El motor de mi viejo sedán gemía de agonía mientras los neumáticos trituraban la nieve acumulada en el sinuoso camino de la montaña. Los limpiaparabrisas trabajaban a una velocidad frenética, pero era inútil. La nieve no caía en copos; caía en sábanas densas, blancas e impenetrables que parecían querer devorar el vehículo.
Aparqué frente al Hotel Cumbres y apagué el motor. El silencio que siguió fue inmediato y opresivo, apenas interrumpido por el aullido del viento colándose por las rendijas de las ventanas.
Mis manos temblaban ligeramente. Abrí mi bolso y saqué mi cámara. Comprobé la batería, el enfoque y la tarjeta de memoria. Todo en orden. Luego, mi mirada se desvió hacia la caja de terciopelo negro en el asiento del copiloto.
Tomé la máscara de porcelana blanca. Estaba helada. Me la llevé al rostro y até las cintas de seda negra detrás de mi cabeza, asegurándome de que quedara firme. Respiré hondo y salí del auto, caminando hacia las imponentes puertas dobles de madera tallada.
El contraste térmico al entrar me golpeó como una ola. El vestíbulo del Cumbres era espectacular. Una lámpara de araña de cristal colgaba del techo abovedado, derramando una luz dorada sobre alfombras persas de un rojo profundo. En el centro de la sala, una enorme chimenea de piedra escupía chispas y calor, devorando leños del tamaño de un hombre.
Éramos pocos. Conté apenas a unas diez personas esparcidas por la inmensa sala, todas vestidas con trajes de etiqueta y vestidos de noche, todas ocultas tras máscaras. Había plumas, lentejuelas y cuero negro. Un camarero uniformado deambulaba con una bandeja de plata ofreciendo copas.
Fui hacia una pequeña mesa lateral, cerca de un enorme ventanal empañado, y dejé mi bolso. Sobre la mesa había una hilera de posavasos desordenados. Sin pensarlo, mis dedos comenzaron a moverse solos. Uno, dos, tres, cuatro. Los deslicé hasta formar un cuadrado perfecto, alineado milimétricamente con el borde de la mesa de caoba.
—Amélie… Amélie, eres tú, ¿verdad?
Me giré, bajando la mano rápidamente de la mesa. Era él. No necesité verle el rostro para reconocerlo. Llevaba un traje alquilado que le quedaba un poco grande en los hombros y una máscara negra, barata, de esas que venden en tiendas de disfraces. Pero lo que lo delató fueron sus manos. Estaba arrancándose la piel de la cutícula del pulgar derecho con los dientes. El dedo ya estaba rojo y ligeramente inflamado.
—Hola, Lucien —dije. Mi voz sonó amortiguada por la porcelana, carente de cualquier inflexión nerviosa. La máscara funcionaba.
Lucien soltó un suspiro de alivio tan grande que sus hombros se desplomaron.
—Dios, estaba a punto de tener un ataque de pánico —murmuró, mirando de un lado a otro—. Creí que me habías mentido. Llevo aquí veinte minutos y nadie habla con nadie. Todos se miran, pero nadie sabe quién es quién. Es… es espeluznante.
—Es una gala de disfraces, Lucien. Ese es el punto —respondí, levantando mi cámara para enfocar la lámpara de araña.
—Sí, bueno, no me gusta. ¿Has visto cómo está nevando ahí afuera? El recepcionista dijo que las máquinas quitanieves no podrán subir hasta mañana por la tarde. Estamos aislados.
Antes de que pudiera responder, las puertas de la entrada se abrieron de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento gélido y nieve que hizo parpadear las velas de los candelabros.
Una figura femenina hizo su entrada. Llevaba un vestido de seda rojo sangre, ajustado, con un escote pronunciado y una apertura en la pierna que desafiaba cualquier lógica invernal. Su máscara estaba cubierta de plumas de pavo real y cristales falsos. Se sacudió la nieve del abrigo de piel sintética con un gesto exagerado, puramente teatral.
El olor llegó un segundo antes que su voz. Una bofetada dulce y empalagosa de perfume.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó la mujer, su voz aguda resonando en el vestíbulo—. ¿Dónde está el servicio en este lugar de mala muerte?
Lucien se encogió a mi lado, escondiendo la libreta en su bolsillo de inmediato.
—Margaux —balbuceó.
Margaux se quitó el abrigo y se lo lanzó al primer empleado que vio pasar.
Tan amable como siempre, veo que no ha cambiada en nada, en más, hasta esta más arrogante.
Luego, su mirada recorrió la sala y se detuvo en nosotros. Caminó hacia nosotros, el sonido de sus tacones de aguja marcando un ritmo militar.
—Pero bueno, ¿qué tenemos aquí? —Margaux nos examinó de arriba a abajo. Se detuvo en el traje de Lucien y soltó una carcajada seca—. ¿Lucien? Claro que eres tú. Veo que sigues comprando tu ropa en las rebajas de la sección de difuntos.
Lucien tragó saliva.
—Hola, Margaux. Estás… estás muy elegante. El vestido es bonito.
—Es un original de diseñador, Lucien. Me lo mandó uno de mis patrocinadores en Milán. Mis seguidores exigían un look de invierno y, bueno, el deber llama —dijo, pasándose una mano por el cabello rubio platinado.
Sostenía un teléfono móvil de última generación, pero la pantalla estaba surcada por una telaraña de grietas profundas. ¿Una influencer de lujo con un teléfono roto? Interesante.
Margaux se gira hacia mí.
—¿Y tú eres…? —Margaux frunció el ceño. Analizó mi máscara blanca y mi vestido largo de color gris—. Ah, espera. No me digas. Esa postura de mueble de fondo, esa ropa simple… ¿Amélie? ¿Eres tú? ¡Increíble!
—Hola, Margaux —confirme su duda.
—¿Ha llegado alguien más que valga la pena? ¿O este es el nivel de la noche?
Como si el universo hubiera estado esperando sus pies, el sonido de un motor potente rugió fuera. Los grandes ventanales mostraron las luces de un enorme SUV negro deteniéndose justo en la puerta.
Lucien dio un paso atrás, chocando ligeramente contra la mesa y desordenando mis posavasos.
—Es él —susurró Lucien, volviendo a llevarse el pulgar a la boca.
Las puertas se abrieron por segunda vez. Y allí estaba.
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Editado: 28.04.2026