Nos habíamos refugiado en los sofás cerca del fuego. Nadie había intentado quitarse la máscara. Al contrario, parecíamos aferrarnos a ellas como si la porcelana, el cuero y la plata pudieran protegernos de la realidad de que estábamos atrapados con un cuerpo ensangrentado pudriéndose bajo la nieve.
Margaux había abandonado cualquier pretensión de elegancia. Estaba acurrucada en una butaca, temblando compulsivamente, con la botella de ginebra que había robado del bar abierta entre las manos. Ya no usaba la petaca. Daba tragos largos directamente del pico de cristal.
—Tenemos que sacarla de ahí —murmuró Margaux, su voz aguda y rasposa—. No podemos dejarla ahí afuera. Los lobos… o los osos… Dios mío, su cara.
—Cállate, Margaux —siseó Bastien—. El gerente y dos de los conserjes ya fueron a cubrir el cuerpo con una lona. No podemos moverla más. Sería alterar la escena de un accidente. Cuando llegue la policía, y van a llegar en cuanto se despeje el camino, tienen que ver que fue una caída accidental.
—¡No fue un accidente! —El grito provino de Lucien. Estaba sentado en el borde de un sofá, meciéndose hacia adelante y hacia atrás. Tenía las manos hundidas en el cabello, y las yemas de sus dedos estaban manchadas de sangre reseca por haberse arrancado las cutículas a mordiscos—. ¡Ella no saltó! ¡Estaba de espaldas!
—Lucien, hermano, mírame —Bastien se acercó a él a zancadas, se agachó y lo tomó por las rodillas—. Mírame, Lucien. Estás en shock. Todos lo estamos. Mónica estaba ebria. Tú mismo lo viste en la mesa.
—No, no, no… —Lucien negaba con la cabeza, su respiración convirtiéndose en un jadeo—. Alguien la odiaba. Todos la odiábamos. Era una víbora. Ella iba a…
—¡Lucien, escúchame! —La voz de Bastien resonó como un látigo—. Si empiezas a gritar "asesinato" a los cuatro vientos, la policía nos va a retener a todos. A ti, a Margaux, a mí. Van a excavar en nuestras vidas. ¿Quieres que la prensa se entere de que estuviste en la escena de un crimen? ¿Quieres que tu exmujer use esto para quitarte lo poco que te queda y la custodia?
Lucien se quedó paralizado. Los ojos se le abrieron de par en par detrás de su máscara de dominó barata. Bastien había encontrado el botón exacto y lo había presionado sin piedad.
Yo observaba todo desde mi asiento. Mis dedos ansiaban la cámara, pero la había dejado descansando en mi regazo. La imagen de la seda verde desgarrada y la ausencia del broche seguía parpadeando en mi mente.
No había sido un accidente.
Yo tenía la prueba. Pero el miedo me mantenía muda. Si hablaba, si contradecía a Bastien, me convertiría en un objetivo.
—Bastien tiene razón —intervino Juliette—. El pánico es el verdadero enemigo aquí. Debemos mantener la calma y esperar.
Me giré hacia ella. No había parpadeado desde que nos sentamos. Sus ojos oscuros estaban fijos en Lucien, evaluando su terror.
Lucien soltó un sollozo ahogado, se puso de pie bruscamente, apartando las manos de Bastien, y empezó a caminar hacia atrás.
—No puedo… No puedo respirar aquí. Me falta el aire. Me voy a mi habitación. Necesito estar solo.
—Lucien, no creo que sea buena idea que te aísles —dijo Bastien, frunciendo el ceño y poniéndose de pie—. Quédate aquí. Tomemos un trago.
—¡Déjame en paz, Bastien! —gritó Lucien, su voz quebrándose en una nota aguda—. Por una maldita vez en tu vida, déjame en paz. Ya no somos unos niños. No puedes decirme qué hacer.
El silencio que siguió fue absoluto. Nadie, en los cuatro años que duró la preparatoria, le había levantado la voz a Bastien. El rostro del político se tensó, una vena latió en su sien, pero rápidamente forzó una sonrisa condescendiente, acomodándose la máscara de plata.
—Como quieras. Ve a descansar.
Lucien dio media vuelta y salió corriendo hacia la escalera principal. Sus pasos resonaron huecos sobre la madera hasta que se desvanecieron en el segundo piso.
La tensión en la sala no disminuyó con su partida. Margaux dio otro trago largo a su botella, y Bastien caminó hacia uno de los grandes espejos decorativos para reajustar el nudo de su corbata de moño.
De repente, el zumbido constante de la calefacción central se detuvo.
Las luces de los candelabros de cristal parpadearon una, dos veces, y luego murieron con un chasquido seco.
La oscuridad fue absoluta, densa, casi sólida. El único resplandor provenía de las brasas agonizantes de la chimenea.
Margaux soltó un grito de terror puro, seguido del sonido de la botella de cristal haciéndose añicos contra el suelo.
—¡Qué está pasando! ¡No veo nada! —chilló.
—¡Calma! ¡Nadie se mueva! —ordenó Bastien, su voz traicionando un ligero temblor por primera vez en la noche—. Es solo la tormenta. Los cables deben haber cedido por el peso del hielo. Este lugar es viejo, debe tener generadores.
Pasaron diez segundos que se sintieron como horas. El viento aullaba contra las ventanas como si quisiera derribar los muros. Yo me quedé completamente quieta, mi mano derecha descansando sobre la carcasa fría de mi cámara.
Un golpe metálico y profundo sacudió el hotel. Segundos después, un ronroneo mecánico y grave comenzó a vibrar a través del suelo de madera.
Las luces volvieron, pero no eran las cálidas luces doradas de antes. Eran luces de emergencia: pálidas, parpadeantes y de un tono enfermizo y amarillento que sumía los rincones de la gran sala en sombras largas y distorsionadas. El ruido del generador era un zumbido sordo y constante que enmascaraba cualquier otro sonido.
El gerente apareció corriendo desde el pasillo del fondo, sosteniendo una linterna. Estaba pálido como un espectro.
—Mis disculpas, señores —dijo, sin aliento—. El tendido eléctrico principal colapsó por una avalancha menor en la ladera. Los generadores de diésel han entrado en funcionamiento. Tendremos calefacción básica y luces de emergencia en los pasillos y habitaciones.
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Editado: 28.04.2026