Alineé los tres bolígrafos negros para que quedaran perfectamente paralelos al borde de mi escritorio. Luego, moví la taza de café vacío un centímetro hacia la izquierda. Exactamente en el centro del posavasos de corcho.
Solo entonces pude exhalar.
El archivo central de la Biblioteca Histórica de la ciudad era mi santuario. Olía a papel viejo, a polvo asentado y a un silencio tan denso que casi podías tocarlo. A tres pisos bajo el nivel de la calle, el caos del mundo exterior —los cláxones, la gente apresurada, las miradas que juzgan— no podía alcanzarme. Aquí abajo, yo era la guardiana de historias ajenas, lo cual me convenía perfectamente; significaba que no tenía que protagonizar la mía.
Estaba a punto de sumergirme en el inventario de unos mapas del siglo XIX cuando el chirrido de la pesada puerta de metal rompió mi burbuja. Di un pequeño salto en mi silla.
—¡Amie! —resonó la voz de Louis, el asistente de recepción.
Louis era un muchacho de veintitantos años con demasiada energía para trabajar en un edificio donde el silencio era la regla de oro. Llevaba un fajo de correspondencia en una mano y un sándwich a medio comer en la otra.
—Louis, por favor —murmuré, ajustándome las gafas—. Te he pedido mil veces que no grites en el sótano. El eco viaja hasta la sala de lectura.
—Perdón, perdón —dijo, bajando la voz a un susurro exagerado y teatral mientras se acercaba a mi escritorio—. Es que el cartero acaba de dejar algo para ti. Y no es una factura del gas, te lo aseguro.
Fruncí el ceño. Nadie me enviaba correspondencia personal al trabajo. De hecho, casi nadie me enviaba correspondencia personal, punto. Mi vida estaba meticulosamente diseñada para no generar sobresaltos.
Louis dejó caer un sobre negro, grueso y elegante sobre la superficie inmaculada de mi escritorio. Desentonaba terriblemente con los tonos sepia y caca de mi entorno.
—¿Un admirador secreto?
—Seguramente es propaganda de alguna editorial independiente —deduje, sintiendo una repentina punzada de incomodidad—. Gracias, Louis. Puedes dejarlo ahí.
—El papel es de algodón puro. Y mira el sello. Eso es cera de verdad, Amélie. Alguien se gastó un buen dinero en enviarte esto. Ábrelo, anda. No me dejes con la intriga.
—Tengo cajas enteras que catalogar antes del viernes —respondí.
Louis suspiró, claramente decepcionado de que no fuera a alimentar su hambre de chismes.
—Qué aburrida eres a veces, Amie. Nos vemos.
Cuando la puerta se cerró tras él con un golpe sordo, me quedé a solas con el sobre negro. Lo miré durante varios minutos sin tocarlo. Mi mano casi por instinto fue hacia la cámara digital que siempre descansaba en el cajón superior de mi escritorio. Le quité la tapa al objetivo y miré el sobre a través del visor.
A través de la lente, las cosas dejaban de ser amenazas reales para convertirse en simples composiciones de luz y sombra. A través de la cámara, yo tenía el control. Encuadré el sobre. El contraste del negro mate contra el barniz desgastado del roble era estéticamente placentero. Presioné el obturador. El clic mecánico me relajó un poco.
Dejé la cámara y finalmente tomé el sobre. El sello de cera roja tenía grabado el relieve de una montaña estilizada. Lo rompí con cuidado usando mi abrecartas. Dentro, había una tarjeta de un gramaje altísimo, con letras impresas en tinta dorada que parecían brillar.
“El tiempo pasa, pero los recuerdos permanecen.
Estás cordialmente invitada a la Gala de Disfraces conmemorativa de nuestro Décimo Aniversario de Graduación.
Lugar: Hotel Cumbres.
Fecha: 21 de diciembre.
Código de vestimenta: Etiqueta formal y, por supuesto, una máscara que oculte quién eres hoy, para recordar quiénes fuimos ayer.
La reserva a su nombre cubre un fin de semana completo de alojamiento.
Por favor, no falte.”
Sentí que el estómago se me encogía hasta volverse del tamaño de una nuez. El Hotel Cumbres. Conocía el lugar. Era un complejo turístico situado en lo más alto de la cordillera. En pleno diciembre, aquello estaría rodeado por metros de nieve. Estaría aislado.
¿Una reunión de exalumnos? ¿Por qué ahora? Nunca habíamos sido un grupo unido. Habíamos sido una clase tóxica gobernado por los típicos Nerd y Popular. Yo había sobrevivido adoptando el papel de la pared, la chica invisible que no hacía ruido, que nunca intervenía, que solo miraba.
Mi teléfono móvil comenzó a vibrar ruidosamente sobre la mesa, arruinando mi precaria alineación de bolígrafos. Miré la pantalla. El identificador de llamadas mostraba un nombre que no había visto en años.
Lucien Vargas.
Mi primer impulso fue dejar que sonara hasta que saltara el buzón de voz. ¿Por qué me llamaba Lucien? Apenas habíamos cruzado un par de palabras en la escuela, y siempre fue cuando él estaba a la sombra de Bastien, riéndose nerviosamente de sus bromas crueles para evitar convertirse en el blanco.
Pero la curiosidad, una falla fatal, me ganó. Deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el aparato a la oreja.
—¿Diga? —respondí, manteniendo la voz neutra.
—¿Amélie? ¿Amélie, eres tú? —La voz al otro lado sonaba agitada, casi sin aliento, como si acabara de correr una maratón. Escuché un sonido húmedo, como si se estuviera mordiendo las uñas.
—Sí, Lucien. Soy yo. Ha pasado… mucho tiempo.
—¡Lo sé, lo sé! Dios, perdona que te llamé así de la nada, yo… Conseguí tu número por el directorio de exalumnos que mandaron. Oye, dime que la recibiste. Por favor, dime que tú también la recibiste.
—¿Te refieres a la invitación negra? —pregunté, deslizando un dedo sobre la superficie de la tarjeta.
—¡Sí! ¡Esa misma! —Lucien soltó un suspiro tembloroso—. Escucha, Amélie… tienes que ir. Sé que nunca fuimos cercanos, pero tienes que ir.
Fruncí el ceño y me recosté en la silla.
—Lucien, cálmate. Estás respirando como si te persiguieran. ¿Por qué tendría que ir a una fiesta en medio de la nada con gente a la que no veo hace diez años? No tengo intención de asistir.
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Editado: 28.04.2026