Alineé el tenedor de ensalada con el tenedor principal. Me aseguré de que las puntas de ambos estuvieran exactamente a la misma altura, formando una barrera de plata brillante frente a mi plato de porcelana. Perfecto. Una geometría impecable en un mundo que rápidamente se estaba desmoronando.
El gran comedor del Hotel Cumbres era una caverna de lujo rancio. Las paredes estaban revestidas de paneles de caoba oscura, y del techo colgaban candelabros de hierro forjado que proyectaban sombras alargadas sobre la larguísima mesa rectangular. Éramos demasiados pocos para un espacio tan inmenso. El eco de los cubiertos chocando contra la vajilla sonaba como disparos ahogados por el aullido constante de la ventisca contra los pesados ventanales.
Mi máscara blanca me daba una excusa perfecta para no mirar a nadie a los ojos. Detrás de la porcelana, mi respiración era un compás tranquilo.
—Esto es un desastre, un auténtico desastre —murmuró Margaux, sirviéndose su tercera copa de vino tinto—. No hay cobertura. El Wi-Fi del hotel está muerto. Mis seguidores van a pensar que he desaparecido.
—Margaux, por favor, relájate —intervino Bastien desde la cabecera de la mesa. La máscara plateada reflejaba la luz de las velas, dándole el aspecto de un dios romano aburrido de sus mortales—. Tómalo como un retiro espiritual. Una desintoxicación digital. Además, ¿qué mejor compañía podrías pedir?
—Cualquiera que tenga un teléfono satelital, para empezar —masculló, rodando los ojos.
—Ay, Margaux, sigues siendo tan dramática como cuando lloraste porque no te eligieron reina del baile de primavera.
La voz, aguda, tintineante y cargada de un veneno dulce, provino de la puerta del comedor.
Todos giramos la cabeza. Allí estaba Mónica.
En la preparatoria, Mónica había sido la sombra de Margaux, la arquitecta de los rumores, la que susurraba en los pasillos mientras Margaux ejecutaba socialmente a las víctimas. Ahora, llevaba un vestido de seda verde esmeralda que parecía demasiado ligero para el clima, y una máscara asimétrica cubierta de pedrería. Caminaba con un balanceo inestable; ya llevaba varias copas de ventaja.
—Llegó la alegría de la fiesta —dijo Mónica, arrastrando ligeramente las palabras mientras se dejaba caer en la silla vacía justo frente a Lucien—. Hola, chicos. El barman de este lugar es un encanto, aunque un poco tacaño con el vodka.
—Mónica —dijo Bastien, su sonrisa ensanchándose milimétricamente—. No cambias. Siempre haciendo una entrada triunfal cuando la obra ya ha comenzado.
—Y tú siempre intentando dirigir la obra, Bastien —replicó ella, tomando la botella de vino más cercana y llenando su copa hasta el borde—. Por cierto, lindo traje. ¿Lo pagaste tú o los fondos de tu última campaña electoral?
Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa. El tic de Lucien se disparó; comenzó a morderse la cutícula del dedo índice con tal ferocidad que vi una pequeña gota de sangre aflorar.
Bastien no perdió la compostura. Soltó una carcajada profunda y resonante.
—tienes una imaginación maravillosa. Deberías escribir ficción en lugar de perder tu tiempo en… ¿qué es lo que haces ahora? ¿Vender bienes raíces en los suburbios?
El golpe dio en el blanco. La sonrisa de Mónica se congeló, pero rápidamente se recuperó, tocando un enorme broche de diamantes y zafiros que llevaba prendido en el escote de su vestido verde.
—Puedo permitirme mis propios caprichos —dijo, acariciando la joya con ostentación—. Este pequeño juguete de aquí vale más que el auto de nuestro querido Lucien. ¿Verdad, Lucien? Me enteré de tu divorcio. Una lástima. Dicen que ella se quedó hasta con el perro.
Lucien dejó de escribir de golpe. Tragó saliva, su rostro palideciendo hasta adquirir un tono grisáceo bajo la tenue luz.
—Mónica, por favor… no es el lugar.
—Oh, vamos, estamos entre amigos —agitó la mano, desestimándolo, y luego clavó su mirada en la mujer sentada a la derecha de Bastien—. Y hablando de amigos… y de cosas caras. Tú debes ser la famosa Juliette.
Ella dejó sus cubiertos sobre el plato sin hacer el más mínimo ruido. Mantuvo su postura rígidamente erguida. Llevaba más de media hora sentada y no la había visto recargarse en el respaldo de la silla ni una sola vez. Su máscara dorada brilló levemente cuando giró el cuello hacia Mónica.
—Es un placer, Mónica —dijo Juliette. Su voz apenas fue un susurro, pero cortó el aire pesado de la habitación con una facilidad escalofriante—. Bastien me ha contado… muchas cosas sobre ti.
—¿De verdad? —Mónica se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, buscando el conflicto—. ¿Y qué te ha dicho el gran Bastien? ¿Te habló de nuestras fiestas en la piscina? ¿Te dijo lo divertido que era empujar a la gente al agua cuando no sabían nadar?
Levanté mi cámara casi por inercia. Ajusté el objetivo y enfoqué a Mónica. A través del visor, la escena dejaba de ser amenazante para convertirse en un cuadro al óleo de pasiones humanas y errores de cálculo. El broche de zafiro brillaba intensamente en el centro de su pecho, anclando el encuadre. Presioné el botón. El clic y el destello rápido del flash iluminaron la sala por una fracción de segundo.
Bastien parpadeó, molesto.
—Amélie, por el amor de Dios. ¿Podrías guardar ese aparato durante la cena? No somos animales de zoológico.
—La luz era perfecta —respondí. No bajé la cámara. Mi voz sonó metálica y hueca desde el interior de mi máscara de porcelana—. Solo documento el momento.
—Déjala, Bastien. Amélie es inofensiva —dijo Mónica, bebiendo un sorbo enorme de vino—. Ella solo mira. Siempre ha sido buena en eso. Mirar y callar. ¿Verdad, Amélie? Como aquella vez en el baño de chicas, en tercer año…
Mis dedos se aferraron al cuerpo de la cámara con tanta fuerza que mis nudillos crujieron. Mi respiración se cortó. El recuerdo pugnó por salir a la superficie, empujando la puerta de plomo que yo había construido en mi mente, pero Juliette intervino, salvándome involuntariamente.
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Editado: 28.04.2026