Invierno Soleado

11: Una reina

 

No esperaba esa pregunta.

—Entonces, —Diego se acomoda—, ¿Sucedió algo, no? Entre ustedes hay una tensión muy pesada y muy extraña, soy bueno leyendo a la gente.

Intento sonreír pero no puedo hacerlo realmente. Mi estómago se llena figurativamente de rocas que lo hunden más y más. No sé como responder esa pregunta, puede que diga lo que sé pero también hay una parte inconclusa.

—Bueno, algo así —aclaro mi garganta—, nos conocimos hace unos años.

Diego asiente, esperando que continúe.

Trago saliva, ojala tuviera un poco de agua por aquí. —Jay y yo… antes, fuimos algo así como amigos.

— ¿Algo así? —pregunta.

Ahora asiento una descarga eléctrica en mi pecho, con cada palabra que sale de mi boca sobre este asunto, peor me siento. —Éramos amigos pero solo nos conocíamos aquí, entonces no sé qué tan amigos éramos realmente, si entiendes lo que digo.

Afirma con un gesto. —Comprendo, ¿Cuántos años tenían?

—Trece —respondo, mirando hacia el lago, casi puedo ver las imágenes del pasado sobre él—. Lo conocí en el campamento de verano, él era tímido y yo también, pero nos hicimos amigos y compartíamos muchas cosas incluyendo el tiempo, éramos solo él y yo.

Decirlo provoca nausea dentro de mí, pero no por la comida, sino por todas esas emociones que he guardado y que ahora quieren salir sin parar.

— ¿Y entonces se pelearon por algo? —inclina su rostro.

—Durante el campamento de verano todo estuvo bien, prometimos vernos de nuevo en el campamento de invierno de ese mismo año y mientras tanto, no hablé con él de ninguna forma pero estaba esperanzada en retomar nuestra amistad cuando nos viéramos de nuevo.

No sé porque le estoy contando todo esto a Diego, quizás es porque él es un desconocido y no lo volveré a ver. Es más fácil confesarle tus secretos a alguien que nunca conocerá más sobre tu vida.

Diego sigue observándome para que continúe con la historia.

Respiro profundo al mismo tiempo que una suave ráfaga de viento acaricia mi rostro. —Entonces, después nos volvimos a ver —recuerdo lo emocionada que estaba por ese momento—, pero durante esas semanas alejados, él conoció a alguien más y esa persona también llegó al campamento en ese invierno.

Asiente. — ¿De verdad? ¿Quién?

Hago una mueca. —Sarah —ella era su nueva compañera en la escuela y se hicieron amigos, cuando regresó también lo hizo con esa niña y de pronto, JayJay y yo ya no teníamos nuestro propio universo.

— ¿Sarah? —repite—. Ah, ella… entonces, ¿se pelearon por ella? o bueno, ¿Por él?

Eso hubiera sido mejor, tener la oportunidad para pelear por algo, competir por el corazón de una persona aunque suene un tanto patético y superficial pero es preferible a perder por descalificación.

Que sepas que en realidad, jamás tuviste un mínimo chance.

—No —niego—, él y yo seguíamos siendo amigos pero él intentaba incluirla en todo y después, ella hizo algo que lo arruinó.

No quiero seguir hablando del tema, recordar es volver a vivir y eso es doloroso con tus peores recuerdos.

Diego asiente, como si comprendiera mis sentimientos. —Entiendo, entonces, ahora que me has dicho tus secretos creo que es mi turno.

Lo veo un segundo. —Um, no tienes que hacerlo.

Se encoje de hombros. —No es problema.

Me reacomodo y la llanta se balancea un poco pero Diego coloca una de sus manos sobre las mías para darme seguridad. —Gracias —el calor en mis mejillas se hace presente.

—Entonces —Diego mueve su mano pero su meñique sigue sobre el mío—, supongo que te preguntas como es que mamá tiene un bebé y yo te dije que no tengo hermanos.

Asiento, tragando saliva mientras sigo la calidez de su dedo sobre el mío. —Sí.

—Es una larga historia pero, mira, realmente yo fui criado por mis abuelos paternos —explica—. Cuando era pequeño papá y mamá se peleaban todo el tiempo, mi papá tenía problemas con la bebida y mamá siempre le reclamaba. Por suerte papá no era de los agresivos pero sí era de los que se quedaban fuera de los bares porque ya no podían seguir caminando.

Bajo la mirada.

—Entonces, nada… mis abuelos me cuidaron y mis padres se separaron, mamá se fue y papá estaba a punto de perder la custodia hasta que él decidió cambiar —asiente—. Pero papá tiene que trabajar mucho porque mi abuela tiene lupus y mi abuelo tiene diabetes, él les paga todos los tratamientos.

— ¿Tu papá está bien ahora? —pregunto un tanto apenada.

Asiente, sonriendo levemente. —No fue tan fácil como te lo estoy diciendo ahora pero sí, con ayuda de asociaciones y muchas personas que se cruzaron en su camino, lo ayudaron. Lleva casi diez años sobrio.

—Eso es bueno —digo—. ¿Vives con él?

—Sí, o bueno, casi. Digo, a estas alturas yo soy quien cuida a mis abuelos y en vacaciones llega mi tía para ayudar y yo también trabajo, quiero ayudarlos tanto como puedo —mira hacia el cielo—. Aquí pagan bien, a nuestra edad los salarios para los trabajos de vacaciones son menos que el mínimo pero aquí me pagan el mínimo y me gusta, es divertido y tengo la oportunidad de conocer personas geniales como tú.

Lamo mis labios mientras una extraña sensación se hace presente en mi pecho. —Pero entonces, tu mamá…

—La veo —asiente—, ocasionalmente la veo. Cada vez ha sido menos, pero no la culpo, después de todo lo que pasó.

Diego mantiene la sonrisa pero no le llega a los ojos. Es de esas sonrisas que tienes que forzar.

—Mi hermano, ese bebé… sé que no lo veré. Al menos ahora, quizás cuando sea más grande intente acercarme pero sé que no lo haré. Mi mamá no está involucrada en mi vida y aunque sí, es mi medio hermano, él crecerá sin saber de mí y yo también, no sabré nada de él.

Muerdo mi labio inferior. — ¿No lo veras?

Niega, mientras mira hacia un lado. —Mamá es así, ella es mi madre por ley y porque algún medico lo certificó cuando nací pero, ni siquiera recuerda mi segundo nombre —respira profundo—. La última vez me llamó Diego Alejandro.




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