—¡Abran la maldita puerta! —rugió Bastien. Había perdido por completo la compostura. Se abalanzó contra las puertas dobles de caoba, golpeando la madera maciza con los puños cerrados—. ¡Gerente! ¡Abre esto!
—¡No puedo, señor, se lo juro! —lloraba arrinconado contra la pared, con las manos temblando frente a su pecho—. El sistema de seguridad principal fue alterado. ¡Estamos encerrados!
Margaux seguía en el suelo, meciéndose de un lado a otro. El rímel negro le corría por las mejillas.
—Nos va a matar… Mónica, Lucien… ahora nosotros. ¿Quién está haciendo esto? ¿Por qué?
¿Y todavía te haces la victima? Perra desgraciada
Juliette continuaba sentada en su sillón, ajena al pánico que consumía el oxígeno de la habitación. Su espalda permanecía recta, su máscara dorada reflejando la histeria ajena sin absorberla.
Antes de que Bastien pudiera golpear la puerta por quinta vez, un zumbido eléctrico agudo provino de la esquina del salón.
Detrás de la barra de caoba del bar improvisado, había un viejo televisor, incrustado en la pared, que el hotel usaba probablemente para mostrar los partidos de golf a los huéspedes. La pantalla de cristal, gris y muerta hasta ese momento parpadeó con un estallido de estática blanca.
Todos nos congelamos. Me puse de pie lentamente, levanté mi cámara instintivamente.
La estática de la pantalla dio paso a una imagen granulada, teñida del verde característico de las cámaras de visión nocturna.
El encuadre mostraba un espacio estrecho y asfixiante. Las paredes estaban flanqueadas por estanterías de hierro macizo repletas de botellas de vino recostadas. Era la bodega subterránea del hotel.
Y en el centro del pasillo, golpeando frenéticamente una pesada puerta de acero reforzado, había un hombre. Llevaba una camisa de vestir a punto de reventar por la tensión de sus bíceps.
—¡Hugo! —exclamó alguien, acercándose a la pantalla—. ¡Es Hugo!
Hugo.
El antiguo capitán de la línea defensiva del equipo de fútbol americano. Un mastodonte de músculos, testosterona y agresividad que en la preparatoria actuaba como el principal brazo ejecutor de Bastien. Hugo había bajado a la bodega justo cuando las luces parpadearon por primera vez, diciendo que iba a buscar una botella de Merlot gran reserva y, de paso, a revisar la caja de fusibles para demostrarle al gerente cómo se hacían las cosas.
En la pantalla, Hugo no parecía un alfa. Parecía un animal acorralado.
Golpeaba la puerta con los hombros, lanzando embestidas que habrían derribado a cualquier hombre, pero la gruesa placa de acero ni siquiera temblaba. Veíamos su boca abrirse en gritos desesperados, pero la transmisión no tenía sonido.
De pronto, los altavoces del salón principal chasquearon.
—"Ah, Hugo,"— resonó la voz electrónica, metálica y andrógina, llenando el salón—. "El hombre de la fuerza. El muro de contención. ¿Saben lo que más disfrutaba Hugo en la preparatoria?"
Nadie respondió. Hugo, en la pantalla, dejó de golpear la puerta y miró aterrado hacia una de las esquinas del techo de la bodega, seguramente donde se encontraba la cámara que lo grababa.
—"Disfrutaba el poder. Le encantaba encontrar a alguien más pequeño, más débil, y acorralarlo. Lo empujaba contra los casilleros metálicos. Lo arrinconaba en los cubículos de los baños. Le gustaba ver cómo el espacio de su víctima se reducía, cómo el pánico les cortaba la respiración antes siquiera de lanzar el primer golpe. A Hugo le gustaba aplastar."
Hugo comenzó a gritar algo a la cámara, señalándose el pecho, negando con la cabeza. Su rostro estaba bañado en un sudor y brillante por el filtro de la lente.
—"Esta bodega fue construida sobre los cimientos originales de la montaña,"— siseó la voz—"Y he tenido meses para hacer unas pequeñas modificaciones a los viejos engranajes de presión que alguna vez usaron para las barricas. Hugo siempre obligó a otros a sentirse pequeños. Veamos cómo se siente él cuando el mundo se hace literalmente más pequeño."
Un estruendo mecánico y sordo vibró bajo nuestros pies. El suelo del salón tembló ligeramente.
En la pantalla del televisor, la imagen se sacudió. Y entonces, con una lentitud espeluznante, las estanterías laterales de hierro de la bodega, cargadas con miles de botellas de vino, comenzaron a moverse.
No era una ilusión óptica. Las paredes se estaban cerrando hacia el centro.
El audio de la cámara de la bodega se activó de golpe, inundando el salón con el chirrido agónico del metal raspando contra el suelo de piedra.
—¡Sáquenme de aquí! —El grito de Hugo resonó en nuestros oídos, crudo, rasgando sus cuerdas vocales—. ¡Bastien! ¡Bastien, sé que estás ahí arriba! ¡Abre la maldita puerta! ¡Me van a aplastar! ¡Bastien!
—¡Hugo! —Bastien golpeó la pantalla del televisor—. ¡Gerente, apague la maquinaria! ¡Apáguela ahora mismo!
—¡No hay un interruptor, señor! —sollozó el gerente, cayendo de rodillas, tapándose los oídos—. ¡Todo está automatizado! ¡Es imposible!
—"No lloren todavía,"
Interrumpió la voz distorsionada. Un pequeño teclado numérico, del tamaño de una caja de zapatos, que estaba empotrado en la pared justo debajo de la pantalla del televisor, se iluminó con una luz roja parpadeante. Tenía una pequeña pantalla digital que marcaba cuatro guiones:
_ _ _ _
—"No soy un monstruo irracional. El Purgatorio ofrece redención. Las paredes tardarán exactamente tres minutos en juntarse por completo. Para detener los engranajes hidráulicos y abrir la jaula de Hugo, deben ingresar un código en el teclado que acaba de encenderse."
—¡Dinos el maldito código! —gritó Margaux, poniéndose de pie de un salto, aferrándose al brazo de Bastien.
—"El código es la respuesta a una simple pregunta de matemáticas ¿Recuerdan a Daniel? El estudiante de intercambio de segundo año. Hugo lo arrinconó en el vestuario porque no le gustó cómo lo miró. Le fracturó tres costillas y le rompió la clavícula. Daniel estuvo en el hospital, y luego se cambió de escuela."
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Editado: 28.04.2026