Invitación al Purgatorio.

Capítulo 5: La Voz del Purgatorio.

Un, dos, tres, cuatro.

Si perdía el control de mi mente, terminaría gritando hasta desgarrarme las cuerdas vocales, y nadie vendría a ayudarme. Quienquiera que me hubiera encerrado quería que entrara en pánico. Quería que me rompiera.

Me negué a darle ese placer.

Caminé a ciegas, con los brazos extendidos, hasta que mis manos chocaron contra el metal frío del perchero. Pesaba al menos quince kilos. Lo agarré usando todo mi peso para inclinarlo. Mis botas resbalaron un poco en la alfombra, pero logré levantarlo.

Me acerqué a la puerta. No iba a suplicar. No iba a gritar.

Tomé impulso, apreté los dientes detrás de mi máscara y golpeé la cerradura.

El estruendo fue ensordecedor. La madera crujió, el pomo cedió con un chasquido agudo, destrozando el cerrojo interno.

Solté el perchero y empujé la puerta con el hombro.

Me abrí paso a trompicones hacia el pasillo. Las luces de emergencia parpadeaban con ese tono amarillento y enfermizo que hacía que las sombras parecieran charcos de sangre seca. El pasillo estaba vacío. El asesino, el que me había encerrado, ya se había esfumado.

Acomodé la correa de mi cámara, me froté la mano lastimada y corrí hacia las escaleras principales. El zumbido del generador ahogaba el sonido de mis pasos. Mientras bajaba los escalones de dos en dos, mi mente trabajaba a una velocidad vertiginosa. Lucien asesinado. Mónica empujada. Una carta falsa. Alguien me encerró para ganar tiempo, o tal vez para que yo misma pareciera sospechosa si me encontraban junto al cuerpo.

Llegué a la planta baja. Las pesadas puertas del gran salón estaban entreabiertas. Me detuve un segundo, pegué la espalda a la pared y asomé la cabeza.

El escenario era un cuadro perfecto del colapso humano.

Solo un par de lámparas conectadas al generador iluminaban la enorme estancia. El fuego de la chimenea se había reducido a brasas rojas. Margaux estaba tendida en uno de los sofás, sollozando con la cara enterrada en un cojín, la botella de ginebra vacía rodando por la alfombra a sus pies. El gerente del hotel, pálido y sudoroso, golpeaba compulsivamente el auricular de un teléfono fijo contra la mesa de caoba.

—¡Muerto! ¡La línea está completamente muerta! —repetía el gerente, con los ojos desorbitados—. ¡Ni siquiera hay estática! ¡Cortaron los cables!

Bastien estaba de pie junto al bar improvisado, sirviéndose dos dedos de whisky puro con mano temblorosa. Se había quitado la chaqueta del esmoquin, pero su máscara plateada seguía firmemente sujeta.

Y luego estaba Juliette.

Sentada en un sillón de espaldas a la ventana congelada. No miraba a Margaux llorar, ni a Bastien beber. Miraba al vacío, sus manos cruzadas con elegancia sobre su regazo.

Tomé una bocanada de aire frío y empujé las puertas de par en par. El golpe de la madera contra la pared hizo que todos dieran un salto.

—¡Amélie! —exclamó Bastien, derramando un poco de whisky sobre el tapete.

Caminé hacia el centro de la sala. Mi presencia absorber el poco oxígeno que quedaba y el eco de la cachetada resonó rompió el silencio.

—Me dejaste con Lucien estaba colgado de la viga del techo. Muerto —exclame, mi voz resonando hueca tras la porcelana.

—Iba a subir con el gerente —y por primera vez, pude ver al gran Bastian tartamudear.

—¡Me encerraron con un muerto y tu sirviéndote un maldito trago!

Margaux soltó un alarido agudo, llevándose las manos a la cabeza.

—¡No! ¡No, no, no! ¡Dime que es mentira!

—Gerente, vaya a descolgar a Lucian —ordeno creyéndose el jefe—. No quería causar pánico. Encontramos la nota en su escritorio. Te dije que se había suicidado. Te dije que no pudo con la culpa de la muerte de Mónica.

—¿Por qué me encerrastes?

Lo miré fijamente a los ojos a través de las rendijas de su máscara plateada. Estaba mintiendo, o al menos, estaba omitiendo la verdad para encubrir su propia incompetencia.

—Yo no te encerré.

—Alguien me encerró desde afuera —respondí, levantando la voz lo suficiente para que cortara los sollozos de Margaux—. Y Lucien no se suicidó.

El silencio cayó sobre el salón, pesado como un bloque de plomo. El gerente dejó caer el teléfono. Juliette giró la cabeza lentamente hacia mí, su máscara dorada capturando el brillo mortecino de las luces de emergencia.

—Amélie, por favor —Bastien forzó una sonrisa condescendiente, dando un paso más hacia mí, invadiendo mi espacio—. Amélie, Amélie… Estás bajo mucho estrés. Viste a un amigo colgado. El trauma juega trucos en la mente. La nota…

—La nota es falsa —lo interrumpí de tajo.

Llevé la mano a mi cámara, presioné el botón de encendido y busqué en la galería. Giré la pantalla digital hacia él para que pudiera ver la brillante imagen retroiluminada.

—Mira la pantalla. A la derecha, la nota de suicidio que tú leíste. Letra cursiva, limpia, inclinada. A la izquierda, la libreta que saqué del bolsillo de Lucien. Letras mayúsculas, trazos erráticos, un pulso dominado por la ansiedad. Lucien ni siquiera usaba la misma presión al escribir. Alguien ahorcó a Lucien, escribió esa nota, me encerró en el cuarto para ganar tiempo y escapó.

Bastien se quedó mirando la pantalla. Su mandíbula se tensó. El hombre de las respuestas rápidas se había quedado sin palabras. Parpadeó varias veces, negándose a aceptar lo que estaba viendo.

—Alguien en este hotel… —Margaux se levantó del sofá tirando la máscara al suelo dejándose ver por completo, tambaleándose, el maquillaje corrido y los ojos inyectados en sangre—. Alguien aquí está matándonos. Primero Mónica. Ahora Lucien. ¡Estamos encerrados con un psicópata!

—¡Cálmate, Margaux! —gritó Bastien, perdiendo por completo la compostura. Se giró hacia el gerente, agarrándolo por las solapas del saco—. ¡Tú! ¿Quién más está en este hotel? ¿Qué personal tienes? ¿A quién dejaste entrar?

—¡A nadie, se lo juro, señor! —tartamudeó el hombre, llorando de terror—. Solo somos nosotros. Dos conserjes, el cocinero, la mucama y yo. ¡Y mis empleados están todos en el ala de servicio!




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