Invierno Soleado

2: Una lata

 

—Al menos tengo una habitación separada de mis padres —digo para mí misma.

Veo por la ventana, está abierta hasta la mitad y las cortinas de una tela gruesa color blanco a penas se sacuden con el viento. Fuera de aquí se escuchan voces, como personas organizándose para darles la bienvenida a las familias que huyen de la navidad comercial y quieren esconderse en este lugar.

Miro mi teléfono y justo como lo pensé, no tengo señal. Según mamá, en el comedor sí hay internet pero se cierra después de las nueve y abre hasta las ocho de la mañana por lo que no podré ver nada fuera de esos horarios.

Es injusto porque mis amigas están en otros países y los horarios dificultarán que nos comuniquemos, pero de nada sirve quejarme, mis padres no tomaran un viaje de regreso solo para que yo tenga acceso al internet.

Me siento en la cama, hace un rechinido extraño y solo espero que no se rompa a mitad de la noche. Miro alrededor pero no hay más que paredes con papel tapiz beige y un espejo rectangular en la esquina.

Me dejo caer sobre mi espalda y cierro los ojos, ¿Por qué no pudieron dejarme en casa de la familia de mamá? ¿Por qué no me dejaron sola en casa? ¿Por qué tenemos que estar tanto tiempo aquí?

Suspiro, de nada sirve hacerme tantas preguntas si las respuestas siempre se dirigen a un solo lugar.

—Lenny, vamos a reunirnos con el equipo —papá se coloca una gorra blanca, aún tiene protector solar sobre el puente de la nariz—. Si sales a dar una vuelta cierra bien la puerta.

—Tengo hambre —le respondo.

Me da una sonrisa. —Lo sé, en una hora sirven los almuerzos, tengo unas barras de granola con arándanos si quieres.

Me gustan pero necesito algo con azúcar y químicos artificiales. —Um, ¿por aquí hay máquinas expendedoras, verdad?

Papá hace una mueca. —Sí… supongo que sí, creo que vi una por la oficina.

Me acomodo sobre la cama. — ¿No tienes miedo que un oso entre en la noche y nos coma? ¿No te preocupa que tu hija camine sola por este lugar?

Papá sonríe tranquilamente. —Mi hija es muy lista y no hay osos en esta área —da unos pasos para acercarse, se inclina y toma mi mano—. Lenny, sé que no estás feliz ahora pero todo lo que nos sucede puede servirnos para la vida si permitimos que surja un propósito de todo ello.

Entorno mis ojos. —No sé qué significa eso.

—Lenny —suspira—. Intenta divertirte, sal de la rutina y recuerda que todo esto es temporal. Un día, en unos años, recordarás cuando fuiste al campamento donde tus padres se conocieron y cuando lo hagas, espero que tengas muchos recuerdos buenos en tu corazón.

Asiento una vez. —Está bien, lo intentaré —extiendo mi mano y sonrío—. ¿Dinero para una soda?

Papá hace una mueca, busca en su bolsillo izquierdo y me da dos billetes. —No tomes mucho de eso, no es bueno para ti.

Lo sé, pero necesito azúcar. —Gracias.

—Bien, te vemos en un momento, estaremos en la parte de la entrada —retrocede—. Hay unos postes con botones rojos, son para llamar en caso de emergencia.

—Bien —respondo.

Papá sale, escucho como unos segundos después la puerta se cierra.

Salgo de la cama, supongo que por ahora iré a buscar mi soda y con suerte me cruzaré con Cameron o Diego en el camino, quizás incluso haya algún otro chico lindo por aquí.

Tomo la otra llave sobre la mesita de la entrada, salgo de la cabaña y la cierro justo como papá me pidió que lo hiciera.

El camino aquí es de madera y los bordes están decorados de piedras pequeñas. Miro a mí alrededor mientras salgo del frente de la cabaña y observo como las hojas se sacuden en repuesta al viento de esta temporada.

El cielo sigue teniendo ese color azul opaco y los rayos del sol brillan a través de un par de nubes. Al respirar profundo la sensación “fresca” entra por mis fosas nasales, es diferente a como se siente en la ciudad con todo ese humo de automóviles y otro tipo de olores.

Admito que, aunque sigo estando en contra de estar aquí, al dejar que el silencio me rodee se siente bien. Es extraño, una sensación de calma me llega al interior de mi cuerpo y me enfoco en ver como una pequeña mariposa vuela de un lado al otro.

Yo también disfruto de la naturaleza pero raramente me encuentro en ella. Supongo que papá tiene algo de razón en eso de cambiar de la rutina.

Pero luego recuerdo que pasaré aquí varias semanas y la “paz” ya no me parece tan “pacifica” ahora.

Avanzo un poco más, sacudiendo algunos insectos de mi rostro, hasta la parte fuera de las cabañas. Aquí hay más empleados, llevan una camisa polo blanca y pantalones cortos caqui, un gafete colgando sobre su cuello con listones rojos y gorras blancas con el logotipo del campamento.

Veo la máquina expendedora  de lejos, sigo caminando cuando de reojo logro divisar una silueta. Me giro y me encuentro con Diego, el chico de hace un rato.

—Hola —levanta la mano para saludarme.

Acomodo mi cabello detrás de mi oreja. —Ah, hola.

Diego y yo seguimos avanzando. — ¿Y bien? ¿Qué te parece este lugar?

Asiento. —Está bien… es lindo, me gusta.

Diego acomoda su gorra. — ¿Hablas del campamento o de mí?

Estoy segura que estoy sonrojándome. —No… digo, yo… no es que no seas, pero pensé que me preguntaste del campamento y…

—Sí —suelta una pequeña risa—. Sí, hablo del campamento, solo intentaba romper el hielo.

Miro al suelo, nerviosa. —Ah… sí…

—Entonces —Diego sigue—, ¿Vienes solo con tus padres? ¿Tu novio llegará después?

Presiono mis labios para ocultar mi sonrisa. —Um, yo solo estoy aquí con mis padres —sé que los chicos hacen ese tipo de comentarios cuando quieren saber si estás soltera.

—Eso es bueno —afirma—. Por aquí puedes…

Deja de hablar, entonces yo pregunto: — ¿Puedo, qué cosa?

Llegamos a la máquina expendedora, me detengo frente a ella y Diego se encoje de hombros. —Nada, solo iba a decir que puedes divertirte un poco, hacer amigos.




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