Verano e Invierno
En un pueblito antiguo con techos de teja la gente celebra en el centro, pues ya han terminado de recolectar la cosecha de otoño.
Al lugar llega una mujer que con cada paso hace temblar la tierra; su cintura pasa por encima de las copas de los pinos más altos.
Con un gran vestido blanco adornado con listones rosas y naranjas camina con elegancia y porte hacia el pueblo.
Las personas la reciben con alegría, celebran su paso con bullicio y música. Ella no se detiene, avanza sonriéndoles con calidez.
Al día siguiente los aldeanos, con prisa, se apresuran a almacenar toda la comida posible.
Las nubes se vuelven grises, el agua de los ríos se enfría y las hojas de los árboles y el pasto empiezan a cubrirse de escarcha.
Las personas, desesperadas, pelean por los peces del río y los animales del bosque.
Un hombre vigilante en lo alto de un edificio grita:
—¡Ya lo veo!
A lo lejos, reflejado en sus ojos, aparece un hombre que cruza ríos como si fueran charcos. Está cubierto con un gran abrigo y sonríe, mientras todo a su paso se congela.
Día tras día los aldeanos se turnan para observarlo con miedo. Entre hambre y frío pasan tres meses.
Las pisadas del gigante resuenan en el bosque, los animales pasan junto a él con total confianza.
Los aldeanos se esconden dentro de las casas y lo miran con enojo.
El gigante pasa saludando y sonriendo, pero el pueblo lo abuchea y, cuando se aleja, le lanzan piedras y palos.
El gigante apaga su sonrisa poco a poco, pero tras un suspiro logra encenderla de nuevo.
Luego de este evento las personas del pueblo hacen una fiesta con la poca comida que les queda: comen, se embriagan y bailan.
A la mañana siguiente las aves cantan, la nieve empieza a derretirse y las personas salen del pueblo preparadas para cazar.
Un hombre se sube al edificio más alto y grita:
—¡Ella, allí viene!
La gente hace bullicio de alegría y con cantos y gran energía se preparan.
La mujer, mientras camina, sonríe al bosque, sonríe a las montañas, sonríe a la vida.
Pasados tres meses ve al pueblo más crecido y con abundante cosecha. Los aldeanos han adornado varios cientos de metros de su camino con flores de todos los colores.
Al llegar a unas montañas la mujer da la vuelta. El calor aumenta, los árboles sueltan polen, la gente se refresca en los ríos y empiezan a plantar las cosechas de verano. La mujer ahora pasa por el pueblo en pocos días, pues el borde está muy cerca.
Melones, sandías y manzanas crecen con gracia en los huertos; los pollitos nacen, las ardillas juguetean y los peces saltan en los riachuelos.
La gente se ve feliz a pesar del calor.
En el huerto un anciano dice:
—Ojalá todas las estaciones dieran cosecha, así la comida nunca escasearía.
Y un niño responde:
—Así podríamos ver a la señorita todo el año.
La mujer llega al otro lado del valle. Cuando se da la vuelta el ambiente se refresca, el calor disminuye y las hojas se pintan de rojo, amarillo y naranja.
Detrás de ella el hombre gigante sonriente empieza a hablar. Los aldeanos se desconciertan.
—¿Qué le está haciendo? —pregunta uno.
—¡Hay que sembrar rápido o no nos dará tiempo! —exclama otro con enojo.
Ambos realizan la caminata juntos. Las hojas coloridas caen, el pasto se cubre de escarcha y cada paso congela las aguas.
La conversación no se detiene: caminan, sonríen y carcajean.
Al pasar por el pueblo la gente se enoja: sus cosechas mueren antes de madurar, sus animales pasan hambre y no hubo tiempo de pescar ni cazar. Ni la mujer ni el hombre los miran, y al llegar a las montañas se dan un beso.
Luego ambos dan la vuelta y recorren el camino de regreso juntos. Cada paso es un beso que ella le da a él.
Las aves aún no regresan, las ardillas siguen durmiendo, el río sigue congelado.
Con ira la gente discute entre sí.
—Ese idiota nos va a matar —dice uno.
—Estaríamos mejor solo con ella —responde otro.
La nieve dura más meses de lo normal y, al llegar a la punta del valle, los gigantes se despiden con un beso.
Ella da la vuelta para traer calor. Su caminar es rápido: las aves regresan, los ríos suben con gran caudal por el deshielo.
Los aldeanos despiertan y ven que la nieve se va rápido. Corren a preparar los campos.
—¡No nos dará tiempo de sembrar nada! —grita uno con enojo.
—¡Cállate y trabaja! —responde otro.
La mujer corre con rapidez por el valle sin saludar a nadie.
Los aldeanos se alegran al ver la coliflor a medio madurar, las habichuelas verdes y los ajos sacando tallos. Pero al voltear hacia la mujer ven que ya está en las montañas. Sienten el aumento del calor y sus preciadas cosechas empiezan a secarse.
Ahora los árboles sueltan polen, las ardillas juguetean, pero los aldeanos se rehúsan a cosechar.
—Solo hay una manera de tener abundancia —grita el líder del pueblo.
Los demás sacan antorchas, arcos, flechas, lanzas y demás.
La mujer corriendo llega hasta el otro lado del valle donde la espera el hombre gigante, y ambos se reciben con alegría.
Así juntos inician su viaje tomados de la mano y ella recuesta su cabeza en el hombro de él.
Los aldeanos preparan sus flechas remojadas en belladona.
Los campos están llenos de malas hierbas congeladas, los peces abundan bajo el río helado.
Los lobos gozan con la multitud de conejos en el bosque, pero los aldeanos están desnutridos.
Ambos pasan felices por el pueblo, pero el hombre es recibido por una lluvia de flechas. Con un empujón la aleja y ella cae sentada en la pradera, mientras él cae sobre el río, deshaciéndose como una ventisca.
La mujer no se levanta. Se queda llorando sentada, el aire empieza a calentarse.
La nieve se derrite a un ritmo tan acelerado que ocurren deslaves e inundaciones.