes.

—Creí que me odiabas.

—Es complicado. Tal vez si, pero no del todo. Tal vez ya no tanto. Ha pasado mucho tiempo. Tal vez nunca y solo estaba...loca.

—Confundida.

—Sí, supongo.

Karen trataba de concentrarse en lo que hacía, pero la mirada de él la intimidaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.